¿Qué ocurriría si la herramienta que hoy parece opcional se convierte mañana en el requisito básico para conservar un empleo? La duda ya no vive solo en las oficinas tecnológicas: también alcanza a fotógrafos, programadores, docentes y pequeños negocios.
Jon Hernández, exfotógrafo y divulgador de inteligencia artificial con más de 800.000 suscriptores en YouTube, tiene una respuesta directa. Vendió todas sus cámaras hace cerca de dos años al detectar que la IA transformaría su profesión, aunque su primer impulso no fue huir.
El hallazgo que guía su mirada es otro: el mayor riesgo laboral puede estar en quedarse fuera de la adopción de la IA. Hernández sostiene que esta tecnología debe entenderse como una ventaja competitiva, no como una amenaza que se evita cerrando los ojos.
“Hay que tener más miedo a perder el empleo por no usar IA que por usarla”, advierte Hernández.
Su razonamiento no apunta solo al trabajador que utiliza o no un chatbot. También mira a las empresas. Según explica, los despidos podrían concentrarse especialmente en las compañías que no encuentren una forma útil de aplicar estas herramientas a su trabajo cotidiano.
La IA como un coche con volante
La pieza clave ya no sería únicamente el modelo de IA, es decir, el sistema que procesa información y genera respuestas. Lo decisivo es su integración en las tareas diarias: que pueda organizar datos, revisar documentos o ejecutar pasos dentro de un ordenador.
Hernández lo compara con un coche de gran motor sin volante. Puede tener potencia, pero resulta poco útil si nadie logra dirigirla. La integración es el volante que convierte la capacidad de la IA en movimiento real.
Ahí entran los agentes, programas capaces de usar herramientas y realizar acciones con cierta autonomía. Para Hernández, este fue el gran interruptor de los últimos años: la IA dejó de limitarse a responder preguntas y empezó a intervenir en el engranaje del trabajo.
Entre enero y febrero, creó sus propios agentes con OpenClaw y dejó temporalmente de utilizar ChatGPT y Claude. Volvió a estas plataformas cuando incorporaron capacidades similares. Más tarde, aplicaciones como Claude Cowork y ChatGPT Work reforzaron esa idea al permitir que la IA manejara el ordenador del usuario.
Sin embargo, adoptar no significa entregar el control. Hernández propone una regla doméstica y fácil de recordar: no importa tanto si la tarea es complicada, sino qué pasa si la máquina se equivoca. Un error con la hora de un vuelo puede resolverse; una dosis incorrecta de medicamento exige revisar el prospecto.

La comparación con la imprenta ayuda a medir la oportunidad. Un estudio del economista Jeremiah Dittmar señala que, entre 1500 y 1600, las ciudades que adoptaron antes esa tecnología crecieron un 60% más rápido que las demás. Todas acabaron incorporándola, pero las primeras aprovecharon la ventaja.
Para jóvenes que eligieron programación u otras carreras pensando en un futuro estable, Hernández aconseja no quedar atrapados por el esfuerzo ya invertido. Y a quienes tienen 45, 60 años o más les pide no ignorar un cambio que, a su juicio, no dejará a nadie completamente al margen.
También ve una oportunidad práctica en la robótica. Ha reservado Neo, el robot doméstico de 1X, mediante un depósito de 200 dólares, y calcula que el “momento ChatGPT” de los robots podría llegar en 2027. Para 2028, estima precios de entre 25.000 y 30.000 dólares para equipos destinados al hogar.
La IA, sostiene, se parece cada vez más a la electricidad: no se debate si existirá en la casa, sino cómo se instalará y qué interruptores conviene mantener bajo supervisión humana. La oportunidad consiste en aprender a encenderla sin renunciar al propio criterio.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








