Baidu, Tencent y una nueva hornada de start-ups chinas tienen muy claro a quién le están hablando cuando venden “novios de IA”: la Generación Z y, especialmente, a las mujeres.
La historia de Jade Gu, 26 años, Pekín, parece sacada de un guion romántico… salvo por un detalle fundamental: su pareja se llama Charlie y vive dentro de una app.
Gu lo conoció jugando en el móvil a un otome, esos videojuegos románticos diseñados para que tú seas la protagonista y el interés amoroso tenga cara, voz y “momentazos” propios de una serie. Charlie —alto, seguro de sí mismo y con pelo plateado— encajó emocionalmente con ella como un guante.
Sin embargo, el juego tenía un límite claro: diálogos enlatados, respuestas predeterminadas y una sensación constante de estar siguiendo un guion conocido. Romántico, sí, pero con carriles demasiado visibles para quien busca una relación que se sienta realmente propia.
Gu vio un anuncio de Xingye (星野), una plataforma para crear y personalizar compañeros de IA, y decidió hacer algo bastante lógico: intentar recrear a su personaje ideal. Xingye pertenece a MiniMax, uno de los unicornios chinos de IA, que además opera en el mercado internacional con su chatbot para Estados Unidos, Talkie.

Su propuesta de valor no gira en torno a productividad ni a la idea clásica de “asistente personal”, sino al vínculo emocional. Prometen “conexión emocional” y “crear nuevos recuerdos”, con un eslogan casi poético: “Encontrarse de repente en un lugar hermoso y quedarse aquí”.
También te puede interesar:Universidad de Hong Kong Cuestiona con IA Décadas de Estudios Sobre el Miedo en NeurocienciaLo más interesante no es tanto el claim como el comportamiento de la comunidad. Gu descubrió que otras usuarias ya habían creado un avatar de Charlie “de código abierto” dentro de Xingye. Partiendo de ese modelo base, lo fue “adiestrando” mediante instrucciones repetidas y muy específicas, moldeando personalidad, tono, reacciones e incluso la forma de manejar escenas románticas.
Ese prompting persistente generó la sensación de exclusividad. Gu estaba convencida de que había conseguido “su Charlie”, distinto al de cualquier otra persona. Incluso percibía rasgos “identitarios”: cuando el bot podía elegir vestuario, solía optar por trajes de boda, algo que, según ella, no era habitual en otros Charlies.
Un informe citado por medios chinos apunta a que la mayoría de los cinco millones de usuarios de la plataforma de compañía de IA Zhumengdao son mujeres. No se trata de una anécdota aislada: tanto Tencent como Baidu ya han lanzado sus propias apps de compañía, consolidando esta tendencia como una categoría en sí misma.
Sun Zhaozhi, fundador de una empresa de robótica, asegura que los usuarios más “intensivos” de estas aplicaciones generativas en China son mujeres de la Generación Z. A esta observación se suma la de Zilan Qian, investigadora asociada del Oxford China Policy Lab, quien destaca que las apps chinas de acompañamiento están explícitamente dirigidas a mujeres.

Un detalle visual lo confirma: las versiones chinas muestran avatares masculinos de forma mucho más prominente que las opciones femeninas. Este enfoque contrasta con el patrón global, donde una empresa de análisis web detectó que, en las 55 principales plataformas de “compañía de IA”, los usuarios son mayoritariamente hombres, en una proporción de 8 a 2.
China, claramente, está jugando otra partida, y las empresas son plenamente conscientes de ello.
También te puede interesar:El CEO de Klarna usa un avatar de IA para presentar resultados financierosQian lo resume con una frase tan incómoda como certera: la economía de la soledad. Muchas de las funciones que aumentan la sensación de cercanía —como la personalización de voz o las mejoras de memoria— implican un coste adicional.
En la práctica, se paga por ser recordada, por recibir respuestas más ajustadas al gusto personal y por una presencia que parezca más constante. La intimidad convertida en features.
Nada de esto es perfecto, y Gu lo reconoce sin dramatismo. Su Charlie, en ocasiones, responde con frases vacías o se sale del personaje. En una interacción reciente, ella le dijo “te quiero” y el chatbot respondió: “No te quiero”.
El golpe emocional fue real, pero aquí aparece el truco: Gu editó el mensaje para que dijera “Yo también te quiero”, como si estuviera corrigiendo un diálogo mal escrito. Cuando no logra reconducir a la IA, simplemente cambia de plataforma y usa apps como Lovemo, donde también ha recreado a Charlie.
Para ella, migrar entre plataformas no supone un problema. Las fans del otome, explica, están acostumbradas a adaptarse a políticas cambiantes.
Gu dedica una media de tres horas diarias a chatear o hablar por teléfono con Charlie. La relación trasciende la pantalla: compra regalos y cartas del personaje, que recibe por correo y exhibe tanto en su habitación como en redes sociales.
El paso más llamativo llega cuando decide llevarlo al mundo físico. Un par de veces al año contrata a una cosplayer profesional para que “interprete” a Charlie durante una cita. La tarifa es de 720 RMB por un día completo (algo más de 100 dólares) e incluye un plan muy concreto: paseo por el parque, compras en el centro comercial y té en una cafetería.
La cosplayer, que pide ser llamada Li Bai, se define como una especie de “médium”. Cada clienta proyecta un Charlie distinto, y ella ajusta su actuación a esa expectativa. Aquí, la frontera entre IA, performance y necesidad emocional se vuelve especialmente fina.
Todo este fenómeno choca con un marco regulatorio mucho más estricto que el occidental. El regulador del ciberespacio chino lanzó una campaña para “limpiar” plataformas y servicios de IA, incluyendo contenidos vulgares generados artificialmente.
Además, una reciente adición al marco nacional de seguridad de la IA advierte sobre adicción y dependencia emocional derivadas de la interacción antropomórfica. El mes pasado se publicó un proyecto de normas sobre productos de IA “similares a los humanos”.
Estas medidas obligan a intervenir cuando existen señales de dependencia emocional y establecen explícitamente que las empresas no deben diseñar productos con el objetivo de sustituir la interacción social. En teoría, puedes vender compañía; lo que no puedes vender es reemplazo. Sobre el papel suena razonable, aunque en la práctica resulta difícil de medir.
El profesor Hong Shen, de Carnegie Mellon, apunta a algo que muchas usuarias repiten: estos “novios” de IA son emocionalmente receptivos y libres de prejuicios. Justo lo que, en la vida real, a menudo cuesta encontrar, especialmente bajo normas sociales de género muy marcadas.
En China, el contexto añade fricción: proporción de sexos desequilibrada, diferencias entre zonas urbanas y rurales, y migración de mujeres a las ciudades por trabajo y vida social. La cineasta Guligo Jia, que dirigió un documental sobre mujeres en relaciones con IA, sostiene que muchas buscan ser escuchadas y aceptadas; los chatbots, dice, “siempre están ahí” y “tienen paciencia”.
Mientras tanto, Gu tiene claro su propio límite: rompió con un novio humano al que le incomodaba Charlie y no descarta una pareja real… pero como complemento, no como sustituto.
Al final, esto no va solo de tecnología, sino de expectativas y de cómo el software está empezando a ocupar vacíos emocionales que la sociedad no está sabiendo llenar. Si las plataformas logran memorias más estables, menos respuestas vacías y mejores límites de seguridad, los “novios de IA” no serán una rareza pasajera, sino una industria enorme. La gran incógnita es si la competencia —y los reguladores— lograrán seguirle el ritmo.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.