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Opera Neon Presume de Automatización Total con IA, Aunque en Uso Real Revela un Lado Torpe

 | noviembre 30, 2025 00:19

Neon llega en 2025 como un navegador con inteligencia artificial “agéntica” integrada en la propia interfaz, sobre Windows y macOS, y con la base del Opera clásico debajo. Mantienes el panel lateral con WhatsApp, Telegram, Spotify, el panel multimedia y el estilo visual habitual. Lo nuevo está en esa capa de IA que promete navegar por ti, mientras tú miras.

Neon llega en 2025 como un navegador con inteligencia artificial

La idea central es que Neon no es solo un navegador con un bot, sino un navegador con tres sistemas distintos: Chat, Do y Make. Opera llama a este enfoque “agentic AI” y quiere competir con propuestas como Perplexity con Comet u OpenAI con ChatGPT Atlas. En vez de hacerte escribir prompts sueltos, Neon pretende convertirse en algo así como tu asistente permanente para la vida digital.

El primer agente, Chat, es el más reconocible: un chatbot integrado en el navegador que responde preguntas, resume artículos, traduce textos y genera explicaciones sobre casi cualquier tema. Es lo más cercano a lo que ya conoces de otros servicios de IA, y eso lo hace cómodo de usar desde el minuto uno. Puedes pedirle que te explique una noticia, que te traduzca una reseña o que te resuma un informe largo en unas pocas líneas.

El problema es que esa familiaridad oculta un fallo serio de fiabilidad. Según las pruebas realizadas durante una semana de uso intenso, Chat solo responde de forma correcta y útil alrededor del 70 % del tiempo. El resto lo rellena con información inventada o directamente falsa. En un caso concreto, al pedirle que contara los comentarios de varios artículos, devolvió un texto largo asegurando que no había ninguno cuando en realidad había cuatro, visibles a simple vista en la página.

Esa mezcla de seguridad en el tono y errores en los datos es justo lo que más inquieta. No se trata de una “metedura de pata” puntual, sino de un patrón que se repite en distintos sitios y contextos. Las alucinaciones no son un bug aislado, son un rasgo estructural del sistema actual. Como señala la experiencia recogida, “la IA responde con una confianza que no se corresponde con lo fiable que es”, y eso hace difícil confiarle tareas mínimamente delicadas.

Para colmo, las respuestas de Chat tienden a ser excesivamente largas y verborreicas. En lugar de darte una lista clara o un párrafo ajustado, tiende a extenderse con explicaciones que no siempre aportan más valor. Esto, en un navegador pensado para ir rápido de una pestaña a otra, puede acabar estorbando más de lo que ayuda cuando solo quieres una respuesta directa.

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El segundo agente, Do, es donde Neon intenta mostrar su “magia” y, a la vez, donde se estrellan muchas de sus promesas. Do es el encargado de ejecutar acciones en la web: puede abrir pestañas nuevas, navegar por distintas páginas, rellenar formularios, pulsar botones y completar procesos de compra o reserva. Desde fuera, ver cómo se mueve por la pantalla es hipnótico. Es como ver a otra persona en tu ordenador, pero obedeciendo tus órdenes.

Ese efecto visual engancha los primeros días. Le pides que encuentre el vuelo más barato, y empieza a abrir comparadores, a filtrar fechas y a ir saltando entre webs donde ya estás logueado. O le dices que añada flores a un carrito de una floristería online, y se lanza a rellenar campos con soltura. La promesa es clara: descarga mental y menos clics repetitivos. La trampa está en cómo toma decisiones cuando se encuentra con detalles que no tiene claros.

En la compra de flores, por ejemplo, Do decidió por su cuenta que el código postal era 28001. No lo dedujo de la cuenta, ni lo preguntó. Simplemente lo metió por defecto, como si todo el mundo viviera en el centro de Madrid. Ese tipo de sesgos geográficos, combinados con una falta total de preguntas de confirmación, hacen que te preguntes cuánto puedes delegar sin revisar cada paso.

El problema es que, mientras Do está actuando, tú apenas puedes intervenir. El sistema no permite corregir un campo concreto en tiempo real ni ajustar una decisión sin detener todo el proceso. Solo puedes mirar cómo el agente comete errores y, en caso de desastre, cancelar la tarea completa. Esa sensación de pérdida de control choca de frente con el hecho de que es tu dinero, tus cuentas y tus datos los que están en juego.

