Sophia Space dice estar atacando tras levantar una ronda seed (financiación inicial) de 10 millones de dólares con inversores como Alpha Funds, KDDI Green Partners Fund y Unlock Venture Partners. El hallazgo, según su plan, no es un chip nuevo: es un mecanismo de refrigeración pasiva pensado para computadoras en el espacio.
Además, la compañía se apoya en un ecosistema que ya mira hacia arriba: empresas como SpaceX, Google o Starcloud evalúan constelaciones de “centros de datos orbitales”. Pero Sophia propone un interruptor de diseño distinto. Sus fundadores, Rob DeMillo (CEO), Leon Alkalai (CTO) y Brian Monnin (chief growth officer), apuestan por una arquitectura más fina, menos “cajón”.

Jensen Huang, CEO de Nvidia, lo resumió con una frase que funciona como regla de cocina: en el espacio “no hay flujo de aire”. Y eso cambia todo. Sin convección (transporte de calor por movimiento de aire), la disipación depende de conducción (pasar el calor por contacto) y radiación (emitirlo como energía).
La clave de Sophia nace de un programa de 100 millones de dólares en Caltech que buscaba plantas solares orbitales para enviar electricidad a la Tierra. Aquel proyecto terminó adoptando una estructura tipo “vela”: delgada, flexible, extendida. Aunque el uso energético masivo se trabó por desafíos técnicos y regulatorios, Alkalai vio otra oportunidad: usar esa “vela” como plataforma para alimentar y enfriar procesadores en órbita.
La analogía doméstica es simple: un satélite tradicional se parece a un horno con una rejilla grande. Tenés una caja caliente adentro y un radiador afuera intentando sacar el calor. En cambio, el enfoque de Sophia se parece más a una plancha de cocina pegada a una mesada fría: si el componente caliente está en contacto directo con un disipador, el calor encuentra una salida más corta y predecible.
Ese engranaje se materializa en sus módulos TILES, “racks” (bastidores) de servidores modulares con paneles solares integrados. Cada TILE mide cerca de 1 metro por 1 metro y tiene apenas unos centímetros de grosor. Ese formato delgado permite colocar los procesadores directamente contra un disipador de calor pasivo, sin sistemas de refrigeración activa (sin ventiladores ni bombas).
Ahora bien, un diseño así no vive solo de hardware. Exige un sistema de gestión de software sofisticado que distribuya y equilibre la carga de trabajo entre procesadores, como si fuera un tablero eléctrico que decide qué ambientes reciben energía para que ninguno “salte” por sobrecarga.
La empresa usará el capital para validar en tierra su enfoque y luego demostrarlo en órbita. Para eso planea comprar un satellite bus (plataforma base del satélite) a Apex Space y lanzar la demostración hacia finales de 2027 o principios de 2028.
DeMillo sostiene que este cableado energético puede cambiar la economía del cómputo orbital: el diseño permitiría destinar alrededor del 92% de la energía generada al procesamiento. En satélites más voluminosos, una porción mayor se va en sostener la temperatura y el “hotel” de la nave.
En el corto plazo, Sophia quiere vender TILES a operadores que necesitan computación a bordo, como satélites de observación de la Tierra. Allí se producen volúmenes enormes de datos de sensores y no siempre hay enlace suficiente para bajarlo todo rápido.
Según DeMillo, la “gran verdad incómoda” del sector es que muchos satélites generan terabytes o incluso petabytes cada pocos minutos, pero desechan gran parte. No porque no sea valioso, sino porque no hay potencia de cómputo en órbita ni “cañería” de comunicación para traerlo a tiempo.
También aparece una aplicación sensible: sistemas de alerta y seguimiento de misiles, donde el Pentágono invierte miles de millones y el tiempo útil de la información es un reloj que no perdona. Y, además, redes de comunicaciones cada vez más complejas que necesitan decisiones locales en el propio satélite.
De cara a la década de 2030, Sophia imagina centros de datos espaciales con miles de TILES, una estructura de unos 50 por 50 metros y cerca de 1 MW de potencia de cómputo. La apuesta es clara: si el calor se maneja con un disipador “pegado” desde el inicio, el espacio deja de ser un freezer engañoso y se vuelve, por fin, un lugar donde las computadoras pueden trabajar sin ahogarse.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.