¿Qué pasa cuando una empresa dice que no puede abrir un cajón, pero después aparece un inventario que demuestra que ya había revisado lo que había dentro? Esa es, en esencia, la grieta que acaba de abrirse en una de las peleas más sensibles de la inteligencia artificial.
The New York Times y The Daily News acusaron a OpenAI de ocultar pruebas en el juicio por copyright que llevan dos años impulsando. El hallazgo central es delicado: los medios sostienen que la firma dijo no tener capacidad para buscar contenido protegido en sus datos, pero una declaración judicial reveló que sí había hecho búsquedas internas.

Según el expediente, un ingeniero de privacidad de datos de OpenAI afirmó en abril que la empresa ya había rastreado su corpus de entrenamiento, el conjunto de datos usado para enseñar al modelo, para detectar material periodístico protegido. Además, esa pieza clave reveló la existencia de una base de unos 78 millones de conversaciones anonimizadas de ChatGPT.
La discusión no es menor. Los demandantes quieren saber si sus artículos fueron usados para entrenar a la IA y con qué frecuencia el sistema los reprodujo en respuestas a usuarios. OpenAI había argumentado que revisar conversaciones de usuarios era técnicamente complejo y que además podía poner en riesgo la privacidad. Sin embargo, los medios dicen que la empresa ya usaba internamente esa base de chats anonimizados para medir posibles infracciones.
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Los demandantes habían pedido primero una muestra de 120 millones de registros de chat. Luego la cifra se redujo a 20 millones. OpenAI entregó esa muestra en diciembre, pero con tantas partes censuradas que el tribunal la consideró inutilizable.
Además, The New York Times y The Daily News alegan que OpenAI eliminó miles de millones de respuestas de ChatGPT después de iniciado el proceso judicial, pese a una orden de preservación de pruebas. También sostienen que se sustituyeron millones de registros dentro de la muestra entregada.

En ese marco, el abogado principal de los demandantes fue categórico: si la compañía creyera que su conducta fue legal, no tendría motivo para esconder estas prácticas. OpenAI, por su parte, niega las acusaciones y asegura que el caso del Times se está debilitando.
La empresa también insiste en otro punto sensible: dice que el periódico intenta acceder a conversaciones privadas de usuarios ajenos al litigio. Y subraya que seguirá defendiendo tanto la privacidad como el “fair use”, el uso legítimo de materiales protegidos en ciertos contextos.
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Lo que está en juego va más allá de este juicio. Si el juez acepta que OpenAI dificultó el acceso a información que ya poseía, podría imponer sanciones, invalidar la muestra de 20 millones de chats y dar por hecho que existió una reproducción significativa del contenido de los medios.
Para el usuario común, esta disputa revela un engranaje que casi nunca se ve: las IA no son cajas negras perfectas, sino sistemas con registros, filtros y huellas internas. Saber si una empresa puede revisar ese rastro, y cuándo lo admite, será clave para la confianza pública.
Al final, la pelea no trata solo de periódicos, algoritmos o tribunales. Trata de algo más cercano: quién tiene la llave de esa casa digital y qué tan dispuesto está a mostrar qué guardó en cada habitación.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.