En otra prueba, al pedirle que encontrara el producto más barato usando Google Shopping, Do abrió la web, escribió el término de búsqueda… y se atascó. Un cambio sutil en el diseño impidió que pulsara el botón de buscar. Tras una intervención manual del usuario, logró continuar, pero tardó mucho en hacer cosas tan simples como ordenar resultados de menor a mayor precio. El resultado final fue correcto, pero el tiempo, la supervisión y la ayuda necesaria hacían más sencillo que el usuario lo hubiera hecho por su cuenta.

La conclusión provisional es clara: Do puede tener valor para quien no conoce herramientas como Google Shopping o no sabe cómo filtrar bien en un comparador de vuelos. Ahí sí puede aportar una capa de autonomía. Para alguien con cierta experiencia, en cambio, la automatización se convierte fácilmente en un estorbo. El esfuerzo de vigilar que no meta la pata es casi mayor que el de completar la tarea a mano.

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En una misión aún más compleja, el autor le pidió a Do que añadiera todos los ingredientes de unas recetas de Directo al Paladar al carrito de Mercadona. Ahí la cosa directamente se rompió: el agente fue incapaz de completar la cadena de pasos necesaria. Entre errores de navegación, tiempos de espera y confusiones con los productos concretos, la automatización se quedó en una promesa a medio camino.

Hay otro detalle práctico que complica todavía más el uso real de este agente: si el ordenador entra en suspensión, Do se desconecta. Cualquier tarea que estuviera ejecutando se corta de golpe, y hay que empezar de nuevo. En un mundo en el que trabajas con portátiles que se cierran y se abren varias veces al día, esta fragilidad convierte muchas automatizaciones largas en algo poco fiable.

El tercer agente, Make, apunta en otra dirección. Aquí no se trata tanto de navegar como de crear. Make puede generar código, construir pequeñas aplicaciones web y hasta producir vídeos desde el propio navegador. En una de las pruebas más llamativas, generó en unos minutos un juego de memoria con vocabulario en español, sencillo y algo tosco, pero funcional. Algo muy parecido a tener un minidesarrollador integrado en tu navegador.

Lo interesante de Make es cómo gestiona el entorno de trabajo. Todo ocurre en un espacio virtual dentro del navegador que desaparece al cerrar la pestaña. Eso te permite experimentar con proyectos efímeros, prototipos rápidos o ideas locas sin tener que montar un repositorio, instalar nada ni preocuparte mucho por la limpieza. Juegas, pruebas y, si no te convence, lo cierras y desaparece.

El concepto de este agente se percibe como brillante, aunque todavía sin pulir del todo. Hay momentos en los que el código generado necesita bastantes correcciones, o en los que la interfaz no hace fácil volver a versiones anteriores de lo que estabas construyendo. Para usuarios que crean herramientas internas, maquetas o pequeños scripts, es probablemente la parte de Neon con más potencial a medio plazo.

Cómo funciona realmente Opera Neon con sus agentes Chat, Do y Make en el día a día

El gran reto de Neon no es solo técnico, sino de diseño mental. No estás usando “una IA” sino tres agentes distintos, con funciones y “personalidades” diferentes. Chat conversa, Do actúa y Make construye. Pero en el día a día, elegir a cuál pedirle cada cosa se convierte en una especie de juego de adivinanzas. Muchas veces no sabes si lo correcto es formularlo como una pregunta a Chat, como una orden a Do o como un proyecto para Make.

Esa confusión aumenta la fricción en lugar de reducirla. Si lo comparamos con la app móvil de un banco o de una aerolínea, donde sabes claramente qué botón toca en cada caso, aquí te notas probando, rectificando y aprendiendo por ensayo y error. En un navegador que aspira a ahorrar esfuerzo mental, tener que pensar tanto en “qué agente encaja mejor” reduce parte de la promesa de comodidad.

Para intentar ordenar este caos, Opera introduce las “Cards”. Son plantillas de prompts que actúan como atajos para interactuar con la IA de forma más estructurada. Puedes tener una Card para “resumir y comparar” artículos, otra para “tomar decisiones y hacer seguimiento” de tareas, y así ir combinando patrones. La idea es que no empieces desde cero cada vez, sino que tus propias formas de usar la IA se conviertan en herramientas permanentes.

