Juan Luis Arsuaga, antropólogo y especialista en evolución humana, advierte que la inteligencia artificial puede abrir una oportunidad, pero también activar un viejo mecanismo de conflicto. “Ojalá esta vez no ocurra, pero no hay precedentes de un cambio de modelo económico que no produzca conflictos”, sostiene.

La clave, según Arsuaga, no es que una máquina aprenda una tarea. El problema aparece si el nuevo engranaje económico vuelve innecesario parte del trabajo humano y concentra los beneficios de ese cambio en pocas manos.

Juan Luis Arsuaga, antropólogo, advierte que la IA abre una oportunidad única

“Qué pasa con la gente que deja de ser necesaria y quién se queda con los beneficios” es la pregunta central que plantea Arsuaga.

La historia ofrece una imagen doméstica para entenderlo. La IA puede parecer una nueva instalación eléctrica en una casa: permite iluminar más habitaciones, ahorrar tiempo y conectar aparatos. Pero si solo una parte de la familia tiene acceso al interruptor, el avance no se reparte de forma automática.

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El interruptor económico detrás de la inteligencia artificial

Durante la primera industrialización británica ocurrió algo parecido. Entre 1780 y 1840, la producción por trabajador creció un 46%, mientras el salario real aumentó apenas un 12%. El historiador Robert Allen llamó a esa distancia la pausa de Engels, el desfase entre riqueza producida y dinero que llega a los trabajadores.

La tecnología elevó la potencia de la fábrica, pero el salario tardó décadas en seguir ese cableado. Según Allen, los beneficios empresariales se duplicaron durante ese período, mientras la acumulación de capital no alcanzaba el ritmo de la innovación técnica.

El interruptor económico detrás de la inteligencia artificial

Hay discusión entre economistas sobre el tamaño exacto de esa pausa. Nicholas Crafts, por ejemplo, calcula que la participación del trabajo en la renta nacional aumentó ligeramente entre 1790 y 1840. Sin embargo, el conflicto social fue real y dejó una lección difícil de ignorar.

En 1811, tejedores de Nottinghamshire destruyeron 63 bastidores en Arnold y cerca de 200 más en el condado durante tres semanas. Los luditas no rechazaban las máquinas por sí mismas. Protestaban contra su uso para bajar salarios y fabricar prendas de peor calidad, una pieza clave que suele perderse en el relato popular.

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La respuesta fue extrema: el Parlamento británico convirtió la destrucción de bastidores en un delito castigado con la pena de muerte y el Gobierno envió unos 14.000 soldados. Cerca de dos docenas de luditas fueron ejecutados.

Qué muestran los datos actuales sobre el empleo

La IA generativa, sistemas capaces de crear texto, imágenes o código, todavía no ha provocado un desplazamiento laboral masivo comprobado. La Organización Internacional del Trabajo y NASK estimaron en 2025 que el 24% de los empleos mundiales está expuesto a esta tecnología. En los países de renta alta, la cifra sube al 34%.

La exposición no equivale a desaparición. La OIT considera más probable que muchos puestos se transformen antes de extinguirse, sobre todo los administrativos. Es decir, cambia el reparto de tareas dentro de la oficina, como cuando una calculadora libera tiempo pero no decide por sí sola qué hacer con ese tiempo.

Funcas estima una destrucción de entre 1,7 y 2,3 millones de empleos entre 2025 y 2035.

En España, Funcas estima una destrucción de entre 1,7 y 2,3 millones de empleos entre 2025 y 2035. También contempla 1,61 millones de nuevos puestos vinculados a la IA. En su escenario central, el saldo sería una pérdida neta cercana a 400.000 empleos.

Por ahora, Fedea y BBVA Research señalan que más del 30% del empleo español se concentra en ocupaciones muy o bastante expuestas, aunque esos puestos han crecido por encima de la media desde 2022. Los investigadores advierten que todavía no puede atribuirse un efecto causal directo a la IA.

El verdadero interruptor, entonces, no está en el algoritmo, programa que toma decisiones a partir de datos. Está en cómo se reparte la productividad, quién recibe formación y qué red protege a quien queda fuera. Si esa instalación se diseña con cuidado, la nueva máquina puede ampliar las habitaciones de la casa sin dejar a nadie a oscuras.

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