Apple está preparando un salto gordo en CarPlay: abrir la puerta a chatbots avanzados como ChatGPT, Gemini o Claude directamente en la pantalla del coche, y la pregunta incómoda aparece sola casi sin pedir permiso: ¿qué pasa entonces con Siri? Esto no va solo de “meter IA” por postureo o por seguir la moda, sino de redefinir qué papel juega la voz dentro del ecosistema Apple cuando estás al volante.
Si CarPlay acaba integrando modelos de lenguaje de terceros, el coche deja de ser un simple “espejo” del iPhone y empieza a comportarse como un hub conversacional permanente en el salpicadero, algo mucho más ambicioso. Ese movimiento, inevitablemente, cambia el reparto de poder dentro del ecosistema: Siri ya no sería la voz principal, sino una opción más entre varias.
CarPlay, tal y como lo usamos hoy, es bastante predecible y funcional, pero también limitado en ambición. Sirve para mapas, música, llamadas, mensajes y alguna app compatible, siempre con una capa de seguridad extra pensada para no liarla mientras conduces.
Está diseñado para tareas “cerradas” y muy concretas: abrir Spotify, poner una ruta, leer un WhatsApp o dictar una respuesta corta. El problema aparece en cuanto pides algo mínimamente más humano, como entender por qué hay un atasco, encontrar una gasolinera barata sin desviarte demasiado o resumir los puntos clave de una reunión en medio minuto. Ahí el sistema simplemente se queda corto.

Es justo en ese punto donde un LLM se come el menú completo, porque hablamos de chatbots capaces de mantener contexto, encadenar peticiones y responder con un lenguaje natural de verdad, no con comandos sueltos. El salto es claro: pasas de hablarle al coche como a un robot a hablarle como a alguien que entiende lo que quieres sin que tengas que explicarlo tres veces.
La gracia no está en que el coche te cuente chistes mientras conduces, sino en algo mucho más práctico. El verdadero valor está en convertir la voz en una interfaz potente para microdecisiones constantes: tiempos, rutas, mensajes, calendario, recordatorios y dudas rápidas que ahora resolvemos mirando el móvil (mal) o peleándonos con menús infinitos (peor).
A eso se suma un detalle clave: estos modelos son especialmente buenos interpretando intención. “Llévame a casa” no siempre significa lo mismo, porque quizá quieres evitar peajes, quizá tienes prisa o quizá necesitas pasar antes por el súper. Un chatbot con buen contexto podría hacer una sola pregunta clave (“¿rápido o barato?”) y ajustar todo lo demás sin fricción.
Ahora bien, también hay un lado delicado que no se puede ignorar. En un coche, la latencia y la precisión importan más que en el sofá de casa. Una respuesta brillante que llega tarde o te distrae es peor que una respuesta mediocre que llega al instante, y ese equilibrio es crítico cuando hablamos de conducción.
Todo esto encaja con una tendencia que ya está sobre la mesa: el coche moderno es un dispositivo conectado con ruedas. La pantalla central se ha convertido en el lugar donde vive todo: navegación, climatización, música, comunicaciones, asistentes y, cada vez más, servicios en la nube.
El salpicadero ya no es “radio + GPS”, sino un sistema operativo con apps, cuentas y suscripciones. Históricamente, muchas marcas han querido controlar ese espacio como si fuera su jardín vallado, porque ceder la interfaz implica ceder datos, relación con el usuario y, a la larga, parte del negocio.

Incluso compañías tradicionalmente reacias a plataformas externas —sí, estamos pensando en Tesla— han empujado la idea de que el software es el producto. Y si el software es el producto, el asistente de voz y la IA se convierten en la cara visible del coche.
Aquí aparece el giro editorial más interesante de todo el asunto. Si Apple permite que CarPlay se apoye en ChatGPT, Gemini o Claude, está admitiendo implícitamente que Siri no alcanza el nuevo estándar de conversación. No es solo “otra opción”, sino el reconocimiento de que el listón ha subido y que los LLM actuales juegan en otra liga.
Eso sí, Apple no suele hacer movimientos que diluyan su control de plataforma sin una razón de peso. Lo más probable es una estrategia híbrida: Siri como capa nativa para funciones del sistema y chatbots externos como motor de lenguaje y razonamiento avanzado.
A esto se suma el factor privacidad, que Apple vende casi como religión. Integrar un chatbot en el coche implica decidir dónde corre la inferencia, qué datos se guardan y cómo se anonimiza información extremadamente sensible como rutas, contactos o hábitos. El coche, al final, es uno de los entornos con datos más delicados que existen: dónde vas, cuándo, con quién y con qué frecuencia.
Si este movimiento se materializa, no estamos hablando de una feature aislada o anecdótica. Sería el paso hacia un uso continuo de grandes modelos de lenguaje durante la conducción, integrado en el día a día y no como una simple demo tecnológica.
Eso abre debates que no son menores: qué pasa con errores de interpretación, cómo se limita la verbosidad para no distraer y qué nivel de autonomía real se le da al asistente. En carretera no hay margen para un “alucinó” típico de chatbot, y la IA en el coche tiene que ser útil, rápida y predecible, aunque eso implique recortar creatividad y poner barandillas por todas partes.
Si Apple realmente da este paso en CarPlay, veremos una batalla curiosa: no por quién tiene más apps, sino por quién ofrece la mejor conversación en el lugar donde menos te puedes permitir distracciones. Tocará esperar para ver si Siri se pone las pilas… o si directamente empieza a compartir asiento con asistentes mejores.
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