Las Cards, cuando funcionan, incorporan tu aprendizaje al sistema. Algo similar a las Skills de otros navegadores con IA, como Dia de The Browser Company. Creas configuraciones propias, las guardas y las reutilizas. En teoría, eso acerca Neon a un navegador que se adapta a ti con el tiempo, en lugar de que tú te adaptes a él. Aquí también aparece una grieta importante que te saca del ideal.

La interfaz actual de las Cards está llena de ejemplos de poco valor práctico, más pensados como demostraciones llamativas que como herramientas de trabajo real. Muchos de esos modelos predefinidos se sienten inflados, repetitivos o pobres en resultados, lo que da la impresión de que la función todavía no está bien depurada. La idea es potente, pero la ejecución parece más un catálogo de pruebas que una caja de herramientas madura.

A pesar de todas estas limitaciones, Neon no renuncia a comportarse como un navegador “normal” cuando lo necesitas. Mantienes pestañas, marcadores, extensiones y las funciones clásicas de Opera, como el panel lateral de mensajería o el acceso a apps de música. Bajo la capa agéntica sigue habiendo un navegador de escritorio convencional y bastante práctico. Esa base es la que evita que toda la experiencia se derrumbe, incluso cuando los agentes fallan.

Sobre todo esto flota una cuestión delicada: Neon no se vende como experimento gratuito ni como beta cerrada. Se comercializa como un servicio premium, con un precio de 20 dólares al mes, muy cercano al de una suscripción a ChatGPT Plus. Y, Se comporta más como un campo de pruebas público que como un producto estable. Los bugs estructurales, las desconexiones de Do y las alucinaciones de Chat son demasiado frecuentes para lo que esperas de algo de pago.

Este modelo de pago choca con el contexto general del mercado en 2025. Los grandes actores —Google con Gemini en Chrome, Microsoft con Copilot en Edge, Perplexity con Comet, The Browser Company con Dia o OpenAI con ChatGPT Atlas integrado en servicios— están empujando hacia una idea bastante compartida: la IA en el navegador debe ser gratuita, ubicua y casi invisible. Algo que simplemente “está ahí” y no requiere una suscripción específica para la mayoría de usuarios.

Si merece la pena pagar por Opera Neon y qué futuro dibuja para los navegadores agénticos

Opera decide ir justo en contra de esa corriente. Su apuesta parte de una tesis clara: si la IA va a hacer cosas reales por ti —acceder a cuentas autenticadas, reservar viajes, enviar correos, manejar tu dinero— no puede sostenerse sobre un modelo gratuito pagado con tus datos. En ese escenario, continuar con el viejo modelo de “espiar y vender datos” se vuelve especialmente problemático, porque el navegador vería aún más de tu vida que ahora.

Para intentar cuadrar ese círculo, Neon se apoya en una arquitectura híbrida. Do ejecuta localmente todas las tareas sensibles, operando sobre las sesiones en las que ya estás logueado sin enviar contraseñas a la nube ni compartir credenciales con terceros. Solo cuando es estrictamente necesario recurre a servidores externos para el cálculo pesado. La idea es equilibrar privacidad, seguridad y capacidad de cómputo, dejando lo más delicado en tu máquina.

Esta decisión técnica no es un detalle menor. Si, como todo apunta, los agentes van a ganar muchísimo poder sobre tu vida digital en los próximos años, que el navegador pueda controlas pestañas, cuentas, compras y documentos convierte el modelo de negocio en algo central. Opera apuesta a que la gente preferirá pagar directamente por un agente que no comercia con su información, y fija ese precio de referencia en esos 20 dólares mensuales.

El gran problema está en el timing. El lanzamiento de Neon llega en una etapa de hartazgo tecnológico. Muchos usuarios sienten que ya hay demasiadas apps, demasiadas notificaciones y demasiados sistemas que te piden más datos, más atención y más tiempo. Y, justo en ese momento, Neon aparece como un navegador que te pide un grado altísimo de confianza: delegar en un bot que abre muchas pestañas, rellena formularios y actúa por ti casi sin explicarte cada paso.

Esta propuesta implica, en la práctica, darle “más control” al sistema automatizado sobre tu navegación, cuando mucha gente solo quiere recuperar control y reducir complejidad. El mensaje de fondo es: “deja que el navegador se encargue de la burocracia digital por ti”. Pero, con el nivel actual de errores, la sensación real es que tienes que vigilar a ese asistente como si fuera un becario algo torpe y demasiado confiado.

