¿Te acostumbraste a que la IA te complete un mail, te resuma un informe o te ordene ideas en segundos? Funciona como una respuesta inmediata. Pero hay un detalle que pocos miran: el día que no está, muchos descubren que el “músculo” mental no responde igual.
Ese es el hallazgo que pone sobre la mesa John Nosta, que analizó un “efecto rebote” asociado a la dependencia excesiva de la inteligencia artificial. El mecanismo es simple y preocupante: cuanto más se delega en la IA, peor rinde la persona cuando vuelve a trabajar sin ese apoyo.

La clave del análisis es una frase dura: sin IA, la habilidad puede caer incluso por debajo del nivel original previo. No se trata solo de que la herramienta falte. Se trata de que el usuario, sin darse cuenta, reconfigura su cableado de trabajo alrededor de ella.
Además, Nosta señala un engranaje psicológico: la IA puede inflar la confianza. Es ese efecto de creer que se entiende más de lo que realmente se sabe, porque el resultado final “sale” y queda prolijo. El problema no es el texto generado. El problema es el interruptor interno que deja de revisar, dudar y comprobar.
En escenarios delicados, esta combinación de dependencia y exceso de confianza puede ser especialmente peligrosa. La IA acelera la toma de decisiones. Pero, al mismo tiempo, reduce el criterio propio cuando algo se sale del guion y hay que improvisar.
Por eso, cada vez aparecen más análisis divulgativos que advierten sobre el costo real de un mal uso de la IA en campos como la medicina, el ingenio o la creatividad. No porque la tecnología “falle” siempre, sino porque la persona deja de entrenar los pasos que antes hacía sola: observar, contrastar, detectar un detalle raro.
También te puede interesar:Células, Espumas Viscosas e IA Profunda: Así Aprende la Materia en Paisajes ComplejosLa oportunidad, entonces, no es rechazar la herramienta. Es usarla como apoyo para investigación o descubrimiento, y no como reemplazo total del pensamiento. La IA puede ayudar a detectar aspectos mejorables en un trabajo o proceso, como un espejo que muestra manchas que uno no veía. Pero el que limpia, decide y verifica debería seguir siendo el usuario.
Nosta propone una “resistencia intencional”: usar la IA para aprender y comprobar, no para saltearse el proceso de pensar. La idea se parece al entrenamiento con peso. Si todo el día se evita el esfuerzo, el músculo se pierde. Si se introduce carga de forma consciente, el cuerpo se adapta.
Para el usuario medio, la regla práctica es sencilla: si la IA te hace más rápido, busca momentos sin IA para chequear si puedes hacer la tarea por tu cuenta. Redactar un primer borrador sin ayuda. Resolver un problema antes de preguntar. Armar un esquema propio y recién después pedir mejoras.
La verdadera amenaza no es que los modelos sean cada vez más inteligentes. Es que su comodidad, pieza a pieza, vaya mermando capacidades humanas básicas hasta que el deterioro se note cuando ya sea demasiado tarde.
Usada con criterio, la IA puede ser un buen copiloto. Pero conviene que el mapa mental siga en la guantera, por si un día el GPS se apaga.
También te puede interesar:Empresas pierden dinero con la IA generativa: OCDE y S&P Global explican qué falla
Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.