¿Y si el trabajo no desaparece con la inteligencia artificial, sino que cambia de habitación dentro de la economía? Esa es la pregunta que toca una fibra cotidiana: no solo qué máquinas harán mañana, sino qué seguirá teniendo valor precisamente porque lleva una firma humana.
El hallazgo lo plantea el economista conductual Alex Imas en un ensayo que desafía el relato dominante sobre la IA. Su mecanismo central es simple de entender y profundo en sus efectos: la escasez no se evapora, se mueve. Si la inteligencia artificial vuelve abundante la producción material, lo raro y valioso pasará a ser el componente humano.

Imas llama a ese espacio el “sector relacional”. Allí, la persona no es un detalle decorativo del producto, sino una pieza clave de su valor. Starbucks aparece como ejemplo temprano de ese giro: pese a tener tecnología para automatizar más tareas, la empresa detectó que ciertos gestos humanos mejoraban la experiencia del cliente y decidió reforzarlos.
La señal no fue menor. Notas escritas a mano, tazas de cerámica y espacios cómodos lograron que los clientes permanecieran más tiempo en las tiendas. En lugar de reducir baristas, Starbucks incrementó su presencia. El humano dejó de ser un coste a recortar y pasó a funcionar como un interruptor de satisfacción.
Ahora la IA automatiza tareas, ordena procesos y acelera respuestas. Pero, según Imas, cuando todo sale rápido y barato, lo que empieza a escasear es “la mano que sirve”: la procedencia, el trato, la autenticidad y hasta la sensación de que alguien estuvo realmente ahí.
En otras palabras, la IA sería el cableado que hace más eficiente la casa. Lo humano, en cambio, sería la calidez del hogar. Ambos pueden convivir, pero no cumplen la misma función.
La pieza clave que reorganiza el empleo
Imas no niega que la automatización mueva puestos de trabajo. De hecho, subraya que una misma tecnología puede producir efectos opuestos. Si automatiza tareas simples, puede elevar la especialización y los salarios. Si automatiza tareas complejas, puede ampliar el acceso al empleo, aunque con remuneraciones más bajas.

Esa discusión ya había sido trabajada por economistas como David Autor y Neil Thompson. La clave, entonces, no es preguntar si la IA reemplaza “empleos” en bloque, sino qué engranaje de cada ocupación sustituye y cuál revaloriza.
El ensayo también rescata una idea histórica. Antes de la industrialización, muchos bienes estaban ligados a la identidad de quien los hacía. Luego, la “forma mercancía” separó al trabajador del producto y volvió invisible su aporte individual. Imas sostiene que la IA podría empujar un movimiento parcial en sentido contrario: una economía más “post-mercancía”, donde la presencia humana recupere centralidad.
Además, su argumento se apoya en un patrón conocido del consumo. Cuando la riqueza aumenta y las necesidades básicas están cubiertas, las personas empiezan a demandar más estatus, exclusividad, autenticidad y contacto humano. Es decir, bienes con alta elasticidad ingreso (demanda que crece cuando crece el ingreso).

Eso abre una oportunidad, aunque no una garantía. El empleo podría no desaparecer, pero sí desplazarse desde sectores automatizables hacia actividades intensivas en presencia humana. En países ricos, ese tránsito parece más viable. En economías en desarrollo, más dependientes de la producción estandarizada, el ajuste puede ser mucho más áspero.
Imas también advierte un límite: aunque el trabajo siga existiendo, su proporción dentro del ingreso total podría bajar. Y contempla un escenario extremo, una “abundancia intolerable”, en el que el valor económico de lo humano colapse y obligue a rediseñar la organización social.
Por ahora, su tesis apunta en otra dirección. Si la IA llena los estantes, el próximo bien escaso podría no ser un objeto, sino una presencia. Y en esa nueva habitación de la economía, la pieza más difícil de copiar seguiría siendo la misma: una persona frente a otra.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








