¿Te imaginas que tu jornada laboral se acorta porque una herramienta hace en minutos lo que antes llevaba horas, pero que igual sigues siendo imprescindible para “lo de siempre”? Esa mezcla de alivio y duda es hoy bastante común, tanto en la universidad como en la oficina.

El hallazgo que pone orden a esa sensación lo plantea Pep Martorell, físico, doctor en informática y experto en inteligencia artificial (IA). En su mirada, la IA debería empujar a reducir la jornada, sí. Pero hay un mecanismo que frena esa promesa: no todas las tareas se pueden automatizar sin perder el componente humano central.

Hay tareas donde la interacción humana será indispensable

Además, Martorell subraya otra pieza clave: las universidades no están “tirando” las carreras tradicionales. La mayoría elige un camino más práctico. Mantiene derecho, medicina, pedagogía o comunicación, e integra conocimientos de IA dentro de cada titulación para que el estudiante salga con una ventaja competitiva real.

“Debería ayudar a la reducción de la jornada, pero hay tareas donde la interacción humana será indispensable”, advierte Martorell.

Ahora bien, ¿cómo se traduce esto sin tecnicismos? Pensemos la IA como el cableado de una casa. Puedes cambiar lámparas, sumar enchufes inteligentes o poner sensores. Pero si la instalación de base está mal, nada funciona bien. Y si solo aprendes a usar “la última lamparita”, te quedas a oscuras cuando el modelo cambia.

Por eso, formar estudiantes solo en la herramienta del momento no tiene mucho sentido. Martorell insiste en que lo relevante es aprender competencias conceptuales: entender qué es lo disruptivo de la IA y por qué puede modificar procesos enteros. Esa comprensión opera como un interruptor: te permite encender la luz en cualquier cuarto, aunque cambies de dispositivo.

Y en esa casa hay habitaciones que necesitan llaves humanas. La atención directa a las personas (person care), el cuidado físico, la escucha, el tacto profesional. Ahí la IA puede ayudar, pero no reemplazar. Un fisioterapeuta, un enfermero o un cuidador no solo “ejecuta tareas”. Ajusta decisiones en tiempo real con el cuerpo y la emoción del otro como dato central.

El engranaje que se mueve: formación y trabajo

Formación y trabajo

En el mundo académico, el mecanismo que más se consolida es integrar IA sin borrar identidades profesionales. Martorell incluso ve una oportunidad histórica para humanidades como filosofía, lingüística o filología. No es un guiño romántico: muchos equipos que desarrollan IA ya incluyen expertos en lenguaje, neurocientíficos y especialistas en ética, porque entender qué significa “lenguaje” y qué implica socialmente es una pieza clave del sistema.

Y sobre la idea de que la universidad “quedará irreconocible” en diez años, es categórico: se viene anunciando su obsolescencia desde hace 25 años y no ocurrió de modo radical. Las aplicaciones de IA pueden generar cursos rápido, sí. Pero eso no equivale a una buena educación universitaria, que también ordena criterio, método y comunidad.

En el trabajo, el gran reto no es solo la edad. Es el upskilling (reciclaje acelerado) masivo. Las empresas necesitan reentrenar a miles de personas en poco tiempo, y eso cuesta dinero y organización. Mientras tanto, conviven dos velocidades: quienes usan IA todos los días y quienes casi no la tocan. Esa brecha ya genera tensiones por productividad.

Martorell suma un dato incómodo: muchas compañías miran la autoformación como señal de actitud. En una hora de contenidos en YouTube hoy se aprende más que antes con muchas horas de lectura. Y probar una herramienta de IA generativa por unos 20 euros al mes, y dedicarle horas, tiene poco riesgo. La IA “no se rompe”: puedes experimentar, equivocarte y volver a intentar sin daño físico ni material.

Lo que no copia una máquina: la pregunta correcta

Incluso con IA, el valor diferencial humano no siempre será “usar más”. Muchas veces será la visión 360 del negocio, la experiencia y la capacidad de conectar puntos. Sobre todo, formular la pregunta adecuada y decidir cuándo hacerla.

Al final, la promesa de la jornada más corta se parece a esa casa con mejor cableado: algunas luces se automatizan y otras no. La clave es no quedarse aprendiendo una sola lamparita, sino entender el interruptor que enciende tu carrera, aunque el mundo cambie de aparato.

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