¿Alguna vez abriste una app y pensaste “esto lo hizo alguien, línea por línea”? Hoy esa intuición empieza a fallar. Aunque todavía se hable de sueldos astronómicos en Silicon Valley, el mecanismo que mueve el trabajo del software está cambiando de engranaje, y no siempre a favor del humano.
Hace ocho meses se hicieron públicos salarios que Google ofrece a expertos en inteligencia artificial, con remuneraciones que pueden acercarse a los 300.000 euros anuales para perfiles de élite. Pero ese hallazgo, llamativo y tentador, no describe al conjunto del sector tecnológico. En paralelo, el mercado recibe una ola de nuevos graduados en programación y desarrollo.

Y, además, aparece una pieza clave: Claude Code, una herramienta de codificación agéntica (IA que actúa por pasos), desarrollada por la empresa de IA Anthropic. Su impulsor dentro del equipo, Boris Cherny, no edulcora el escenario. Advierte que el impacto en el empleo “va a ser doloroso para mucha gente” y que se viene un momento convulso para los ingenieros de software.
“Va a ser doloroso para mucha gente”, advierte Cherny, y subraya que la destrucción de empleo es uno de los retos explícitos que ya están sobre la mesa.
Ahora bien, ¿qué tiene de especial este tipo de herramientas? La clave está en que ya no solo sugieren código. Un agente de IA (software que ejecuta tareas) puede interactuar con el entorno de trabajo del programador: ejecutar comandos, buscar en archivos y aplicar cambios de forma autónoma. Es decir, no se queda en “recomendar”. Empieza a “hacer”.
Cherny incluso proyecta que, hacia finales de este mismo año, el título de “ingeniero de software” tenderá a vaciarse de contenido y podría ser reemplazado por “constructor”. No es solo una cuestión de nombres: es un interruptor cultural sobre qué se valora como trabajo.
Por un lado, analistas como Michael Ryan y Brian Discroll señalan que el aumento de graduados en tecnología presiona a la baja los salarios. Es la ley de oferta y demanda en su forma más cruda: si hay más candidatos, muchas empresas ofrecen menos. Y no todas están contratando; las que lo hacen, son más selectivas y pagan por debajo de lo que se veía en años de expansión.
Por el otro, la automatización con IA está resolviendo problemas que antes requerían mucho tiempo humano. Cherny lo ejemplifica desde su propia rutina: reconoce que, desde noviembre del año pasado, no ha escrito ni una sola línea de código personalmente. La herramienta se volvió el engranaje central de su producción.
Sin embargo, Cherny también pone un freno: Claude Code aún tiene limitaciones. Todavía no es lo bastante fiable ni segura como para que el humano pueda “desentenderse por completo” del proceso. El foco actual, explica, está en mejorar fiabilidad y seguridad, dos palabras que en software significan algo simple: que haga lo que promete y no rompa lo que ya funciona.
La oportunidad, entonces, no es negar el cambio sino leerlo. Cherny defiende que investigar, aprender y dominar estas herramientas dará una ventaja competitiva. Y también propone diálogo entre empresas, trabajadores y reguladores para atravesar el tramo más áspero.
Porque, en la práctica, el nuevo “constructor” no solo escribirá. Tendrá que inspeccionar, pedir explicaciones, poner límites y decidir qué se despliega y qué no. Como en una casa cada vez más automatizada, alguien debe seguir entendiendo dónde está la térmica.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.