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OpenAI presume de crecimiento, aunque lidia con un problema financiero muy grave

 | noviembre 28, 2025 21:00

OpenAI es, sobre el papel, la startup más valiosa del mundo. Por dentro vive una situación muy distinta: gasta cifras enormes, sus ingresos no despegan al mismo ritmo y Sam Altman necesita convencer a nuevos inversores de que la fiesta puede seguir.

La compañía que lanzó ChatGPT en 2022 y disparó la moda de los chatbots de IA, atraviesa ahora unos apuros financieros serios. Según las cifras citadas en los últimos informes, OpenAI sigue quemando dinero a una velocidad altísima mientras el negocio no crece lo suficiente para compensar. El problema no es solo cuánto pierde hoy, sino cuánto dice que necesita gastar en los próximos años.

ChatGPT Como Gurú de Finanzas Personales: la Promesa que Ilusiona y el Problema que Nadie Cuenta

Las proyecciones internas de Sam Altman hablan de unos 1,4 billones de euros de gasto en ocho años. Es una cantidad tan grande que cuesta imaginarla: 1.400.000.000.000. Esa cifra no viene de rumores anónimos, sino que el propio Altman la ha mencionado en público como el tamaño del proyecto que quiere levantar. Para llegar ahí, necesita inversores dispuestos a seguir poniendo dinero mientras la empresa todavía pierde miles de millones cada trimestre.

El negocio actual de OpenAI se apoya sobre todo en los chatbots de IA, un terreno donde ya no está tan sola. Cuando apareció ChatGPT, la barrera de entrada era relativamente baja y casi nadie tenía un producto similar listo. Ahora el escenario es distinto, y Altman lo reconoce en privado. Según fuentes internas, ha admitido que Google se está acercando de forma muy seria con Gemini 3.

Los números de uso apuntan en esa dirección. Las cifras citadas en el reportaje original hablan de unos 650.000 usuarios mensuales para Gemini y unos 800.000 usuarios semanales para ChatGPT. No son métricas idénticas, pero sí muestran algo claro: el espacio entre ambos se está reduciendo. Perder el liderazgo en el mercado que ellos mismos ayudaron a crear sería un problema grave para una empresa que se vende como la referencia mundial en IA.

Este pulso con Google llega, además, en el peor momento para equivocarse de apuesta. Si OpenAI ya no tiene la ventaja tecnológica nítida de 2022, convencer a los inversores de que vale medio billón de dólares se vuelve mucho más complicado. Y ahí entra la segunda parte del plan de Altman: diversificar, abrir más frentes y prometer negocios gigantescos en otros sectores muy distintos al chatbot de IA clásico.

El guion que plantea Altman pasa por tres vías: robótica, servicios de computación en la nube y un nuevo tipo de dispositivo personal de IA. La idea es que esos mercados, enormes por tamaño, justifiquen los 1,4 billones de euros de inversión proyectada. El problema es que todos ellos son mucho más difíciles que sacar un chatbot en la web, y OpenAI llega con desventaja en casi todos.

En robótica humanoide, por ejemplo, la carrera por el “robot mayordomo” ya está muy lanzada. Hay numerosas empresas intentando colocar en el hogar un humanoide capaz de hacer tareas básicas, cargar objetos o acompañar a personas mayores. El artículo original, citando a fuentes del sector, expresa dudas serias de que esos robots vayan a convertirse en un producto mainstream en los próximos años.

Para OpenAI la dificultad es doble. Por un lado, no tiene infraestructura industrial para fabricar robots propios. Montar fábricas, cadenas de suministro y logística requeriría un capital que ahora mismo no tiene disponible. Por otro, el mercado ya está lleno de competidores muy agresivos. En Estados Unidos se encontraría con Figure y con el propio Tesla de Elon Musk, que integran su propia IA en sus humanoides. En China, los nombres que pisan fuerte son Unitree y Deep Robotics, también con experiencia en hardware.

Por eso muchos analistas ven poco probable que OpenAI llegue a construir robots físicos. El escenario más realista sería otro: que se convierta en proveedora de cerebro digital para fabricantes que ya tienen plantas, trabajadores y experiencia. Es decir, que OpenAI ponga la IA y otros pongan el metal, los motores y las baterías. La entrada en ese negocio se considera complicada porque la fuerza de los actores ya presentes es enorme y la ventana de oportunidad para colarse se está cerrando.

Cómo OpenAI quiere pasar de chatbot a nube y robótica sin romper su propio modelo

El otro frente decisivo está en la computación en la nube. Conseguir potencia de cómputo es hoy uno de los principales problemas estructurales de OpenAI. Entrenar y mantener sus modelos exige miles de GPUs y centros de datos carísimos, y esa necesidad es el núcleo de los acuerdos milmillonarios con Microsoft, Amazon, NVIDIA o AMD. Esos socios no solo ponen dinero, también ponen máquinas y acceso a servidores que OpenAI por sí misma no podría pagar.

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La idea de Altman es que, a medio plazo, OpenAI monte su propio negocio de cloud computing. Sería una especie de “supernube” pensada para IA que otros clientes podrían contratar. En teoría, eso generaría ingresos estables y ayudaría a pagar la factura de computación de los modelos internos. El problema está en quiénes serían sus rivales: justo las mismas empresas que hoy necesita para sobrevivir.

