Alguna vez te enamoraste de un producto “inteligente” y, al poco tiempo, sentiste que pagaste por una promesa más que por una herramienta. Con la inteligencia artificial pasa algo parecido: deslumbra en demos, pero su impacto real en la vida diaria y en la economía todavía se siente desigual.
Ese contraste es el punto de partida del hallazgo que plantea la periodista Karen Hao en su libro “Empire of AI: Inside the reckless race for total domination” (“El Imperio de la IA: Sam Altman y su carrera por dominar el mundo”). Hao, especializada en empresas tecnológicas y con paso por The Wall Street Journal y el MIT, sostiene que grandes actores como OpenAI operan como nuevos imperios: concentran recursos, controlan el relato y levantan infraestructura física y social difícil de auditar.

Además, Hao lanza una alarma económica concreta: “Las empresas de IA no tienen plan de negocio o sustancia real para sostener su valor. Una caída bursátil tendrá efectos enormes para el mundo”. Su optimismo por la tecnología convive con una crítica frontal a cómo se construyó el poder alrededor de ella.
Hao subraya que su espíritu crítico nace de la convicción de que el mundo puede ser mejor y que, por eso, investiga y cuestiona a estas compañías.
Ahora bien, ¿dónde está el mecanismo que permite que el sistema sea tan difícil de entender? Según Hao, la pieza clave es la opacidad: las empresas hacen todo “extremadamente opaco” para que el público no comprenda cómo funcionan ni cómo entrenan sus modelos.
En otras palabras, el “cableado” queda detrás de una pared. Y cuando no se ve el cableado, también se vuelve más fácil vender una narrativa.

Para Hao, el paralelismo con los imperios no es un insulto literario. Es una descripción de engranajes concretos: recolección de datos de personas corrientes para entrenar sistemas, uso de propiedad intelectual de artistas y creadores, y una cadena de trabajo invisible donde se paga poco por tareas cruciales como el anotado (etiquetar datos) y el filtrado (limpiar contenidos) en el sur global.
Y ese impacto no termina cuando el modelo está listo. Según su lectura, la expansión de la IA también puede aumentar la inseguridad laboral y la precariedad, porque reordena puestos y presiona salarios en sectores enteros.
Hao y otros analistas temen una burbuja financiera: empresas de IA que se invierten entre sí y elevan sus valuaciones con un valor “vacío”. Su advertencia se apoya en una señal práctica: informes del año anterior muestran que, en decenas de compañías, la adopción de herramientas de IA generativa disminuyó porque no entregaba beneficios que justificaran el costo.

El mecanismo, aquí, es doble. Por un lado, se promete un “paraíso” tecnológico si se deja actuar sin límites. Por el otro, se instala la narrativa “ellos o nosotros”: si se regula, Occidente perderá frente a rivales “malignos”, una lógica que Hao vincula a viejas retóricas geopolíticas y que recuerda en figuras como Mark Zuckerberg al hablar de regulación y China.
La aplicación práctica para el lector no es técnica, es cívica. Si la IA es una nueva central, la pregunta cotidiana pasa a ser: ¿quién paga la factura de luz y agua, quién decide el cableado y con qué controles?
Hao insiste en que se puede construir un camino más humano y sostenible. Pero, como en cualquier casa, primero hay que abrir la puerta del tablero: sin transparencia, el interruptor puede encender, sí, pero también puede quemar el sistema cuando nadie está mirando.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.