¿Te imaginas entrar a una tienda y que alguien te reciba sin apuro, te señale el pasillo correcto y hasta “lea” si estás perdido, pero sin ser un vendedor insistente? Esa escena, que suena cotidiana y rara a la vez, lleva más de una década probándose en el mundo real con un protagonista de 1,21 metros.
Ahora, Guinness World Records acaba de ponerle un sello a esa historia: Pepper, el robot de Softbank Robotics, fue acreditado como el primer robot humanoide fabricado en serie. El hallazgo no habla solo de un récord. Revela una pieza clave sobre cómo la robótica social se volvió “normal” en espacios donde la empatía importa.

Pepper se lanzó oficialmente el 5 de junio de 2014 y, desde entonces, se integró en comercios, escuelas y centros de atención social. Con su cabeza circular, grandes ojos negros y un diseño estilizado, fue concebido para sostener interacciones conversacionales naturales con personas, primero en Japón y luego de forma internacional.
Además, Softbank Robotics anunció Pepper+, una versión renovada que integra inteligencia artificial avanzada para ampliar funciones y ajustarse a necesidades actuales. Entre sus nuevas habilidades aparecen herramientas pensadas para comercios minoristas, gestión de llaves inteligentes para accesos en oficinas, funciones fotográficas y aplicaciones que interpretan canciones y bailes desde una conversación.
Para entender por qué este reconocimiento pesa, sirve mirar el mecanismo por dentro. Un robot humanoide es, en esencia, una máquina con forma de persona: cabeza, torso, brazos y piernas. Esa estructura es su “idioma corporal” y le permite gesticular, moverse y manipular objetos.
La clave está en el cableado invisible: sensores, motores y sistemas de inteligencia artificial, es decir, programas que ayudan a percibir y responder. Si el cuerpo es la carcasa, la IA funciona como un tablero eléctrico: enciende o apaga respuestas según lo que detecta, desde una cara hasta un tono de voz.
En el caso de Pepper, ese enfoque se usó sobre todo donde la comunicación es central: guiar en una tienda, acompañar rutinas en una residencia de ancianos o asistir en espacios educativos. Y esa repetición diaria, casi doméstica, fue construyendo confianza: ver un robot conversando dejó de ser una escena de ciencia ficción.
La actualización Pepper+ apunta a tareas concretas. En retail, suma habilidades específicas para atender mejor al visitante. En oficinas, incorpora gestión de llaves inteligentes, es decir, control de accesos mediante llaves digitales. Y también agrega cámara y funciones fotográficas, una pieza pensada para eventos, activaciones o asistencia en mostradores.
Otra novedad es más lúdica: aplicaciones que interpretan canciones y bailes a partir de conversaciones. No es solo entretenimiento. Es una forma de afinar el vínculo, porque muchas interacciones humanas empiezan con algo pequeño: una broma, una música, un gesto.

Este recorrido también tuvo un costado doméstico. En sus primeros años, Pepper pudo ser adquirido por particulares. Existió incluso un modelo de prueba para experimentar con aplicaciones propias, y alrededor del robot creció un ecosistema de accesorios, como ropa, eventos periódicos y participaciones en desfiles de moda.
En el fondo, el reconocimiento de Guinness funciona como una señal de época: cuando un robot se fabrica en serie, deja de ser un prototipo frágil y se convierte en una herramienta. Y cuando esa herramienta aprende a “habitar” escuelas, tiendas o residencias, la oportunidad ya no es solo tecnológica: es social.
Como una luz que antes parecía decorativa y hoy se usa todos los días, Pepper muestra que la robótica social avanza cuando logra algo simple: estar presente sin estorbar, y ayudar sin dejar de ser comprensible.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.