A partir de un informe del World Economic Forum (WEF), se supo que la inteligencia artificial está acelerando una transición en la que lo técnico ya no alcanza por sí solo. El WEF agrupa lo más demandado como New Economy Skills (habilidades de la nueva economía), divididas en tres engranajes: digitales, verdes y human-centric (centradas en lo humano).
Y aquí está la revelación central. Hacia 2030, la IA y las tecnologías digitales reemplazarán tareas en todos los tipos de empleo, incluso en puestos antes considerados “seguros” por su componente humano. A medida que las máquinas se quedan con lo repetible, las personas quedan a cargo de lo que no viene con manual: criterio, interacción y lectura del contexto.

Pero hay un problema de cableado: solo alrededor de la mitad de los empleadores, a nivel global, considera que su personal es “proficient” (competente) en habilidades human-centric básicas. Además, curiosidad y aprendizaje a lo largo de la vida aparecen como dos áreas de menor dominio en todas las regiones, justo cuando el mercado pide aprender y reaprender.
En otras palabras: las empresas las buscan, pero todavía no tienen un mecanismo confiable para reconocerlas y entrenarlas.
La analogía doméstica ayuda a verlo. La IA es como ese electrodoméstico que se lleva lo repetitivo: lava, seca, ordena ciclos. Es eficiente. Pero cuando se corta la luz o aparece una pérdida de agua, no alcanza con apretar un botón. Alguien tiene que escuchar ruidos, interpretar señales, hablar con el vecino, decidir qué hacer primero. Las habilidades human-centric son el interruptor fino que se activa cuando la situación no está “estandarizada”.
Por eso el WEF anticipa un aumento marcado en creatividad, resiliencia, flexibilidad, liderazgo e influencia social. Entre 2020 y 2025, las ofertas laborales empezaron a mencionar con más frecuencia estas capacidades, como si el mercado estuviera subrayando la misma oportunidad una y otra vez.

Sin embargo, medirlas es más difícil que medir una habilidad técnica. “Buena comunicación” no significa lo mismo en un hospital, en una startup o en una escuela, ni en distintos países. A eso se suma un obstáculo casi político: faltan marcos compartidos. El informe describe cómo términos como resiliencia, adaptabilidad y perseverancia se usan de forma solapada, lo que vuelve frágil la comparación y la credencialización.
El resultado es conocido: se las sigue etiquetando como “soft skills”, una categoría que las devalúa y abre la puerta a evaluaciones con sesgos y baja confianza.
El WEF propone ordenar el debate con tres verbos: desarrollar, evaluar y credencializar. Y recomienda salir del voluntarismo. Evaluar con herramientas diversas para “ver a la persona completa”, y usar tareas auténticas donde la habilidad se observe en acción, no solo en un resultado final.
En la práctica, eso se traduce en simulaciones, role-plays (juegos de rol), proyectos con rúbricas claras (criterios explícitos) y portafolios con evidencias concretas. Incluso sugiere seguir el proceso de pensamiento, no únicamente la respuesta.
La tecnología también puede ser un amplificador. El informe destaca feedback (devolución inmediata) en role-plays y entornos de VR/AR (realidad virtual y aumentada) para practicar conversaciones difíciles, negociación o decisiones bajo presión. Pero advierte un riesgo: una sobredependencia puede externalizar el pensamiento complejo y la regulación emocional, como si el GPS manejara el auto por vos.
El cuello de botella aparece temprano. PISA 2022 mostró que menos de la mitad de los estudiantes alcanzó desempeño alto en pensamiento creativo, en tareas como proponer ideas originales, hacer preguntas de clarificación o revisar y mejorar trabajos. Y en docentes, la SSES 2023 señala que solo el 40% recibió formación para incorporar aprendizaje socioemocional, y apenas el 30% tuvo entrenamiento específico para implementarlo bien.
La clave, entonces, no es repetir que la empatía importa. Es diseñar situaciones concretas para practicarla, observarla y respaldarla con evidencias portables: portafolios, proyectos, evaluaciones por pares y credenciales verificables (certificados con validación), incluso con apoyo de blockchain (registro digital trazable) cuando haga falta transparencia.
Si la IA se queda con lo rutinario, el trabajo humano se parece cada vez más a arreglar una casa habitada: escuchar, decidir, negociar, sostener. Y ese mecanismo —bien entrenado y bien evaluado— puede convertirse en la central de una carrera más resistente.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.