¿Cuántas veces abriste un WhatsApp, un mail del trabajo o una cláusula de un contrato y, Terminaste preguntando “pero entonces, ¿qué hay que hacer?”? No es falta de interés. Es un mecanismo que se está volviendo rutina: leer rápido, entender a medias y buscar una versión más simple.
Cada vez leemos menos con verdadera comprensión, incluso en mensajes simples. Y, a la vez, delegamos esa lectura en herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT o Copilot, que prometen “resumirlo todo” en segundos.

Y al momento en que la IA se convierte en el filtro central de lo que entendemos, también moldea lo que esperamos del lenguaje. El resultado revela una preferencia creciente por textos cortos, fluidos y de vocabulario básico. Justo el tipo de redacción que las propias IAs suelen producir.
Ahora bien, la clave no es demonizar el resumen. Es entender qué interruptor toca en el cerebro cuando se vuelve la opción por defecto. Es como vivir en una casa donde alguien te apaga las luces de las habitaciones “para ahorrar” y solo te deja una lámpara en el pasillo. Caminás. No te caés. Pero empezás a olvidar qué había en cada cuarto.
En esa analogía doméstica, el texto completo es la casa. Los matices, los antecedentes y los detalles son los ambientes. Y el resumen es ese pasillo iluminado: te lleva de un punto a otro, pero no te deja ver lo que no entra en su recorrido.
Además, muchas veces el “cableado” de la información no está solo en el cuerpo del texto. Puede estar en una imagen que no se copió, en un anexo, en una conversación previa o en un hilo que la IA no tiene registrado. Entonces el resumen suena correcto, pero omite justo la respuesta que estabas buscando.
También te puede interesar:El Boom de la Inteligencia Artificial se Desinfla Mientras las Inversiones se DisparanEn la vida diaria, esta tendencia se nota en un fenómeno repetido: proliferan los intercambios para aclarar información que ya estaba escrita. Primero llega el mensaje. Después llega la pregunta. Luego, la explicación. Y esa explicación, a menudo, se vuelve una versión aún más reducida de la idea original.
Así se arma un engranaje silencioso. Cuanto menos se comprende al leer, más se pide una aclaración. Cuanto más se aclara, más se simplifica. Y cuanto más se simplifica, menos entrenamos la capacidad de sostener ideas complejas.
Porque algunas ideas no caben en una sola oración de sujeto y predicado. No por snobismo. Sino porque requieren contexto, ejemplos, límites y consecuencias para transformarse en conocimiento y no solo en “dato suelto”.
Entonces, ¿qué oportunidad concreta hay para el lector? Usar la IA como apoyo, no como reemplazo. Un resumen puede ser un mapa. Pero no debería ser el viaje completo.
Finalmente, el planteo toca un punto central: la IA se alimenta de lo que escriben y piensan las personas. Si el pensamiento se vuelve pobre y simplificado, los resultados de la IA también lo serán. Como una casa en la que, por costumbre, se deja de entrar a las habitaciones: con el tiempo, también se olvida para qué servían.
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Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.