¿Qué ocurriría si una herramienta digital recordara una conversación olvidada, sugiriera llamar a un familiar o ayudara a ordenar una duda médica? La inteligencia artificial ya empieza a ocupar ese espacio íntimo, entre la agenda, la memoria y la compañía cotidiana.

El físico cuántico José Ignacio Latorre, especialista en supercomputación e inteligencia artificial, cree que ese cambio llegará mucho más lejos. En una entrevista con La Vanguardia, plantea que los agentes de IA dejarán de ser asistentes puntuales para convertirse en acompañantes con una relación continuada con cada persona.

Su hallazgo no parte solo de una hipótesis. Latorre utiliza un agente de IA llamado Constanza, con el que conversa, debate asuntos filosóficos y resuelve problemas científicos. Para él, esta pieza clave puede actuar a la vez como memoria, ayudante y confidente.

La diferencia está en el tipo de vínculo. Un buscador responde una pregunta y cierra la puerta. Un agente de IA, programas capaces de ejecutar tareas y recordar contexto, podría conservar el hilo de lo que una persona necesita, teme o intenta cambiar.

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Una casa digital con habitaciones de memoria

La analogía central se parece a una casa. Hoy muchas aplicaciones son como cajones separados: uno guarda fotos, otro citas médicas, otro mensajes y otro listas de tareas. El usuario debe abrir cada compartimento y recordar dónde dejó cada cosa.

Un agente de IA funcionaría como el encargado de esa casa digital: sabría qué hay en cada habitación, podría encender una luz cuando detecta un pendiente y acercar dos objetos que antes estaban lejos. Por ejemplo, recordar una medicación, recomendar un contenido o ayudar a mantener un hábito.

Latorre señala que estos sistemas podrían mediar entre personas, aunque esa función abre una oportunidad y, al mismo tiempo, una pregunta sensible: cuánto cableado de la vida privada se está dispuesto a entregar a una máquina.

El físico identifica las consultas médicas, las dudas sobre relaciones y la búsqueda de compañía emocional como algunos de los usos más frecuentes de la IA. No se trata solo de velocidad. La clave sería una respuesta construida con el contexto acumulado de cada usuario.

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Su previsión más impactante se vincula con la muerte y la identidad. Si un sistema procesa imágenes, audios, mensajes y recuerdos de una persona fallecida, podría reconstruir una presencia artificial con su voz, su rostro y parte de su forma de conversar.

“Con la IA podrás revivir a tu madre”, resume Latorre al describir esa posibilidad. La frase no plantea un regreso real de la persona, sino una representación digital capaz de dialogar con los vivos a partir de los rastros que dejó.

Latorre advierte que esa reconstrucción debería contar con acompañamiento ético y jurídico.

El interruptor que cambia la medicina

En salud, el investigador anticipa otro giro. Los sistemas de diagnóstico basados en IA, herramientas que comparan grandes volúmenes de datos clínicos, podrían asumir gran parte de las tareas diagnósticas que hoy recaen en médicos.

Latorre llega a prever que “desaparecerá el médico, aunque no la enfermera”. Es una proyección que pone el foco en la automatización, no en una sustitución inmediata: la atención, el cuidado físico y la decisión humana siguen siendo engranajes difíciles de reemplazar.

Para el físico, el debate fundamental no consiste únicamente en descubrir qué puede hacer la IA. La pregunta central es qué funciones se desea permitirle y bajo qué reglas. Aprender a usar estas herramientas será tan importante como diseñarlas.

Latorre se define como tecnooptimista y ve una etapa excepcional para las generaciones jóvenes. En un mundo más automatizado, sostiene, la creatividad, las artes y las habilidades humanas pueden convertirse en la habitación más valiosa de esa nueva casa digital.

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