Levantar un negocio de nube significa competir con Microsoft Azure, con Google Cloud y con Amazon Web Services. Esas tres compañías son gigantes con años de ventaja, cientos de miles de clientes y una infraestructura global que cuesta decenas de miles de millones. Y, al mismo tiempo, son socios y proveedores fundamentales de OpenAI. Si OpenAI intenta robarles clientes, lo hace mientras aún depende de ellos para entrenar sus propios modelos, lo que convierte este frente en una jugada delicada y llena de posibles tensiones.

En paralelo, el sector de dispositivos personales parece, sobre el papel, el ámbito donde OpenAI tiene un plan algo más definido. Aquí aparece la figura de Jony Ive, el histórico diseñador de Apple, aliado con Sam Altman para crear un aparato nuevo al que algunos han llamado “el iPhone de la IA”. La promesa es muy ambiciosa: un dispositivo tan distinto y tan centrado en la IA que haría que el smartphone actual quedase como “cosa del pasado”.

La realidad es bastante menos glamourosa. No se ha mostrado ni una sola imagen pública del dispositivo de Ive y OpenAI, y las filtraciones apuntan a que el desarrollo se ha retrasado. Nadie sabe con certeza qué forma tendrá, cómo se llevará encima o cuánto costará. Aquí aparece otra trampa: incluso si logran lanzarlo, todavía tendrían que convencer a millones de personas de que cambien su móvil por un gadget nuevo, caro y sin historial.

El precedente del Humane AI Pin es un recordatorio incómodo. Ese dispositivo se vendió también como una revolución de la IA portátil, pero el público no lo compró. Problemas de batería, de uso diario y de precio acabaron hundiendo el proyecto. Para OpenAI, el mensaje es claro: no basta con poner “IA” en un aparato para que la gente abandone el smartphone. Tendrá que demostrar, con hechos, que su propuesta es más cómoda, más útil y más barata en el día a día.

Por qué la valoración astronómica de OpenAI choca con unas pérdidas igual de enormes

Mientras diseña estas apuestas, OpenAI sigue viviendo del relato de crecimiento. En octubre cerró una venta de acciones internas que elevó su valoración hasta unos 500.000 millones de dólares, convirtiéndola en la startup más valiosa del planeta. Es una cifra astronómica si se compara con casi cualquier otra empresa joven. Y Muchos inversores parecen dispuestos a creer que el futuro de la IA pasa por apostar fuerte por Altman.

El choque llega cuando se miran los resultados más recientes. En el último trimestre analizado, OpenAI habría perdido unos 11.500 millones de dólares, según las estimaciones citadas en el reportaje del Wall Street Journal: “El coste de perseguir la AGI está empezando a asustar incluso al dinero más valiente”. Esa combinación de valoración gigantesca y pérdidas igualmente gigantescas es la parte que hace saltar las alarmas.

Los datos de gasto y uso proceden de documentos internos filtrados y de fuentes financieras contrastadas por el propio diario estadounidense, apoyados en conversaciones con empleados y con inversores cercanos a la compañía. No estamos ante números perfectos, pero sí ante una imagen bastante sólida del tamaño del problema: mucho gasto comprometido, ingresos todavía limitados y un calendario de inversión que se extiende durante casi una década.

Con todo, los grandes fondos y socios estratégicos han seguido respaldando a OpenAI hasta ahora. Los acuerdos con Microsoft, Amazon, NVIDIA o AMD muestran que, al menos por el momento, el mercado está dispuesto a seguir financiando esta apuesta masiva por la IA generativa. La gran duda que sobrevuela todo el relato es cuánto tiempo durará esa paciencia y qué pasará si los resultados comerciales no llegan al ritmo prometido.

Históricamente, las tecnológicas que alcanzan valoraciones tan altas suelen apoyarse en un producto dominante y muy rentable: el buscador de Google, el iPhone de Apple o la nube de Amazon. OpenAI, en cambio, todavía no tiene ese equivalente claro. ChatGPT es muy visible y ha cambiado hábitos, pero su modelo de ingresos no ha demostrado, por ahora, que pueda sostener por sí solo un gasto de 1,4 billones de euros.

Los próximos años van a jugarse en varios frentes a la vez. Si ves que los acuerdos de OpenAI con gigantes como Microsoft o Amazon se renuevan y crecen, será señal de que el capital sigue confiando. Si empiezan a aparecer alianzas fuertes en robótica con empresas como Tesla, Figure, Unitree o Deep Robotics, significará que la empresa ha encontrado hueco como cerebro de robots ajenos. Y si algún día se presenta, por fin, ese “iPhone de la IA” de Jony Ive, sabremos si el público está dispuesto a darle una oportunidad real.

Hasta que eso ocurra, OpenAI seguirá en esta posición incómoda: necesita recaudar una cantidad absurda de dinero para poder seguir perdiendo dinero mientras persigue un negocio de IA a escala planetaria. Tú, como usuario, vas a poder disfrutar de chatbots más potentes y servicios cada vez más integrados, pero la gran incógnita es quién pagará la factura y durante cuánto tiempo estarán dispuestos a hacerlo.

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