Para nadie es un secreto que actualmente, la industria del cine está partida en varias velocidades frente a la IA. En el pódcast The Joe Rogan Experience (episodio 2440), Ben Affleck volvió a poner su pieza clave sobre la mesa. Lo hizo mientras promocionaba “El botín” de Netflix, junto a Matt Damon.
Mientras una coalición liderada por Joseph Gordon-Levitt pide un uso responsable, y voces como la de Nicolas Cage se declaran de frente en contra, otros la abrazan con menos miedo, como el director Brady Corbet y el productor Dávid Jancsó, ligados a The Brutalist. Affleck, en cambio, se para en un punto intermedio: no la celebra como salvación, pero tampoco la trata como amenaza total.
Affleck comparó la IA con la electricidad: un avance que abre una puerta difícil de describir con una sola frase. Según su mirada, habrá usos útiles y otros peligrosos, pero el debate público suele simplificarlo como si existiera un único efecto “general” sobre el cine.
Y ahí aparece su mecanismo central: Affleck no discute que la IA cambie cosas. Discute el modo en que se imagina ese cambio, como si fuera un reemplazo directo de personas por máquinas.

Para entenderlo, su analogía funciona como una casa en refacción. La IA no sería “el dueño” que decide qué estilo tendrá el living. Sería más bien una caja de herramientas con destornilladores nuevos: acelera tareas, abarata otras, pero no elige por sí sola qué historia vale la pena contar.
En particular, apunta a la IA generativa (programas que crean texto o imágenes), como ChatGPT, Claude o Gemini. La define como poco confiable para lo creativo. Dice que sus textos son “realmente malos” porque tienden a lo medio, a lo promedio. Es como una radio que solo sabe sintonizar el volumen más cómodo: nunca el silencio exacto ni el golpe inesperado.
Ahora bien, Affleck sí le concede una oportunidad práctica: como ayuda puntual para guionistas. No para “escribir la película”, sino para destrabar ejemplos o imaginar variantes de una situación concreta. Un engranaje auxiliar, no el motor narrativo.
En lo visual, el actor y productor corre el foco hacia un terreno más técnico. Plantea que la IA puede funcionar como los efectos digitales, un recurso de producción para recrear entornos. Por ejemplo, simular el Polo Norte sin trasladar a todo un equipo. En su lógica, eso ahorra tiempo y dinero, y libera energía para lo que sigue siendo central: las interpretaciones y el trabajo actoral.
Es una idea doméstica, pero potente: si una herramienta hace más rápida la parte “de obra” (armar, mover, montar), queda más margen para elegir los colores, discutir la escena y afinar lo humano.
Otro punto que Affleck subraya es que no se parte de cero. Recuerda que ya existen leyes y marcos sindicales que protegen el nombre, la imagen y la voz de los intérpretes. En su forma más simple: no se puede vender la cara o la voz de otra persona para ganar dinero sin permiso, y el afectado puede demandar.

Eso no elimina los riesgos, pero sí cambia el mapa. No es una casa sin instalación eléctrica: hay cableado, hay llaves térmicas, y se pueden ajustar normas si aparecen nuevas formas de abuso.
La clave, entonces, parece menos apocalíptica y más cotidiana: aprender a convivir con un interruptor nuevo sin olvidar quién decide cuándo se enciende.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.