Amazon ha aprovechado el CES 2026 para sacar pecho de su última adquisición en IA de consumo: Bee, un wearable en forma de pin o pulsera capaz de escuchar, transcribir y acompañar al usuario durante todo el día. Sin embargo, más allá del hardware, la decisión que realmente define el producto (y también la más polémica) ya está clara: Bee elimina el audio original una vez realizada la transcripción.
No se trata de un matiz técnico menor. Esa elección marca una frontera muy concreta entre lo que puede ser un asistente personal pensado para el día a día y lo que nunca llegará a ser: una herramienta robusta para entornos profesionales donde la verificación y la auditoría de lo dicho son obligatorias.
Amazon no llega tarde a la carrera de la IA. Lleva años colocando Alexa en millones de hogares y, con Alexa+, presume de poder ejecutar su asistente en el 97 % del hardware que ha distribuido. La compañía ya cuenta con alcance, micrófonos y una base de usuarios gigantesca, pero casi todo ese ecosistema vive dentro de casa.

Ahí es donde Bee encaja con precisión quirúrgica: un dispositivo diseñado para acompañarte fuera, en movimiento, en reuniones, en clase o en una visita médica. Cuando un asistente está contigo durante todo el día, el volumen y la calidad del contexto que puede capturar crecen de forma exponencial, y Amazon lo sabe bien.
Bee está pensado para grabar conversaciones (entrevistas, reuniones, clases) y convertirlas automáticamente en texto. La promesa es clara: escuchar, transcribir y resumir para que el usuario deje de tomar notas como hace una década. Pero el producto no se queda ahí.
Además de transcribir, Bee actúa como un compañero de IA con acceso a conocimiento general, capaz de contextualizar lo que ocurre a tu alrededor. El salto real llega cuando el usuario concede permisos adicionales: Bee puede combinar grabaciones con Gmail, Google Calendar, contactos del móvil o incluso Apple Health. Con esa información, el asistente aprende rutinas, relaciones y compromisos, y empieza a sugerir to-dos y seguimientos a lo largo del día.
También te puede interesar:IA Toma el Control de la Estación Espacial Internacional por Primera Vez en la HistoriaBee no se limita a archivar conversaciones. Construye un grafo de conocimiento personal, una especie de mapa interno que conecta lo que dices, lo que haces y lo que permites que el sistema vea. Quién eres, en qué estás trabajando, qué te preocupa y qué compromisos adquieres quedan reflejados en ese modelo.
La idea es que puedas chatear con Bee para entender qué ha pasado en tu vida reciente y cómo han evolucionado tus prioridades. El problema, claro, es el de siempre: cuanto más personal es el asistente, más delicada es la información que gestiona, incluso aunque se limite a texto y metadatos.
Aquí está la decisión clave. Bee descarta el audio original después de transcribir una conversación. El usuario conserva el texto, pero pierde la posibilidad de volver a escuchar el fragmento exacto para comprobar qué se dijo realmente.
Para el uso cotidiano, esta elección puede resultar tranquilizadora desde el punto de vista de la privacidad. Sin embargo, en muchos entornos profesionales supone un freno importante. En entrevistas sensibles, reuniones con implicaciones legales o escenarios de compliance, el audio es la fuente de verdad. Si la transcripción falla en un nombre, un número o un matiz, no hay respaldo al que acudir.
Con esto, Bee deja clara su posición: no quiere ser una grabadora profesional, sino una capa ligera de memoria y productividad personal.
Amazon ya intentó llevar Alexa a wearables como auriculares o gafas, sin demasiado éxito frente a productos como los AirPods o las Ray-Ban Meta con IA. La compra de Bee parece asumir esa realidad y optar por un atajo: incorporar un dispositivo que ya nace con la filosofía de “siempre contigo”.
Zollo describe la relación entre Bee y Alexa como la de “amigos complementarios”. Bee entiende el contexto fuera de casa; Alexa domina el interior. A largo plazo, Amazon no descarta una convergencia entre ambos, aunque por ahora Bee no se plantea como un simple reemplazo de Alexa.

Daniel Rausch, vicepresidente de Alexa, define la experiencia como “importante y adorable”, y destaca su carácter profundamente personal. La ambición es evidente: una IA continua, integrada en tu día, no un altavoz esperando una palabra clave desde la cocina.
Los casos de uso iniciales son bastante evidentes. Estudiantes grabando clases magistrales para poder concentrarse en entender, no en transcribir. Personas mayores que necesitan apoyo para recordar conversaciones y compromisos. Profesionales que viven hablando y no quieren pasar el día tomando notas.
Zollo lo resume con claridad: buscan un lugar donde tener resúmenes de todo lo que han dicho, organizados y accesibles.
Bee utiliza una combinación de modelos de IA, un enfoque de “mezcla de modelos” donde distintas tareas se reparten entre sistemas especializados. El equipo explora además integrar modelos de Amazon dentro de ese mix. Ya han anunciado funciones como notas de voz, plantillas e insights diarios, y trabajan con un equipo sorprendentemente pequeño: ocho personas en San Francisco.

La incógnita es si Amazon mantendrá el enfoque ligero y casi íntimo de Bee o si acabará absorbiéndolo como otro tentáculo de su ecosistema. Porque si la promesa es una IA personal y constante, borrar el audio no es un detalle técnico: es una declaración de intenciones.
Habrá que ver si Amazon consigue que Bee sea ese asistente que por fin te acompaña de verdad… sin que sientas que llevas una grabadora —o un problema— colgada encima.
Me dedico al SEO y la monetización con proyectos propios desde 2019. Un friki de las nuevas tecnologías desde que tengo uso de razón.
Estoy loco por la Inteligencia Artificial y la automatización.