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Demanda de Elon Musk Contra OpenAI se Juzgará Ante un Jurado en el Mes de Marzo

 | enero 9, 2026 05:44

Elon Musk y Sam Altman ya no están en modo pull request: están en modo juicio. Una jueza de Estados Unidos ha visto “evidencia” suficiente para que la demanda de Musk contra OpenAI y sus cofundadores siga adelante y sea un jurado quien decida. Y eso cambia por completo el tablero.

Porque este no es el típico rifirrafe de Silicon Valley que se quema en X en dos días. Aquí hablamos de contratos, promesas fundacionales sobre la misión de la IA y, por supuesto, una cifra que lo incendia todo: 97.400 millones de dólares.

La jueza compra (al menos por ahora) que hubo promesas y que importa

En concreto, la jueza de distrito Yvonne Gonzalez Rogers ha indicado que su decisión se apoya en indicios de que los líderes de OpenAI hicieron garantías de que se mantendría la estructura original sin ánimo de lucro, tal y como sostiene Musk. No está diciendo “Musk tiene razón”, pero sí algo igual de importante: hay material suficiente para que esto se debata en un juicio.

La jueza compra (al menos por ahora) que hubo promesas y que importa

Y eso, en términos legales y mediáticos, es gasolina. Porque lo relevante ahora es lo que viene: se ha programado de forma tentativa un juicio con jurado para marzo, y en un caso tan público el relato pesa casi tanto como los documentos. Cada correo, cada declaración pasada y cada giro estratégico va a ser reinterpretado bajo el foco.

Evidentemente, OpenAI no lo ve así. Un portavoz declaró a TechCrunch que la demanda es “infundada” y que encaja en un “patrón continuo de acoso” por parte de Musk. Traducción: no solo niegan el fondo, también cuestionan la intención.

El núcleo del choque: ¿misión para la humanidad o máquina de ingresos?

La tesis de Musk es directa y fácil de comunicar: OpenAI habría traicionado acuerdos originales al priorizar el beneficio económico frente a la misión de desarrollar IA en beneficio de la humanidad. En concreto, afirma que invirtió alrededor de 38 millones de dólares en la financiación inicial y que, además del dinero, aportó algo igual de valioso en esa fase: orientación y credibilidad.

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Es decir, no solo puso capital; puso marca personal cuando OpenAI era todavía un proyecto que tenía que convencer a medio mundo de que la IA general no era ciencia ficción peligrosa. Eso, en el ecosistema de 2015, contaba mucho.

Pero aquí viene el matiz clave: Musk ahora pide compensación económica por “ganancias mal habidas”. No es únicamente una cruzada moral ni un ajuste de cuentas filosófico; es una reclamación de daños con cifras concretas, y eso cambia cómo se lee todo el caso.

El detalle incómodo: Musk también juega en la liga del lucro

A esta narrativa se le suma una ironía difícil de ignorar: tras salir de OpenAI, Musk fundó su propia empresa de IA con ánimo de lucro, xAI. Evidentemente, se puede criticar un giro “pro-beneficio” y al mismo tiempo construir un competidor. No es ilegal ni incoherente en sí mismo.

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Pero ante un jurado, la coherencia percibida importa, y mucho. El contraste entre “defensor de la misión original” y “fundador de una IA comercial rival” será una de las líneas de ataque más obvias de la defensa.

De laboratorio sin ánimo de lucro a estructura híbrida con PBC

OpenAI nació en 2015 como un laboratorio de investigación sin ánimo de lucro, y esa etiqueta no era decorativa. En IA, condiciona expectativas, atrae talento concreto y define el tipo de promesas que haces a quienes financian el arranque.

En 2019, la organización empezó a alejarse de ese modelo puro creando una filial con ánimo de lucro bajo un esquema de beneficio limitado (capped-profit). Un intento de cuadrar el círculo: atraer capital masivo —porque entrenar modelos cuesta una barbaridad— sin convertirlo en un “vale todo” para inversores.

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Pero el mercado no perdona. Si quieres GPUs, salarios top y competir a escala global, las buenas intenciones no pagan facturas. El proceso culminó en octubre de 2025, cuando la rama con ánimo de lucro pasó a ser una Public Benefit Corporation (PBC).

Sobre el papel, una PBC puede generar beneficios, pero está obligada a considerar un propósito público. Suena bien; la pelea está en cómo se interpreta eso en la práctica cuando hay miles de millones en juego. A ello se suma un dato clave: tras la reestructuración, la entidad sin ánimo de lucro conservó un 26% del capital.

OpenAI

Pero 26% no es control. Puede ser influencia, puede ser freno o puede ser simbólico, dependiendo de cómo estén repartidos los derechos de voto y el poder ejecutivo. Y ahí es donde Musk dice que la promesa se vació.

La oferta de 97.400 millones: cuando el “no me gusta” se convierte en “te compro”

En febrero de 2025, Musk lideró una oferta no solicitada de 97.400 millones de dólares para comprar OpenAI. Sam Altman la rechazó. Y esa cifra no es solo “mucho dinero”: es una declaración de intenciones. Si no te convence la dirección, intentas tomar el volante.

Aquí se mezclan tres capas explosivas: orgullo personal, control de la tecnología más estratégica del momento y una lucha por quién define las reglas de seguridad, apertura y negocio en los modelos punteros. No es solo una empresa; es el timón del futuro inmediato.

Lo que nos jugamos de verdad: precedentes para la IA “de propósito público”

Este juicio va mucho más allá del salseo Musk vs Altman. Si un jurado considera que hubo compromisos exigibles sobre mantener una estructura sin ánimo de lucro, muchas start-ups y laboratorios “con misión” van a tomar nota. Prometer propósito podría empezar a atar legalmente.

Pero si el mensaje que sale es el contrario (que la misión fundacional no compromete nada) veremos aún más estructuras híbridas donde la narrativa filantrópica sirve para arrancar y el negocio entra después con calzador.

A esto se le suma una capa humana nada menor: Musk se fue en 2018, tras fracasar su intento de ser CEO y quedarse Altman, alegando conflictos con la IA de conducción autónoma de Tesla. Ese contexto pesa, porque aquí hay historia personal, no solo jurídica.

Tocará esperar a marzo para ver qué correos salen, qué pruebas se enseñan y cómo se define legalmente una “promesa” en una empresa que ha cambiado de piel varias veces. Pero una cosa ya está clara: la IA no se va a decidir solo en benchmarks y papers, sino también en tribunales. Y esto es solo el principio.

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