Hace tiempo que cruzamos la línea de lo extraño con la inteligencia artificial, pero la última ocurrencia de Grammarly se lleva la palma. Imagina terminar de escribir un correo en tu ordenador y que la máquina te diga cómo lo editaría tu periodista tecnológico favorito. Una auténtica locura.

Y es que el popular asistente de escritura ha decidido que ya no le basta con corregirte las comas o ajustarte el tono. Quieren que sientas que tienes a un editor estrella sentado a tu lado dándote instrucciones.

Ahora, literalmente, se apropian de nombres propios y trayectorias reales para venderte sus correcciones automáticas.

La nueva función de Grammarly clona voces famosas sin pedir permiso

En concreto, la compañía lanzó en agosto de 2025 un enorme paquete de herramientas avanzadas impulsadas por inteligencia artificial. Entre todas las novedades corporativas, destacaba una opción muy particular incrustada directamente en su barra lateral.

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La han bautizado comercialmente como “Expert Review”.

Grammarly Expert Review

Básicamente, este sistema analiza tu borrador en tiempo real y te lanza sugerencias de revisión adoptando la perspectiva de expertos ultra reconocidos. No es un simple filtro de corrección de estilo, sino un prompt de sistema avanzado diseñado para imitar cómo estructuran la información estos profesionales.

Pero claro, la letra pequeña es que Grammarly está usando las marcas personales de pensadores, autores históricos y periodistas punteros. Mezclando alegremente a vivos y a muertos sin ningún tipo de filtro ético.

Según destaparon varias cabeceras estadounidenses, si pasas un texto por la plataforma, te pueden saltar recomendaciones supuestamente dictadas por firmas estrella de Bloomberg, The New York Times o, según The Verge, redactores de su propia plantilla periodística.

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En mis propias pruebas con la herramienta, el sistema ni se inmutó al cruzar la línea roja. Me escupió consejos de redacción calcados al estilo de referentes como Kara Swisher, Casey Newton o la reconocida investigadora de IA Timnit Gebru.

Te haces una idea. El algoritmo actúa como un ventrílocuo corporativo perfecto.

El vacío ético de usar a expertos que no tienen ni idea del proyecto

Evidentemente, el sector no ha tardado en pedir explicaciones. La principal duda era saber si estos autores habían cedido sus derechos intelectuales para entrenar a los LLM de la plataforma oficial de Grammarly.

La respuesta te la puedes imaginar. Un rotundo no.

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Ninguna de estas figuras de la industria participa mínimamente en la creación del “Expert Review”. Tampoco han firmado ningún acuerdo comercial ni han dado permiso explícito para que sus nombres adornen un producto de software que cuesta dinero.

Para intentar justificar esta dudosa estrategia de mercado, Alex Gay, vicepresidente de producto y marketing corporativo en Superhuman (la empresa matriz detrás de la herramienta), salió al paso con el comodín habitual del ecosistema start-up.

El motivo es simple, según defienden los directivos: estos expertos aparecen en el sistema porque sus obras publicadas son de dominio público y la industria los cita constantemente en sus propios pipelines de entrenamiento.

Es decir, como tu contenido está indexado en internet, consideran que tu estilo y tu nombre son barra libre para hacer caja. Así de duro.

A ello se le suma el clásico escudo legal redactado a medida para evitar demandas millonarias. Si te vas a leer la letra microscópica de la guía de usuario de la función, la compañía se lava las manos por completo.

Aclaran rápidamente que las menciones a expertos son puramente informativas y no implican ningún tipo de afiliación, patrocinio o respaldo real por parte de los afectados. Una pirueta legal en toda regla.

¿Podemos llamar «revisión experta» al texto escupido por una máquina?

Si miramos los fundamentos técnicos, lo que hay bajo el capó no es más que estadística matemática jugando a ser un periodista humano. Vender una característica bajo el rimbombante nombre de «revisión experta» cuando no hay humanos al volante roza peligrosamente la publicidad engañosa.

La revista Wired señaló recientemente el nivel de absurdo al que estamos llegando, criticando duramente cómo la IA resucita digitalmente a autores fallecidos para corregir aburridos correos electrónicos de oficina. Y las críticas en el ámbito académico tampoco se han hecho esperar. El historiador C. E. Aubin ha desmontado por completo la narrativa salvadora de la empresa de software.

¿Podemos llamar "revisión experta" al texto escupido por una máquina?

Para Aubin, el debate es semántico, técnico y ético a la vez. No se puede clasificar el resultado como una genuina revisión experta si, en la práctica, no hay ni un solo experto de carne y hueso revisando las inferencias del modelo de lenguaje.

No hay magia generativa, ni criterio periodístico real. Solo una red neuronal regurgitando patrones sintácticos que alguien más escribió primero.

La línea entre facilitar el trabajo diario mediante herramientas de software y apropiarse de la identidad ajena se está difuminando a una velocidad vertiginosa. Hoy es solo una función curiosa en un corrector ortográfico hipervitaminado, pero mañana podría sentar un precedente legal nefasto sobre el uso comercial de nuestro propio tono al escribir.

La pelota está ahora en el tejado de los periodistas, autores y creadores de contenido afectados. Tocará esperar para ver si el mercado empieza a trazar líneas rojas estrictas o si terminamos todos aceptando ser un simple fantasma digital más en una barra lateral de pago.

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