¿Te imaginás abrir el correo un lunes, ver una lista de tareas y sentir que, de a poco, alguien más empieza a hacerlas por vos? No es ciencia ficción. Es una incomodidad cotidiana que se cuela en oficinas, estudios y comercios cuando la inteligencia artificial se vuelve el nuevo “compañero” silencioso.
Ese cambio ya tiene una lectura fuerte: el arquitecto de software y divulgador en IA Plácido Domenech sostiene que, en un plazo de 10 a 20 años, llegará “el fin del trabajo” tal y como se lo conoce. Su hallazgo central no es un gadget, sino un mecanismo social: la IA empujaría a los gobiernos hacia una renta básica universal.
Domenech lo resume con una frase que funciona como alarma y como pronóstico: “La IA creará la renta básica universal, porque el impacto en el trabajo creará un problema social: les darán dinero para que vivan tranquilos y se callen”. Y pone el foco en una pieza clave: primero caerían empleos de “cuello blanco”, ligados al mundo digital y al conocimiento.
Luego, advierte, la robótica también tocará los trabajos manuales. Hoy un robot necesita supervisión humana, pero cuando tenga suficientes datos trabajará de forma autónoma. Ahí, señala, el engranaje se acelera.
Para traducir esa idea a algo doméstico, sirve pensar la economía como una casa con cableado viejo. Durante décadas, el trabajo fue la “llave térmica” central: el interruptor que ordenaba ingresos, horarios, identidad y futuro. La IA, en cambio, llega como un sistema eléctrico nuevo que hace más cosas con menos personas, y encima lo hace sin cansarse.
En ese hogar, los algoritmos (recetas que toman decisiones) empiezan a ocuparse de tareas repetitivas y también de tareas “de oficina” que antes parecían intocables. Redactar, resumir, clasificar, responder, comparar, planificar. No se trata de magia: se trata de velocidad y escala.
También te puede interesar:OpenAI Presenta un Agente para Investigación ProfundaY cuando entra la robótica, la analogía cambia de cables a caños. Al principio, el agua sale mejor si alguien regula la canilla. Pero si el sistema acumula datos, aprende patrones y se ajusta solo. Domenech plantea que ese punto de autonomía llega cuando el robot tiene suficiente experiencia registrada como para operar sin la mano humana al lado.
El interruptor social, en esa lectura, sería simple: si el trabajo deja de ser el canal principal para distribuir ingresos, el Estado buscará otro.
Domenech sostiene que la destrucción de empleo puede generar una tensión social sin precedentes. Y que, frente a millones de personas sin trabajo, las alternativas se vuelven pocas y ásperas: o una renta que garantice una vida digna, o un conflicto social de gran escala.
Además, señala que en Europa y Estados Unidos ya existen ayudas sociales que, para él, apuntan en esa dirección. No habla de una conspiración. Habla de una salida práctica que los gobiernos ya barajan cuando el sistema cruje.
Pero acá aparece la parte incómoda del diagnóstico: Domenech aclara que no es partidario de la renta básica universal. La llama “una trampa”. Su argumento no discute solo números, discute sentido.

Según su mirada, el debate se arma de forma manipuladora, como si hubiera dos opciones únicas: aceptar la renta o aceptar que parte de la población pase hambre. Ese encuadre, advierte, evita la pregunta de fondo sobre el propósito del ser humano en un mundo donde la inteligencia ya no es un factor diferencial.
También te puede interesar:¿La IA nos Hace Más tontos?: El MIT Revela el Impacto Oculto de la IA en el Aprendizaje“El problema no es la IA, somos nosotros”, subraya. Y advierte que depender del futuro en forma de una paga mensual puede erosionar el sentido vital, empujar problemas de salud mental y fomentar una sociedad conformista. Es decir: una calma comprada que apaga preguntas.
La oportunidad, entonces, no estaría solo en repartir dinero, sino en rediseñar el modelo. Domenech defiende una transformación más profunda: empresas e individuos deberán adaptarse y redefinir su papel frente a sistemas más inteligentes, como quien reorganiza una casa entera y no solo cambia una lámpara.
La IA promete avances reales, pero también obliga a decidir qué se enciende y qué se apaga cuando el trabajo deja de ser el centro. Y esa decisión, sugiere esta visión, va a marcar mucho más que la próxima década.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.