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IA Crea un Animal Artificial con Visión Funcional Que Sorprende a la Ciencia

 | febrero 23, 2026 07:09

La Universidad de Lund hizo un descubrimiento tan incómodo como fascinante: crear animales virtuales y permitir que una IA “evolucione” hasta desarrollar visión funcional sin que nadie le explique cómo se construye un ojo. No se trata de aplicar un filtro básico de detección de luz ni de simular una cámara rudimentaria, sino de observar cómo, bajo ciertas condiciones, emerge algo sorprendentemente parecido a lo que la biología ha logrado tras millones de años de ensayo y error.

El resultado, de hecho, no es un truco superficial, sino un sistema que recuerda demasiado a lo que ocurre cuando hay tiempo, presión ambiental y selección natural. En un entorno digital deliberadamente simple, el equipo sueco observó cómo, generación tras generación, surgía un sistema visual cada vez más sofisticado, pasando de un primitivo “veo claridad” a un funcional “entiendo lo que estoy viendo”.

Lo verdaderamente llamativo no es solo que el experimento funcione, sino que lo haga sin instrucciones previas sobre la arquitectura final que debía emerger, lo que desplaza el foco desde el diseño directo hacia la dinámica evolutiva.

La clave es que no entrenaron un ojo: entrenaron un mundo que castiga a los torpes

El equipo diseñó varias “especies” de organismos virtuales y las soltó en un entorno donde debían explorar, esquivar obstáculos y encontrar comida. Aunque estas tareas suenan básicas, constituyen el equivalente digital de una presión evolutiva constante: o mejoras, o te quedas atrás.

En lugar de imponer una solución, el sistema introduce pequeñas variaciones en cada generación, de forma análoga a la evolución natural; cambios minúsculos que, acumulados con el tiempo, pueden desembocar en algo radicalmente distinto.

La clave es que no entrenaron un ojo: entrenaron un mundo que castiga a los torpes

No existe una “receta del ojo” escondida en el código esperando activarse en el momento oportuno, sino un mecanismo que prueba modificaciones y conserva aquellas que aportan ventaja. Las especies virtuales que resolvían mejor el entorno eran las que “sobrevivían” dentro del simulador, imponiendo sus características en las siguientes iteraciones. En esencia, se trata de selección natural sin carbono, sin ADN y sin millones de años, pero con la misma lógica implacable: optimización guiada por supervivencia.

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De detectar luz a tener “ojos”: cuando la complejidad aparece sin pedir permiso

El experimento comenzó con estructuras extremadamente simples, apenas sensibles a la luz, algo similar a un sensor primitivo que distingue entre claridad y oscuridad. Sin embargo, lo potente del proceso es que esas estructuras no se quedaron ahí; con el paso de las generaciones fueron transformándose hasta convertirse en ojos completamente funcionales, según describen los autores. El sistema no se limitó a un mecanismo binario de “hay luz/no hay luz”, sino que fue construyendo una estructura capaz de aportar información útil para navegar, decidir y optimizar el comportamiento del organismo virtual.

Lo más desconcertante es el contraste entre la sencillez del entorno y la sofisticación de lo que emergió dentro. Aunque el mundo experimental era simple, la visión desarrollada alcanzó un nivel de complejidad comparable al de organismos reales, lo que refuerza una idea recurrente en inteligencia artificial: cuando el objetivo está claramente definido —sobrevivir, moverse, alimentarse— la solución puede volverse sorprendentemente ingenieril sin que nadie la diseñe explícitamente.

Un “cerebro” primitivo que interpreta y decide

La evolución digital no se detuvo en el órgano visual. Con el tiempo, el sistema derivó hacia algo que los investigadores describen como un “cerebro” primitivo, capaz de interpretar información y generar soluciones propias para mejorar la eficiencia del organismo. Ya no se trataba solo de un ojo pegado a un cuerpo virtual, sino de un circuito integrado de percepción, decisión y acción que se refinaba bajo la presión constante del entorno.

Un detalle clave es que el proceso no dependía de un humano corrigiendo el diseño paso a paso ni ajustando manualmente la arquitectura. Según el profesor Dan-Eric Nilsson, este enfoque se asemeja a una forma de evolución artificial que alcanza resultados equivalentes a los de la vida real, readaptándose y reinventándose para mejorar sin guía humana directa. En otras palabras, el sistema no sigue un plano predefinido, sino que explora el espacio de posibilidades y consolida aquello que funciona.

Por qué esto importa más allá del “mira qué curioso”: IA, biología y eficiencia

El titular fácil sería decir que “la IA crea ojos”, pero lo realmente interesante está en lo que esto implica sobre el origen de la complejidad. Si un sistema digital puede pasar de una percepción mínima a una visión funcional mediante selección iterativa, entonces se abre una vía poderosa para estudiar los mecanismos intrínsecos de la evolución, incluidos aquellos que dieron forma a nuestra propia especie.

Los resultados sugieren que la IA puede utilizarse como laboratorio experimental para poner a prueba hipótesis evolutivas: qué presiones son necesarias, qué pasos intermedios resultan estables y qué soluciones aparecen de manera casi inevitable cuando el entorno exige eficiencia. En este sentido, la inteligencia artificial deja de ser únicamente una herramienta para predecir proteínas o generar texto y se convierte en una “máquina de experimentar” con procesos evolutivos que en el mundo real serían demasiado lentos, costosos o imposibles de observar directamente.

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Además, hay una lectura claramente ingenieril. Si la evolución artificial encuentra soluciones eficaces con recursos limitados, quizá podamos diseñar sistemas tecnológicos más eficientes inspirándonos en ese enfoque. En un contexto donde la IA suele asociarse con fuerza bruta —más parámetros, más GPUs, más consumo energético— cualquier pista sobre eficiencia emergente resulta especialmente valiosa. La evolución, cuando funciona, no optimiza para lo estético ni para lo espectacular, sino para lo que sobrevive con el mínimo gasto necesario.

Por supuesto, nadie debería presentar este avance como la llegada de la conciencia artificial o de una inteligencia general plenamente autónoma. Estamos hablando de organismos virtuales en entornos controlados, no de mentes autoconscientes. Sin embargo, el mensaje de fondo es difícil de ignorar: si dejas que un sistema aprenda mediante presión ambiental y selección, puede construir soluciones complejas sin planos previos, del mismo modo que la vida lo hizo.

Todo apunta a que este tipo de experimentos marcará una tendencia creciente: menos IA diseñada pieza por pieza y más sistemas que evolucionan, prueban, fallan y vuelven a intentarlo hasta encontrar atajos que a nosotros ni siquiera se nos ocurren. Quedará por ver cómo escalan estos modelos cuando los mundos virtuales dejen de ser entornos relativamente simples y se vuelvan más realistas, porque será entonces cuando la competencia tecnológica —y también la reflexión ética— empiece a exigir respuestas mucho más profundas.

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