La Gala de la Fiesta de la Primavera en China dejó una de esas imágenes difíciles de olvidar: robots humanoides practicando kung fu con espadas y nunchakus frente a cientos de millones de espectadores. No se trata de un espectáculo cualquiera, sino del programa anual más visto del planeta, reconocido por el Guinness World Records como el show de televisión con mayor audiencia.
Esta gala se emite desde 1983 y es prácticamente inseparable de la celebración del Año Nuevo en millones de hogares chinos. Sin embargo, cuando en ese escenario aparece una legión de humanoides ejecutando artes marciales, el mensaje cambia de escala: deja de ser una simple curiosidad tecnológica y se convierte en una declaración visual de cómo China quiere representar su futuro.
Reuters la ha comparado por su escala mediática con la Super Bowl, y la analogía no es exagerada. Es una noche que condensa cultura popular, mensaje político y ambición industrial en un mismo escenario, sin necesidad de discursos explícitos.
Lo que aparece en ese prime time no se elige únicamente por espectacularidad, sino porque señala prioridades estratégicas. Colocar robots humanoides en el centro del evento no es una casualidad tecnológica ni una simple demostración para entusiastas; es un gesto cuidadosamente calculado dentro de la imagen que el país decide proyectar. La robótica, en ese sentido, encaja perfectamente en el guion de potencia tecnológica y manufacturera que China lleva años construyendo.
La puesta en escena no optó por un lenguaje neutro o frío. En lugar de limitarse a movimientos mecánicos, los organizadores recurrieron a un símbolo cultural profundamente arraigado: las artes marciales. No fue un simple “baile robótico”, sino una coreografía en la que los humanoides blandían armas tradicionales como espadas y nunchakus, compartiendo plano con intérpretes humanos.
Además, realizaron acrobacias y saltos desde trampolines con una coordinación que implica algo más que espectáculo: control de equilibrio, planificación de movimiento y sincronización en un entorno real. Más que una exhibición estética, fue una demostración técnica disfrazada de cultura popular. El kung fu actuó como traductor simbólico: integró al robot en una tradición conocida, lo volvió familiar y redujo la distancia emocional con el público.

Cuando un humanoide ejecuta una secuencia marcial al lado de una persona sin interferencias ni accidentes, el subtexto es claro: pueden compartir el mismo espacio de manera funcional. Esa convivencia escénica es, en sí misma, un mensaje.
La actuación no estuvo protagonizada por robots anónimos salidos de un laboratorio experimental. En la gala participaron compañías con creciente visibilidad internacional como Unitree Robotics, junto a otras menos conocidas fuera de China como MagicLab, Galbot y Noetix.
El patrón es interesante. La participación de Unitree en la edición anterior se volvió viral y ayudó a acercar esta tecnología al gran público. Si aquel clip funcionó como escaparate global en redes sociales, repetir la apuesta este año con una propuesta aún más espectacular parece una decisión estratégica lógica.
Aquí es donde la historia deja de ser únicamente un show televisivo. Según datos de Omdia, China concentró alrededor del 90% de los casi 13.000 robots humanoides enviados a nivel mundial el año pasado. No estamos ante un mercado equilibrado, sino ante una balanza claramente inclinada hacia un solo actor.
Además, Morgan Stanley proyecta que las ventas chinas de robots humanoides podrían superar las 28.000 unidades este año, lo que sugiere una fase de expansión acelerada. Más unidades implican más pruebas en campo, más iteración tecnológica y una cadena de suministro que madura rápidamente. Esta exhibición en prime time encaja con una política industrial que sitúa la robótica y la IA en el centro de la próxima etapa manufacturera del país.
La gala, por tanto, no muestra únicamente lo que ya es posible, sino lo que interesa que se desarrolle a gran escala.
La cuestión clave ya no es si un humanoide puede soportar la presión de un directo y ejecutar una rutina compleja ante millones de personas. La pregunta real es dónde los veremos operar fuera del escenario.

Entre una actuación coreografiada y un despliegue cotidiano existe una brecha importante: costes, mantenimiento, seguridad, fiabilidad y utilidad práctica. Por ahora, todo apunta a que la presencia masiva de estos robots está más orientada a grandes espectáculos y demostraciones públicas que a integrarse en tareas domésticas como recoger la compra o limpiar la casa.
Eso no resta importancia a lo ocurrido. Este tipo de demostraciones funcionan como preparación psicológica y cultural, ayudan a normalizar la tecnología y empujan a la industria hacia un nuevo escalón. Lo que se vio en el escenario fue algo más que una coreografía precisa; fue una narrativa de país cuidadosamente empaquetada para el horario estelar.
La competencia internacional seguramente tomará nota, pero hay algo evidente: cuando un robot practica kung fu en el programa más visto del planeta, ya no estamos ante un simple prototipo de laboratorio, sino ante un aviso visual de hacia dónde quiere avanzar una potencia tecnológica.
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