Pese a todo, el concepto general se sostiene: hay muchas tareas digitales que son pura burocracia y fricción donde la automatización tiene todo el sentido. Comparar decenas de vuelos, reservar citas médicas, buscar el mismo producto en tres tiendas, gestionar la compra semanal o completar formularios repetitivos son actividades que pocos disfrutan y que roban horas cada mes. Aquí es donde un navegador agéntico como Neon apunta al lugar correcto.

En su estado actual, Neon no ejecuta estas automatizaciones con la calidad necesaria. Do es lento y errático; Chat se inventa cosas con demasiada alegría; Make brilla y tropieza a la vez. El resultado es que el usuario tiene que vigilar cada movimiento casi tanto como si lo hiciera todo manualmente. Y, al mismo tiempo, el producto le pide que confíe, que cambie su forma de navegar y que pague una cuota mensual.

Cuando miras el precio, la respuesta cambia según el perfil de usuario. Para un “power user” que pasa el día investigando a fondo, comparando muchas fuentes, generando informes y construyendo pequeñas herramientas, Neon puede empezar a tener sentido. El sistema de Tasks, que crea espacios de trabajo donde varias pestañas comparten contexto, se vuelve especialmente útil. Poder decirle al navegador “compara estos tres productos que tengo abiertos” sin copiar y pegar nada se siente como auténtica magia cuando sale bien.

Para un usuario normal que solo quiere navegar, leer noticias, ver vídeos, hacer alguna compra puntual y poco más, Neon hoy no aporta una ventaja clara sobre otros navegadores gratuitos, incluido casi seguro el que ya usa. Los fallos de los agentes, el coste mensual y la necesidad de aprender una forma nueva de navegar pesan más que las chispas de genialidad que ofrece.

Más allá de lo que aporta hoy, Neon abre una pregunta económica interesante: ¿quién se quedará con el valor de la automatización agéntica en los navegadores? Hay varios caminos posibles. Uno, que se lo lleven las grandes empresas de IA a través de suscripciones a modelos avanzados. Otro, que lo capturen quienes controlan la distribución —como Apple con iOS o Google con Android y Chrome— integrando agentes propios. Un tercero, que los modelos abiertos se vuelvan tan buenos que esta funcionalidad se convierta en una commodity copiable por casi cualquiera.

Opera intenta construir un foso defensivo basándose en tres elementos: su arquitectura híbrida local-nube, el sistema de Tasks y la idea de las Cards como habilidades personalizadas. Tras una semana usando Neon, la sensación del autor es que ese “moat” todavía no se percibe. Lo que hay es una buena implementación de ideas que otros podrían copiar sin un esfuerzo descomunal si ven claro el mercado.

La valoración provisional de Opera Neon es, a la vez, entusiasta y escéptica. Es un producto fascinante, frustrante y claramente prematuro. Se presenta como una visión del futuro del navegador, pero llega “con las costuras al aire” mientras ya cobra 20 dólares al mes por dejarte probar esa visión. Por ahora, no es recomendable para la mayoría de usuarios, salvo para entusiastas y early adopters que disfrutan probando cosas antes de que estén listas.

Con todo, hay un detalle que explica por qué resulta difícil abandonarlo: Neon no se limita a pegar IA en una barra lateral, intenta cambiar la naturaleza del navegador. Quiere pasar de ser una ventana pasiva a ser un agente activo que vive encima de tu vida digital y hace trabajo por ti. Aunque lo haga de forma torpe, cara y algo caótica, es un intento que merece ser observado de cerca.

Es bastante probable que el futuro de la web se parezca en algo a lo que propone este navegador, con agentes capaces de ejecutar tareas reales y no solo responder texto. La apuesta de Opera es llegar temprano, aunque eso signifique enseñar un producto a medio cocer. La intuición que deja una semana con Neon es que ese futuro llegará cuando estas herramientas funcionen mejor, cuesten menos y aterricen en un momento en el que los usuarios estén más preparados para ceder control. A día de hoy, todavía no estamos en ese punto de madurez, ni tecnológica ni emocional, para que Opera Neon sea el navegador que quieres usar todos los días.

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