Para nadie es un secreto que la IA en educación dejó de ser una promesa y se volvió un engranaje real del sistema escolar argentino. Lo muestra el informe del BID de abril de 2025 y también lo revelan edtechs locales como Auroria y méntia, que diseñan asistentes para personalizar aprendizajes, acompañar a docentes y ordenar decisiones dentro de la escuela.
Según el BID, la oportunidad se juega en tres dimensiones centrales: mejorar los aprendizajes, ampliar el acceso y aumentar la eficiencia. Y advierte un mecanismo clave: sin conectividad, dispositivos adecuados, capacitación docente y gobernanza de datos, la tecnología sola no mueve la aguja. La IA necesita cableado y central, no magia.

Desde Auroria, Buján es categórico con un punto sensible: muchos alumnos usan consignas vagas frente a la IA, escriben una sola palabra y luego copian y pegan. Ese “modo fácil” puede apagar habilidades como lectura y escritura si no se enseña a pedir, revisar y comprender. Ahí aparece un interruptor pedagógico: aprender a usar la herramienta sin delegar el pensamiento.
Una pieza clave de Auroria es el prompt perfecto, una funcionalidad para aprender a escribir mejores pedidos a la IA. Un prompt (instrucción escrita) es, en la práctica, la forma de preguntar. Y preguntar bien es un mecanismo entrenable: obliga a ser específico, a explicar el objetivo y a revisar lo que vuelve.
Ahora bien, ¿cómo se traduce esa idea en algo que una escuela pueda usar sin exponerse a riesgos de herramientas abiertas?
Méntia empuja el mismo engranaje desde otro lugar: acompañar el día a día del estudio. Su plataforma busca ayudar a los estudiantes a organizarse, comprender contenidos y sostener un seguimiento continuo. Y además abre una ventana para docentes y familias, que pueden ver con más claridad cómo avanza cada trayectoria escolar.
Santangelo subraya un desafío que atraviesa a todo el sector: en sistemas educativos con recursos limitados, la tecnología debe percibirse como inversión y no como gasto extra. Por eso méntia combina suscripciones con acuerdos institucionales y prioriza la escalabilidad, es decir, la capacidad de crecer sin perder consistencia.

Además, ambas empresas coinciden en una clave: adaptar la IA al aula y no al revés. En lenguaje técnico, eso implica usar modelos (sistemas que generan respuestas) dentro de un entorno controlado, con reglas de datos y objetivos pedagógicos claros.
En la práctica, el cambio puede sentirse en cosas pequeñas: menos tiempo docente en tareas repetitivas, más señales tempranas sobre quién se está quedando atrás y una alfabetización nueva sobre cómo pedirle algo a una máquina sin resignar criterio.
Si la escuela logra que la IA sea un cableado seguro y no un enchufe suelto, el aula no se reemplaza: se fortalece desde dentro.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.