¿Qué tendría que pasar para que un robot deje de parecer una máquina de feria y empiece a generar esa extraña sensación de “presencia” que provoca otra persona en una habitación? No alcanza con que camine o hable. Tiene que activar otras piezas clave: la mirada, la temperatura, los gestos mínimos.

Eso es lo que revela TechSpot sobre Moya, el nuevo robot de la empresa china DroidUp. El hallazgo es concreto: China presentó lo que describe como el primer robot biomimético con IA, es decir, una máquina diseñada para imitar rasgos físicos y conductuales humanos con más detalle que los humanoides habituales.

Moya el nuevo robot humanoide de la empresa china DroidUp

Moya no solo camina. También mantiene contacto visual, genera microexpresiones y conserva una temperatura en la piel de entre 32 y 36 grados. En un sector que llevaba años con avances lentos, la combinación de robótica e inteligencia artificial generativa aparece como el nuevo interruptor que volvió a mover el engranaje.

La clave está en que el robot no intenta impresionar con una sola función, sino con un conjunto de señales pequeñas. Esas señales son las que el cerebro humano usa todos los días para decidir si algo le resulta cercano, confiable o simplemente extraño.

Es como entrar a una casa bien cableada: no alcanza con que haya una lámpara encendida. También importa que funcione el timbre, que el agua salga con la presión correcta y que la calefacción responda a tiempo. En Moya, la IA cumple ese papel de central invisible que coordina varias respuestas al mismo tiempo.

Por eso su mecanismo llama la atención. El robot usa una plataforma biónica modular, una base de piezas intercambiables, que permite personalizar apariencia y funciones. Dicho de otro modo: no es un cuerpo rígido con un programa fijo, sino una estructura más parecida a un mueble armado por módulos, donde cada pieza se ajusta según el uso previsto.

Además, puede reproducir expresiones ligadas a emociones como miedo, sorpresa, tristeza o felicidad. También logra guiñar un ojo, aunque todavía muestra fallos en el control ocular cuando cada ojo debe apuntar en direcciones distintas. Ahí se ve el límite actual: el parecido humano avanza, pero aún no es completo.

El detalle que cambia la percepción

Los datos ayudan a entender por qué Moya se diferencia de otros modelos. Mide 1,65 metros, pesa 32 kilos y puede caminar con una postura realista con una precisión del 92%, aunque todavía presenta espasmos e irregularidades. Es un número alto, pero no perfecto.

Moya mide 1,65 metros, pesa 32 kilos guiña un ojo y muestra emociones

Ese matiz importa. Porque uno de los grandes desafíos de la robótica no es solo moverse, sino hacerlo sin romper la ilusión. Un pequeño desajuste en la mirada o en el paso puede funcionar como un cable suelto: alcanza para que todo el sistema parezca menos natural.

Mientras tanto, China empuja el sector con cientos de fábricas de robots y una estrategia de producción en masa, incluso cuando la demanda aún es limitada. También hay una tendencia a replicar diseños existentes con cambios menores. En ese contexto, DroidUp intenta despegarse con una pieza más biomimética y orientada al ámbito doméstico.

Uso diario y barrera de precio

Moya fue pensado sobre todo para el hogar. También se prevé su uso en el cuidado de personas y en educación, dos áreas donde el contacto visual, la postura y una respuesta inmediata pueden ser más importantes que la fuerza o la velocidad.

Sin embargo, la oportunidad convive con una barrera evidente. Su lanzamiento está previsto para finales de 2026 y su precio será de 1,2 millones de yuanes, unos 146.000 euros. Ese costo lo deja, por ahora, fuera del alcance de la mayoría.

El movimiento revela algo más profundo. La robótica ya no compite solo por hacer tareas. Ahora busca encender ese interruptor más difícil: el de la convivencia. Y aunque Moya todavía tenga fallos, ya muestra hacia dónde se está conectando el futuro.

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