¿Te pasó alguna vez que te llega un video “épico” y, por un segundo, te tienta creerlo solo porque está bien editado y tiene la música justa? Esa mezcla de adrenalina y orgullo suele funcionar como un interruptor. Y en redes, ese mecanismo se activa más rápido de lo que uno quisiera.
Esta vez, el protagonista fue Donald Trump y el escenario, un supuesto partido de hockey sobre hielo contra la selección de Canadá. El clip se difundió en Truth Social, la red social del presidente, pocas horas después de que el equipo estadounidense saliera campeón en los Juegos Olímpicos de Invierno en Italia tras vencer al conjunto canadiense.
El hallazgo no es un dato deportivo, sino el tono del contenido. El video lo muestra a Trump con su traje azul y corbata roja, esquivando rivales al ritmo de “The Eye of the Tiger”, de Rocky III, hasta llegar a la portería y marcar el gol “de la victoria”. En el medio, hay golpes, empujones y una escena en la que lanza a un jugador contra la barrera.

Por momentos, el guion cruza una línea todavía más explícita. Se ve al presidente quitarse los guantes y golpear directamente a los rivales. Y al final, cierra abrazado con jugadores de su propia selección, como si todo hubiera sido un capítulo de unión nacional.
Ahora bien, lo más clave no es la coreografía en sí, sino el cableado emocional que explota. La música de “Rocky” no está ahí por casualidad: funciona como un atajo. Es el engranaje que empuja al espectador a sentir “hazaña” antes de pensar “¿esto pasó?”.
En términos prácticos, este tipo de montaje opera como una casa con luces inteligentes. La canción es el sensor de movimiento. Apenas entras, se enciende todo: épica, rivalidad, pertenencia. Y cuando la iluminación ya está a pleno, el cerebro tiende a aceptar el resto del mobiliario, aunque haya cosas fuera de lugar.
La pieza clave es que el video no busca informar: busca instalar una sensación.

El mecanismo es simple: tomar un evento real (la victoria de Estados Unidos sobre Canadá) y enchufarle una escena exagerada, con estética de película. La mezcla genera una oportunidad perfecta para que el mensaje viaje rápido, porque se apoya en una emoción compartida y en un rival reconocible.
Además, el hockey aporta una ventaja narrativa: es un deporte físico y veloz. Eso permite que los golpes y empujones parezcan parte del “folclore” del juego, aunque el video los lleve a un punto más agresivo, con una acción en la que Trump arroja a un canadiense contra la barrera.
Por eso, el efecto no depende de que el contenido sea verosímil plano por plano. Depende de la respuesta inmediata del espectador: la música, el ritmo y el desenlace (el gol) arman una historia cerrada. Una historia que, encima, termina en abrazo, como si la violencia fuera solo un trámite.

En el día a día, este tipo de videos deja una lección: antes de reenviar, conviene cortar la corriente un instante y mirar el tablero. Tres preguntas ayudan a bajar la espuma:
La tecnología cambió la velocidad de circulación, pero el truco es viejo: cuando una escena se siente demasiado perfecta para ser casual, suele estar diseñada para eso. Y en tiempos de videos que viajan como chispazos, frenar un segundo puede ser el gesto más moderno de todos.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.