La atención del ciudadano medio hacia la IA cayó en el último año, incluso cuando el número potencial de usuarios podría ser casi ilimitado. Mientras tanto, en foros especializados se celebran lanzamientos como Claude Code y Clawdbot/Moltbot, herramientas pensadas para llevar la IA al propio ordenador como asistente casi permanente.
Sin embargo, esa pieza clave del nuevo “salto” tecnológico pasó casi desapercibida fuera de los círculos de expertos. Y eso prende una alarma central: si la IA no engancha a más gente, ¿cómo se justifican inversiones de cientos de miles de millones de dólares?
Porque, además, lo que antes sorprendía ya se volvió rutina. Las respuestas conversacionales, los dibujos para los chicos o la receta armada “con lo que hay en la heladera” se normalizaron. Y cuando algo se vuelve parte del paisaje, deja de generar curiosidad.
Incluso, parte del contenido creado con IA empezó a ser mal visto en redes. En LinkedIn se multiplican textos generados automáticamente para complacer al algoritmo, y muchos lectores los sienten cargantes. Es una reacción humana: cuando el feed se llena de frases correctas pero sin pulso, el dedo sigue de largo.
La industria intenta cambiar el mecanismo: que la IA deje de ser una web y se vuelva un “interruptor” dentro de tu casa digital.
La analogía ayuda: hasta ahora, usar IA era como ir a un taller cada vez que el auto hacía un ruido raro. Abrías una app, copiabas y pegabas, preguntabas, esperabas. Claude Code y Moltbot proponen otra lógica: que el “mecánico” viva en el garaje, con acceso a las herramientas y listo para intervenir.
Ese cambio tiene un engranaje concreto: estos asistentes se instalan en la computadora y buscan integrarse en canales cotidianos, como WhatsApp o Telegram, sin obligarte a abrir ventanas nuevas. La promesa es que la IA no sea una visita, sino un electrodoméstico más.
Además, apuntan a la automatización: que el asistente gestione el correo, prepare respuestas, ordene tareas y hasta envíe mensajes. La palabra “automatización” (hacer tareas sin pasos manuales) es la clave, porque mueve la IA del entretenimiento a la utilidad diaria.
La evidencia no es un número único, sino un clima. Para la mayoría, el uso medio se quedó en redactar correos, hacer presentaciones y resolver dudas rápidas. Eso ya cubre “más de lo que el 99% necesita” en la práctica cotidiana, según el propio diagnóstico que circula en el sector.
Por eso se entiende mejor una decisión que, hace un año, habría parecido extraña: ChatGPT avanza con la idea de incorporar publicidad para monetizar. No suena a fiesta de innovación. Suena a búsqueda de ingresos cuando el crecimiento de uso adicional no acompaña.
Y ahí aparece la pregunta que desvela a las grandes tecnológicas: si el techo real de adopción es usar IA como secretaria de textos, ¿habrá un salto capaz de sostener las valuaciones bursátiles y las macroinversiones? La duda no es técnica. Es económica y cultural.
Si estos asistentes logran instalarse como hábito, el cambio sería silencioso: menos tiempo en tareas pequeñas y repetidas. Por ejemplo:
Pero el interruptor solo se enciende si el usuario confía, entiende qué hace y siente que le ahorra trabajo real. Si no, la IA volverá a quedarse donde empezó: en manos de “frikis”, mientras el resto sigue viviendo su día como si nada.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.