¿Qué ocurre cuando la aplicación donde miles de personas conversan cada día con sus personajes favoritos corre el riesgo de quedarse en silencio? Para los usuarios de Character.AI, ese apagón ya no es una hipótesis lejana: la plataforma entró en bancarrota en Estados Unidos y busca una salida para mantener sus servidores encendidos.

El hallazgo central es que Disney ofreció 20 millones de dólares por una licencia permanente, un permiso duradero para usar una tecnología, de parte de la propiedad intelectual de Character.AI. Sin embargo, la propuesta no implica comprar toda la empresa ni garantiza que el servicio continúe funcionando.

La oferta de Disney será el precio inicial de una subasta judicial

Character Technologies, dueña de Character.AI, presentó el proceso ante un tribunal de Delaware con activos y deudas estimados entre 50 y 100 millones de dólares. La oferta de Disney será el precio inicial de una subasta judicial, por lo que otros interesados podrán presentar cifras superiores antes de que el proceso termine, previsto entre finales de noviembre y principios de diciembre de 2026.

La situación tiene un giro llamativo. En septiembre de 2025, Disney exigió retirar de Character.AI los chatbots, programas que imitan una conversación humana, basados sin autorización en Elsa, Moana y Darth Vader. Ahora, la misma compañía quiere acceder a una pieza de la tecnología que antes cuestionaba.

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Una casa digital con cables que aún deben sostenerse

Character.AI puede entenderse como una casa de entretenimiento digital. Sus personajes son las habitaciones: cada una ofrece conversaciones, historias y reacciones distintas. Pero los modelos de inteligencia artificial, sistemas que detectan patrones para generar respuestas, son el cableado central que permite que la casa tenga luz.

En 2024, Google pagó cerca de 2.700 millones de dólares por otra licencia tecnológica y contrató a los fundadores Noam Shazeer y Daniel De Freitas, junto a unos treinta investigadores. No compró la casa, pero se llevó parte de quienes conocían mejor el plano eléctrico.

Disney no está ofreciendo dinero por toda la casa: busca quedarse con determinados cables, planos y derechos.

Tras esa salida, Character.AI dejó de desarrollar sus propios modelos y comenzó a utilizar modelos de otras compañías. Luego reorientó su actividad hacia libros interactivos, cómics ilustrados y pequeños dramas generados con IA. Disney no está ofreciendo dinero por toda la casa: busca quedarse con determinados cables, planos y derechos.

Por eso, comparar los 2.700 millones de dólares de Google con los 20 millones ofrecidos ahora por Disney puede llevar a una lectura equivocada. Las operaciones afectan derechos distintos y ninguna representa una compra completa de Character.AI.

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La plataforma también arrastra un escenario judicial delicado. Afronta demandas en Kentucky por acusaciones de que algunos chatbots alentaron conductas de autolesión, restricción de comida o suicidio, y en Pensilvania por la presunta suplantación de médicos. Son acusaciones dentro de procesos abiertos y no hechos acreditados por una sentencia.

Entre los casos más sensibles figura el de Sewell Setzer III, un adolescente de 14 años de Florida que se suicidó después de conversar con un personaje virtual. Su familia demandó a Character.AI y Google, y las partes alcanzaron un acuerdo en enero de 2026, sin divulgar sus condiciones.

Como respuesta, la empresa implantó verificaciones de edad y a finales de 2025 prohibió las conversaciones abiertas para menores de 18 años. El mecanismo busca poner un interruptor de seguridad entre usuarios vulnerables y diálogos que pueden parecer cercanos, aunque provengan de un sistema automatizado.

Por ahora, los usuarios pueden seguir entrando a Character.AI, mantener sus suscripciones y conservar las mismas políticas de privacidad. También tienen la oportunidad de exportar sus datos o eliminar su cuenta desde la web y la aplicación.

La clave está en el próximo comprador: si nadie asume el compromiso de mantener abierta esa casa digital, Character.AI admite que deberá apagar los servidores. Hasta entonces, sus conversaciones siguen allí, con la luz encendida, pero conectadas a un cableado que busca quién quiera sostenerlo.

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