Peter Steinberger, creador del asistente personal que hoy conocemos como OpenClaw, se ha ido a OpenAI. Y sí, hablamos de esa IA que se hizo viral por prometer algo sorprendentemente básico: ser útil de verdad.
Mientras buena parte del sector vende “copilotos” que escriben con estilo y afinan correos, OpenClaw irrumpió con una propuesta mucho más incómoda para la competencia: hacer tareas reales, de esas que te quitan tiempo y energía. No se trataba solo de conversar mejor, sino de ejecutar acciones concretas.
En una entrada de blog, Steinberger —desarrollador austríaco— anunció su decisión y dejó una frase que resume el movimiento: podría haber construido una gran empresa alrededor del proyecto, pero “no le resulta realmente emocionante”. Más allá del gesto emprendedor, lo verdaderamente relevante no es el drama personal, sino lo que implica que un producto viral de “agentes personales” termine dentro del mayor motor de IA de consumo del planeta.
Este asistente ha cambiado de nombre más veces que algunos modelos de lenguaje cambian de versión. Primero fue Clawdbot, luego Moltbot y, finalmente, OpenClaw.

El primer cambio no fue un simple capricho. Llegó después de que Anthropic amenazara con acciones legales por la similitud del nombre con Claude, su conocido modelo. Es decir, incluso el branding se ha convertido en un campo de batalla dentro de la carrera por la IA: no solo compiten los benchmarks, también lo hacen los nombres, las narrativas y el espacio mental que cada marca ocupa en el usuario.
El segundo cambio, según el propio Steinberger, obedeció simplemente a una preferencia personal. Puede parecer anecdótico, pero deja una pista interesante: cuando un proyecto despega con tanta rapidez, la identidad suele ir improvisando detrás del crecimiento. La prioridad no es el manual de marca, sino que el producto funcione y capture atención.
También te puede interesar:Asistentes IA de OpenClaw Crean su Propia Red SocialOpenClaw se popularizó en las últimas semanas gracias a una frase que sonaba casi como un dardo directo a la industria: “la IA que de verdad hace cosas”. La diferencia semántica es sutil, pero estratégica.
Entre sus capacidades destacadas estaban gestionar el calendario, reservar vuelos y unirse a una red social compuesta por otros asistentes de IA. Es decir, no se limitaba a responder preguntas; actuaba, coordinaba y se conectaba con otros agentes, como si fueran compañeros de oficina digitales.

Aquí es donde el asunto se vuelve serio. Un asistente que reserva vuelos o modifica tu agenda no es un simple chatbot mejorado; implica permisos, autenticación, integraciones con terceros y, sobre todo, confianza. Cualquiera puede montar una demo que parece magia durante cinco minutos. Lo realmente difícil es que funcione un martes a las 8:30 de la mañana, con mala conexión, una aerolínea que cambia tu asiento y un calendario lleno de conflictos.
En ese punto es donde OpenAI puede marcar diferencias, para bien o para mal. Tiene infraestructura, músculo de producto, distribución global y, cada vez más, una obsesión evidente por los agents. Integrar esa visión dentro de su ecosistema podría convertir lo que era una promesa viral en un sistema con ambición masiva.
El argumento de Steinberger es directo: su meta no es construir una gran compañía, sino cambiar el mundo con la tecnología que está desarrollando. Según sus propias palabras, asociarse con OpenAI es la forma más rápida de llevar esa visión a escala global.
En términos estratégicos, está eligiendo alcance antes que independencia. Y quien haya seguido el mercado sabe que esa decisión casi siempre trae letra pequeña: menor control sobre el roadmap, prioridades definidas por una estructura mayor, tiempos y foco condicionados por una estrategia corporativa.
También te puede interesar:Moltbook Expone el Futuro de la IA: Bots con Memoria, Religión Propia y Poder en tu OrdenadorSin embargo, también puede ser la jugada lógica cuando un producto se encuentra en ese punto intermedio entre “promesa brillante” y “herramienta que necesita escalar sin romperse”. Porque escalar agentes personales no es solo una cuestión técnica; es un desafío de seguridad, interoperabilidad y experiencia de usuario.
Además, el contexto juega a favor de este movimiento. Los agentes personales se están convirtiendo en el nuevo santo grial de la industria. Chat ya tenemos; ahora el mercado exige que la IA asuma el trabajo pesado. En ese escenario, OpenAI aspira a ser el sistema operativo de esa capa: el lugar donde los agentes viven, se autentican, se conectan a tus herramientas y, por supuesto, se monetizan.
El propio Sam Altman, CEO de OpenAI, lo expresó públicamente en X: Steinberger ayudará a impulsar “la próxima generación de agentes personales”. No suena a un simple fichaje técnico, sino a una declaración de intenciones.
OpenAI no está incorporando un experimento simpático; está reforzando una línea estratégica clave. Si los modelos son el motor, los agentes representan el vehículo completo: interfaz, memoria persistente, acceso a herramientas, automatización y resultados tangibles. En otras palabras, la promesa de pasar del texto a la acción.
Ahora bien, la palabra “agente” empieza a inflarse en el discurso del sector. Todo el mundo la utiliza, pero no siempre significa lo mismo. Cuando Altman habla de “próxima generación”, no parece referirse a simples macros conectadas a un LLM, sino a asistentes con autonomía controlada, capaces de ejecutar flujos completos sin que el usuario tenga que microgestionar cada prompt.
Además, OpenClaw incorporaba un enfoque social: una red de asistentes que interactúan entre sí. Si esa idea se integra de forma sólida, podría disparar la productividad en entornos colaborativos; si se implementa con prisa, también podría abrir desafíos complejos de interoperabilidad y seguridad. El equilibrio será decisivo.
Altman también anunció que OpenClaw “vivirá en una fundación” como proyecto de código abierto y que OpenAI continuará apoyándolo. Sobre el papel, esto implica que la iniciativa no desaparecerá en un repositorio corporativo silencioso, sino que mantendrá una dimensión comunitaria.
Sin embargo, “código abierto con apoyo de OpenAI” es una fórmula amplia. Puede significar financiación y visibilidad, pero también una influencia indirecta sobre qué prioridades se impulsan y cuáles se relegan. El grado de autonomía real del proyecto será una variable clave a observar.
Para el ecosistema, que la idea no se cierre completamente es una buena noticia. Para los competidores, es una señal inequívoca de que OpenAI quiere absorber rápido la cultura builder que convierte prototipos en fenómenos virales. La compañía no solo busca mejorar modelos; quiere capturar la energía creativa que surge fuera de sus muros.
Al final, lo que cambia con este movimiento no es únicamente el lugar de trabajo de Steinberger. Cambia el nivel de ambición: se pasa de una demo que cautivó a internet a un intento serio de convertir los agentes personales en algo masivo, cotidiano y —si todo sale bien— realmente fiable.
La pregunta que queda abierta es si la competencia responderá con agentes igual de prácticos o si seguiremos atrapados en el bucle de chats que redactan impecablemente… pero te dejan el trabajo exactamente donde estaba.
Me dedico al SEO y la monetización con proyectos propios desde 2019. Un friki de las nuevas tecnologías desde que tengo uso de razón.
Estoy loco por la Inteligencia Artificial y la automatización.