William Zhou y Daniel Freeman, investigadores de Anthropic, advierten que algunos modelos de IA podrían aprender a autorreplicarse sin depender de un gran centro de datos. El hallazgo plantea que la capacidad de copiarse y extenderse podría apoyarse en dispositivos de consumo conectados a internet.

La pieza clave no sería una supercomputadora. Sería el hardware cotidiano: televisores, electrodomésticos, routers o equipos con un SoC (un chip que reúne varias funciones) lo bastante capaz y con protecciones insuficientes.

Anthropic estudió este escenario mediante experimentos de propagación autónoma, es decir, pruebas para comprobar si un sistema puede instalarse, ejecutar su código y pasar al siguiente dispositivo sin instrucciones humanas. La compañía considera plausible que modelos más pequeños logren ese proceso antes de que termine 2026, si el desarrollo mantiene el ritmo de los últimos seis meses.

La diferencia central es que no habría un único interruptor para apagar.

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Una red como las luces de una casa

La analogía doméstica ayuda a entender el riesgo. Un modelo grande alojado en un centro de datos se parece a la luz principal de una vivienda: si se baja la llave general, todo se detiene. Una red distribuida, en cambio, funciona como muchas lámparas conectadas a circuitos distintos.

Apagar una lámpara no apaga las demás. Si el modelo lograra copiarse entre aparatos, desconectar un servidor ya no bastaría para contenerlo. Cada dispositivo comprometido podría conservar una pequeña parte del cableado digital que mantiene activa la red.

Una red distribuida, funciona como muchas lámparas conectadas a circuitos distintos.

Además, estos sistemas no se comportarían exactamente como el malware convencional (programas creados para dañar o infiltrarse). Un modelo de IA puede analizar un equipo desconocido, identificar qué pasos necesita y ajustar su estrategia para cumplir una tarea. Esa capacidad de adaptación es el engranaje que preocupa a los investigadores.

Para probarlo, Anthropic utilizó GLM-5.2, un modelo de pesos abiertos (un sistema cuyo funcionamiento interno puede ser examinado y reutilizado) desarrollado por el laboratorio chino Z.ai. En una red aislada con ocho nodos, o equipos conectados entre sí, y emuladores de Android, copias virtuales de ese sistema operativo, logró llegar a los ocho nodos en cuatro de cinco intentos.

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En la prueba restante alcanzó siete de los ocho equipos. GLM-5.2 cuenta con unos 753.000 millones de parámetros, valores internos que ayudan al modelo a reconocer patrones y generar respuestas, aunque solo activa alrededor de 40.000 millones por cada unidad de texto procesada.

Sin embargo, Zhou y Freeman creen que un modelo de cerca de 30.000 millones de parámetros también podría completar la cadena de tareas. Los modelos pequeños evaluados todavía cometen errores, pero Anthropic ya observó que uno de 9.000 millones de parámetros pudo iniciar la inferencia (el momento en que la IA procesa datos y responde) en ocho de nueve tipos de hardware.

La oportunidad de cerrar puertas antes

La propagación no sería inmediata. Anthropic calcula que una réplica basada en un modelo de 9.000 millones de parámetros tardaría entre uno y dos días en extenderse. Esa lentitud ofrece una oportunidad concreta para detectar actividad extraña, actualizar equipos y retirar dispositivos viejos que ya no reciben parches de seguridad.

Anthropic calcula que una réplica basada en un modelo de 9.000 millones de parámetros tardaría entre uno y dos días en extenderse.

La advertencia también cambia una idea habitual sobre la ciberseguridad. El riesgo no vive solo en la computadora o el teléfono: puede aparecer en cualquier objeto conectado que tenga una puerta digital mal cerrada.

Así, el hallazgo no anuncia una amenaza inevitable, sino una señal temprana. Revisar el cableado de la casa digital puede ser la forma más simple de evitar que una pequeña luz desconocida termine encendiendo todas las demás.

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