¿Qué pasa cuando una máquina aprende a escribir con libros que nadie le prestó? La pregunta ya no es abstracta. Toca una pieza sensible de la vida diaria: el trabajo creativo, ese cableado invisible que convierte años de lectura, oficio y memoria en una página.

Ese es el hallazgo político y cultural que puso sobre la mesa la Conferencia de Asociaciones de Escritoras y Escritores en Madrid. Más de 200 autores españoles firmaron el documento Manifiesto por una IAG sostenible para denunciar el expoliode sus obras por parte de la inteligencia artificial generativa, la tecnología que produce textos, imágenes o audios a partir de grandes volúmenes de datos.

Autores españoles dicen No al expolio de sus obras por parte de la IAG

Entre los firmantes aparecen nombres centrales de la literatura española, como Luis Mateo Díez, Antonio Gamoneda, José María Merino, Rosa Montero y Carme Riera. La presentación se hizo en el Círculo de Bellas Artes, con el respaldo de catorce entidades profesionales que, según la organización, representan a más de 9.000 autores.

La clave de la protesta está en un mecanismo simple de explicar. Para entrenar muchos modelos de IA generativa, es decir, sistemas que aprenden patrones de lenguaje, se usan enormes bibliotecas digitales. El problema, señalan los escritores, es que esa central de aprendizaje habría tomado libros protegidos sin autorización, sin remuneración y sin transparencia.

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Aprendizaje con libros protegidos sin autorización, sin remuneración y sin transparencia

Manuel Rico, portavoz de la Conferencia y presidente de la Asociación Colegial de Escritoras y Escritores de España, fue categórico al defender que la inteligencia artificial generativa debe construirse sobre bases legales y éticas, no a costa de los creadores. No puede desarrollarse expoliando a los autores”, subrayó en la presentación del manifiesto.

Además, los firmantes respaldan el principio ART del European Writer’s Council: Autorización, Remuneración y Transparencia. Son tres piezas clave que, a su juicio, no han sido respetadas por la mayoría de los modelos lanzados en los últimos años.

El interruptor legal que piden los autores

Carme Riera, vicedirectora de la RAE y presidenta de CEDRO, advirtió que el marco legislativo actual resulta insuficiente para afrontar el impacto de esta tecnología. Según explicó, la Administración pública debe liderar un modelo justo, porque ya hay países como Noruega, Holanda y Suecia que demostraron que la innovación puede convivir con el respeto a los derechos de autor.

La petición no se limita a las grandes tecnológicas. El manifiesto reclama que también las administraciones públicas y las empresas privadas queden sujetas a reglas claras si usan obras protegidas para el entrenamiento, el proceso de enseñanza del sistema, o para la explotación comercial de esas herramientas.

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Hay, además, un impacto práctico inmediato. Los autores piden que el Estado no implemente software de IA generativa que no respete plenamente los derechos de autor ni la privacidad de los ciudadanos. Es decir, no solo discuten una idea de futuro: piden revisar qué herramientas se encienden hoy en oficinas, escuelas y organismos públicos.

La innovación puede convivir con el respeto a los derechos de autor

Amaya García Gallego, presidenta de la sección de traductores de la asociación, señaló otro engranaje sensible. La IA afecta doblemente a ese sector: por un lado, usa traducciones y obras publicadas sin permiso; por otro, algunas editoriales ya la emplean para sustituir trabajo humano o como argumento de presión laboral.

Eso modifica una rutina concreta. Ya no se debate solo quién escribió primero, sino quién cobra, quién decide y qué valor conserva el trabajo intelectual cuando una máquina puede imitarlo en segundos.

El objetivo final de los firmantes es alcanzar un acuerdo con el Gobierno para regular de forma clara el uso de obras literarias protegidas. La oportunidad, sostienen, no pasa por apagar la tecnología, sino por instalarle un interruptor básico: que funcione con permiso, con pago y con reglas visibles.

Si ese mecanismo se activa, la literatura no quedará fuera del futuro digital. Tendrá, al menos, una puerta con llave.

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