Anthropic destinará 11.600 millones de dólares durante siete años a los servicios de nube de Akamai, según comunicó la compañía el jueves. El hallazgo financiero es contundente: se trata del mayor contrato en la historia de Akamai y multiplica por más de seis un acuerdo de 1.800 millones de dólares que Bloomberg había informado en mayo.
La operación revela una pieza clave de la carrera por la IA: no alcanza con crear modelos capaces de redactar, resumir o programar. También hace falta un cableado digital enorme para que esas herramientas respondan cuando millones de personas las usan a la vez.

El compromiso no es automático ni incondicional. Akamai deberá cumplir metas de entrega y disponibilidad del servicio, es decir, mantener la infraestructura lista y operativa. Además, ambas empresas podrán rescindir el contrato bajo determinadas condiciones.
La apuesta no se centra solo en los chips más famosos de la IA, sino también en las CPU, los procesadores de uso general que sostienen buena parte del trabajo cotidiano de Internet.
La sala de máquinas que no se ve
Una CPU, o unidad central de procesamiento, puede pensarse como el personal de una casa muy activa. No es necesariamente quien hace la tarea más espectacular, pero abre la puerta, ordena los papeles, enciende las luces y coordina cada pedido que llega.
Los aceleradores especializados, chips diseñados para cálculos de IA muy intensos, serían como una herramienta industrial preparada para una única labor pesada. En cambio, las CPU funcionan como una caja de herramientas doméstica: sirven para ejecutar código, gestionar conexiones y sostener muchas pequeñas decisiones al mismo tiempo.

Ese mecanismo cobra importancia con los agentes de IA, sistemas que pueden encadenar tareas con cierta autonomía. Si un agente busca datos, consulta archivos, llama a otra herramienta y prepara una respuesta, necesita varios engranajes funcionando en orden. Akamai no detalló qué uso concreto dará Anthropic a las CPU incluidas en el acuerdo.
Sin embargo, la demanda de estos procesadores ha aumentado a medida que los agentes asumen más tareas. La oportunidad está en la infraestructura menos visible: la que evita que una respuesta se corte, se demore o quede atrapada en un cuello de botella digital.
Un contrato con un interruptor financiero
Akamai no espera ingresos por este contrato durante el año en curso. Prevé obtener entre 150 y 300 millones de dólares en 2027, desde el segundo semestre, y alcanzar un ritmo anual cercano a 1.700 millones de dólares hacia fines de 2028.

Para habilitar esa capacidad, la empresa invertirá unos 5.500 millones de dólares. También añadirá cerca de 1.700 millones de dólares a su gasto de capital de este año para comprar por adelantado componentes como memoria, una decisión similar a ampliar una central eléctrica antes de que llegue el consumo máximo.
El acuerdo incluye un warrant, el derecho a comprar acciones a un precio fijado. Anthropic podrá acceder potencialmente a acciones equivalentes a cerca del 5% de Akamai, siempre que incremente su gasto: cada 3.000 millones de dólares adicionales en servicios cloud desbloquearían aproximadamente otro 1% de participación.
La estructura invierte el patrón de los acuerdos circulares de IA, en los que un proveedor invierte en el laboratorio que luego compra su tecnología. Aquí, Akamai ofrece a su cliente una participación potencial que crece si el contrato se expande hasta unos 20.000 millones de dólares.
Tras conocerse la noticia, las acciones de Akamai llegaron a subir 17% en las operaciones posteriores al cierre. Para el usuario, la señal es más simple: la IA que parece vivir en una pantalla depende cada vez más de una casa digital grande, estable y con todos sus interruptores encendidos.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








