Ford se ha plantado en el CES 2026 con dos promesas muy claras: un asistente de IA que empezará en el móvil y acabará dentro del coche, y una nueva generación de BlueCruise que costará menos y hará más. Mientras muchos fabricantes han bajado el volumen mediático en Las Vegas, Ford ha preferido enseñar cartas con algo que hoy vale oro en tecnología: una hoja de ruta con fechas.
En concreto, el asistente de IA debutará a principios de 2026 dentro de una app de Ford renovada, y la integración nativa en el vehículo llegaría en 2027. Pero lo llamativo aquí no es solo el “cuándo”, sino el “cómo” y el “para qué”, dos preguntas donde Ford intenta desmarcarse del simple chatbot de moda.
Ford ha confirmado que su asistente digital estará alojado en Google Cloud, lo que deja claro que el “cerebro” no vive únicamente en el coche, sino que se apoya en infraestructura cloud para escalar, actualizarse rápido y aprender, como hacen casi todos los asistentes modernos.
Además, la compañía ha sido explícita en otro punto poco habitual en este tipo de anuncios: usará LLMs comerciales ya existentes, modelos “de estantería”, en lugar de vender la épica de un gran modelo propio entrenado desde cero.

El enfoque es pragmático: coger lo que ya funciona y conectarlo de verdad al vehículo. Y ahí entra la pieza más importante de todo el anuncio: el asistente tendrá acceso profundo a información específica del coche. No se quedará en respuestas genéricas tipo “consulta el manual”, sino que podrá tirar de datos reales del vehículo para responder como si fuese un mecánico con telemetría en la mano.
Ford puso un ejemplo muy de pick-up: preguntarle cuántas bolsas de mantillo admite la caja. La pregunta parece trivial, pero implica algo potente: que el asistente entienda el modelo exacto, la configuración concreta y las capacidades reales, y sea capaz de traducir especificaciones técnicas a decisiones prácticas de la vida diaria. En esa misma línea, también podrá ofrecer información granular y en tiempo real, como la vida útil restante del aceite, algo que hoy suele estar enterrado en menús poco intuitivos.
Si esto funciona bien, el beneficio es claro: menos pantallas, menos clics y menos fricción. Esa sensación habitual de “el coche lo sabe, pero yo no sé dónde mirarlo” debería desaparecer. Eso sí, Ford no quiso —o no pudo— enseñar todavía cómo será la experiencia dentro del vehículo. No concretó ni la interfaz, ni el tipo de interacción (voz, pantalla o híbrido), ni qué grado de control real tendrá el asistente sobre las funciones del coche.
Tampoco ha dicho qué modelos priorizará para la integración nativa en 2027. Sabemos la fecha objetivo, pero no el despliegue real: si empezará por eléctricos, por gamas altas, o si avanzará por regiones según conectividad y regulación.
Ford llega a un escenario donde otros ya han enseñado cartas bastante avanzadas. Rivian, por ejemplo, mostró recientemente un asistente capaz de enviar y recibir mensajes, gestionar peticiones complejas de navegación e incluso controlar el climatizador. Eso ya roza el concepto de copiloto real: no solo responde, sino que ejecuta acciones dentro del sistema del coche.
A ello se suma Tesla, que ha integrado Grok, el chatbot de Elon Musk, y cuyos clientes ya lo usan para improvisar rutas turísticas sobre la marcha. Pero aquí aparece la línea fina: una cosa es tener un chatbot entretenido y otra muy distinta clavar la integración con datos del vehículo, permisos, seguridad y latencia sin convertirlo en un caos.
El propio artículo que acompaña al anuncio desliza una idea relevante: algunas capacidades de Rivian o Tesla podrían estar hoy por encima de lo que Ford tiene en mente. La ventaja de Ford, sin embargo, es simple y poderosa: tiene un año entero para pulir la experiencia a bordo antes de 2027, y en software eso es muchísimo tiempo.
Más allá del asistente, Ford también adelantó una nueva generación de BlueCruise, su sistema avanzado de asistencia a la conducción. La cifra que más titulares genera es clara: será un 30% más barato de construir que la versión actual. Si ese recorte de costes no implica un recorte de capacidades, Ford gana margen para llevarlo a más modelos o proteger beneficios en una industria donde sensores, chips y validación pesan cada vez más.

Esta nueva generación debutará en 2027 con el primer eléctrico construido sobre la plataforma de bajo coste Universal Electric Vehicle de Ford, y todo apunta a que el primer modelo sería una pick-up de tamaño medio. Pero lo que realmente ha encendido el debate es la promesa para 2028: conducción “eyes-off”.
“Ojos fuera” suena a ciencia ficción, pero en el lenguaje del sector suele significar que, en condiciones muy concretas y tramos específicos, el sistema asume más carga y el conductor no necesita vigilar constantemente la carretera. Ford también menciona “autonomía punto a punto”, en la línea de lo que Tesla ofrece con Full Self-Driving (Supervised), mientras que Rivian ha insinuado un sistema similar que llegaría más adelante este mismo año.
Eso sí, conviene bajar la espuma: todos estos sistemas, incluido el de Ford, recalcan que el conductor debe estar preparado para tomar el control en cualquier momento. Entre el marketing y la realidad hay sensores, mapas, normativa, responsabilidad legal y, sobre todo, confianza humana, ese factor invisible que decide si alguien se relaja o no cuando el coche empieza a hacer más por sí solo.
Lo interesante del movimiento de Ford no es solo que quiera meter IA “porque toca”, sino que intenta encajar dos capas clave: IA conversacional para hacer el coche más usable, y asistencia avanzada para que el coche haga más por ti. Si lo logra, la relación con el vehículo cambia: menos botones escondidos y más intención clara —“llévame”, “prepárame el viaje”, “¿qué mantenimiento me toca?”—.
Queda por ver si Ford se atreverá con una integración tan profunda como la de Rivian o si optará por un asistente correcto, útil y conservador. Pero con BlueCruise prometiendo abaratarse un 30% y apuntar al “eyes-off” en 2028, la sensación es clara: esta guerra ya no va de cilindros ni caballos, sino de software.
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