¿Por qué una voz amable en el teléfono suele sonar femenina, mientras una indicación firme del GPS parece más creíble si la da un hombre? Esa pequeña decisión, casi invisible en la rutina digital, puede activar prejuicios que también aparecen cuando una inteligencia artificial recibe dinero por su trabajo.

Un experimento sobre tareas profesionales realizado por investigadores de las universidades de Limerick y Zúrich puso a prueba ese mecanismo en realidad virtual. El hallazgo fue directo: dos asistentes con el mismo “cerebro” digital y las mismas tareas obtuvieron recompensas distintas según su apariencia y su voz.

Johan y Johanna eran los dos avatares humanoides del estudio. Ambos funcionaban con GPT-4 de OpenAI, un modelo de lenguaje capaz de generar respuestas, y ayudaban en las mismas actividades. Sin embargo, Johanna, presentada con rasgos y voz femeninos, recibió un 10 % menos de dinero.

La diferencia no apareció en la evaluación explícita del trabajo. Los 189 participantes consideraron que Johan y Johanna habían contribuido de forma similar, sin una distancia estadística relevante.

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Pero al momento de repartir una recompensa de hasta cuatro francos suizos, entró en juego otro engranaje: la percepción automática.

El mismo motor, una carrocería distinta

La clave puede entenderse con una analogía doméstica. Johan y Johanna eran como dos coches con el mismo motor, el mismo combustible y el mismo recorrido. Cambiaba la carrocería: el aspecto, la voz y las señales que el cerebro humano usa para decidir en segundos a quién escucha, confía o recompensa.

La tecnología no cambió; cambió el cableado social con el que las personas interpretaron esa tecnología. Las voces femeninas han quedado asociadas durante años a la asistencia, la recepción y la atención al público. En cambio, las masculinas suelen vincularse, por sesgos cognitivos, con autoridad y firmeza.

Por eso Siri, Alexa y numerosos sistemas GPS adoptaron durante mucho tiempo voces femeninas como opción predeterminada. La industria no creó esa asociación desde cero, pero la convirtió en norma y la reforzó cada vez que diseñó un asistente para ayudar, calmar o acompañar.

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El experimento añadió otra pieza clave. Los avatares humanoides despertaron más confianza y recibieron mayores recompensas que el robot de escritorio, pese a que todos utilizaban la misma IA. Cuanto más parecida a una persona parecía la herramienta, más fácil resultó trasladarle expectativas propias de una relación humana.

Durante las entrevistas, muchos participantes afirmaron que el género del asistente no importaba e incluso dijeron preferir una IA sin género. Sus decisiones económicas revelaron otra historia. La distancia fue visible en ambos grupos, aunque resultó más marcada entre los participantes masculinos.

Un interruptor que también afecta al diseño

El estudio no permite afirmar que el género explique por sí solo toda la diferencia. La apariencia humana reúne varios elementos a la vez: rostro, voz, nombre y forma de interactuar. Revela una oportunidad para revisar cómo se diseñan las herramientas que entran en oficinas, hogares y servicios públicos.

La advertencia alcanza al origen de estos sistemas. Según los datos de la UNESCO, las mujeres ocupan solo el 20 % de los puestos técnicos y representan el 12 % de las personas dedicadas a investigar inteligencia artificial. Esa falta de diversidad puede dejar menos manos revisando qué estereotipos se cuelan en el producto final.

Además, un informe de la UNESCO señaló que los grandes modelos de lenguaje reproducen sesgos de género al generar textos e imágenes. No es un fallo mágico de la máquina. Es, en parte, el reflejo de patrones ya presentes en los datos con los que fue entrenada.

El futuro de los asistentes virtuales no depende solo de que respondan más rápido o entiendan mejor una orden. También depende de que su diseño no convierta una voz, un rostro o un nombre en un interruptor silencioso para valorar menos el mismo trabajo.

Cuando el motor es idéntico, la recompensa debería mirar el recorrido, no la carrocería.

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