Hay una pregunta que hoy se repite mucho en Silicon Valley: si en 2011 Marc Andreessen dijo que “el software se está comiendo el mundo”, ¿ahora la inteligencia artificial se está comiendo al software? El hallazgo, más que una sentencia de muerte, revela un cambio de mecanismo.
Andreessen no es un observador cualquiera. En 1993 creó el navegador Mosaic en el NCSA de la Universidad de Illinois, el “interruptor” que volvió la web amigable con mouse e imágenes. Luego fundó Netscape con Jim Clark y, desde 2005, invierte a través de Andreessen Horowitz. Su olfato para detectar cambios de era es parte del cableado de Internet.
Y, sin embargo, el motor del giro actual no nació con ChatGPT (lanzado en noviembre de 2022). Ya en 2021, GitHub Copilot mostró que una IA podía escribir código y acelerar el trabajo. Ahí se encendió una oportunidad: si la máquina propone, la persona elige.
Después llegó el “vibe coding” (programar por aproximación), un estilo más informal donde se prueba, se ajusta y se avanza con ayuda de IA. Su impulsor, Andrej Karpathy, incluso propone renombrarlo como “ingeniería agéntica” (trabajo con agentes que toman iniciativa). El concepto cambió el clima: más gente se anima a construir.
La analogía más útil es doméstica: la IA no es una casa terminada, es una caja de herramientas que aparece en el garage. No te entrega una cocina perfecta. Te trae taladro, nivel y manuales rápidos. Podés hacer arreglos chicos hoy mismo, pero si tocás la instalación eléctrica sin saber, el riesgo es real.
Eso explica el auge de las “microaplicaciones a medida”: pequeñas apps hechas para un problema específico, en lugar de comprar un producto estándar. Para una pyme, puede ser un tablero simple de ventas. Para un equipo, un flujo automático de reportes. Para una persona, una modificación de una herramienta de código abierto para que funcione “a su gusto”.
Ahora bien, este engranaje choca con el viejo modelo SaaS (software como servicio, pago por suscripción). Durante años, el SaaS pasó de vender licencias a alquilar acceso en la nube. Y muchas plataformas, con posición dominante, endurecieron contratos y subieron precios. Salesforce, por ejemplo, aumentó sus tarifas alrededor de un 35% en dos años. Broadcom llegó a imponer en Europa subas de hasta un 1.500% en licencias de VMware tras comprar la compañía.
En ese caldo de cultivo aparece el relato del “SaaSpocalypse”: en una sola semana, empresas de software cotizadas perdieron en conjunto unos 300.000 millones de dólares de capitalización. MongoDB, Salesforce, Shopify o Atlassian llegaron a caer entre 15% y 20% en pocas horas. La caída se frenó después, pero la señal quedó.

Para muchos clientes, la IA funciona como la “llave de la celda”: no solo promete eficiencia, también promete independencia. Si una empresa puede construir una alternativa interna —aunque sea parcial— deja de estar atada a un proveedor que percibe como carcelero.
Pero la clave es el control. Construir software propio con IA implica riesgos. Hoy se considera inaceptable poner en producción (uso real, con usuarios) sistemas escritos casi por completo por modelos sin revisión humana exhaustiva. El output (resultado) puede ser útil, sí, pero no es garantía de seguridad ni de mantenimiento.
Steven Sinofsky, exdirectivo de Microsoft, sostiene que no estamos ante el fin del software, sino ante una expansión. Recuerda que el PC no mató al mainframe: convivieron. El comercio electrónico no eliminó la tienda física: la reorganizó. Con la IA, la apuesta es similar: habrá más software, porque todavía sobran procesos manuales sin automatizar.
El rol humano también se mueve. La IA automatiza tareas repetitivas, pero el valor del desarrollador se desplaza a diseñar, integrar, auditar y validar. Como Excel no eliminó a los contables, sino que los empujó a ser analistas, la IA empuja a los programadores a ser arquitectos y garantes de calidad.
Quizás el futuro no sea “menos software”, sino un software más parecido a una casa viva: con nuevas habitaciones, más llaves y más responsabilidad para quien decide dónde pasar los cables.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.