Las grandes tecnológicas de IA ya no están pensando únicamente en comprar electricidad: empiezan a hablar de uranio. Puede sonar a giro de guion, pero es exactamente lo que ha dejado entrever NexGen Energy con su proyecto Rook I en Canadá.
Si la IA va a funcionar 24/7 y a una escala brutal, la pregunta deja de ser “¿a cuánto está el megavatio?” y pasa a transformarse en algo mucho más estructural: “¿habrá combustible suficiente para generar esa electricidad cuando realmente se necesite?”. El debate ya no es solo de precio, sino de disponibilidad futura.
NexGen ha iniciado conversaciones con operadores y proveedores de centros de datos para explorar acuerdos a largo plazo vinculados directamente al suministro de uranio. Esto no ocurre en el vacío: los hiperescaladores están invirtiendo cientos de miles de millones en infraestructura, y ese despliegue implica un hambre energética que no se soluciona con powerpoints de sostenibilidad ni promesas abstractas de transición verde.

La electricidad es el producto final, pero si el plan es alimentar granjas masivas de GPUs con energía nuclear, antes hay que asegurar el ingrediente base: el combustible. Evidentemente, la idea no es que Google o Microsoft salgan a explotar minas con casco y pico; el modelo que plantea NexGen es mucho más financiero y contractual que operativo.
En este esquema, los clientes no compran participación en la empresa ni controlan activos mineros. Lo que harían sería reservar contractualmente una parte de la producción futura de uranio, garantizando así su suministro dentro de una cadena industrial crítica. Un detalle clave es que el precio no se fija hoy: según Leigh Curyer, CEO de NexGen, el material se pagaría al valor de mercado en el momento de la entrega, no al precio actual, lo que protege a la compañía de “regalar” uranio si en unos años se convierte en un recurso escaso y el mercado se dispara.
La estrategia puede parecer exótica, pero en realidad se parece mucho a algo que el sector tecnológico lleva décadas haciendo: comprar a granel con años de antelación para asegurar capacidad futura. NexGen compara este enfoque con los acuerdos que se cierran para memoria RAM o almacenamiento cuando una empresa planea una expansión masiva y no quiere encontrarse con falta de stock o precios descontrolados en el peor momento.
La diferencia es que aquí no hablamos de chips NAND, sino de uranio, y eso introduce variables adicionales: política, regulación, permisos, cadenas de suministro complejas y una sensibilidad pública que no se resuelve con un simple “lo subimos a la nube”. Al mismo tiempo, para NexGen estos contratos a largo plazo representan algo más que ventas futuras: funcionan como respaldo financiero para proyectos de extracción y procesamiento que requieren inversiones enormes y plazos prolongados. Tener compromisos de compra facilita levantar capital y justificar infraestructuras mineras de gran escala.
Los informes recientes sitúan el precio del uranio en torno a los 88 dólares por libra (453 gramos), tras haber superado recientemente los 100 dólares, una cifra que hace algunos años habría parecido impensable para quienes estaban fuera del sector. Este repunte se atribuye al renovado interés por la energía nuclear y al crecimiento sostenido de la demanda, especialmente en países como China e India, donde la expansión energética avanza a gran velocidad.
No se trata únicamente de IA en Occidente. Estamos hablando de reindustrialización, electrificación, transición energética y economías que están ampliando capacidad como si no hubiera mañana. Ahora bien, simplificarlo todo al uranio sería un error: también influyen la disponibilidad de reactores, los permisos regulatorios, los plazos de construcción y la capacidad de las redes eléctricas para transportar esa energía hasta donde se necesita.
En el trasfondo de todo esto aparece un concepto con nombre propio: los SMR, pequeños reactores modulares. La narrativa que gana fuerza es que la energía nuclear puede convertirse en la fuente firme y de bajas emisiones ideal para cargas de IA que no pueden detenerse, ni cuando no hay sol ni cuando no sopla el viento. Lo que se busca es energía constante para inferencia, entrenamiento, refrigeración y redundancia, las veinticuatro horas del día.
Si los SMR maduran tecnológicamente y se despliegan a escala, la demanda de uranio podría crecer de forma significativa y acelerada. NexGen advierte que, en ese escenario, podría producirse escasez; y cuando eso ocurre, el problema no es solo pagar más, sino directamente quedarse sin suministro y sin plan energético viable.
Este movimiento encaja con lo que ya se observa en el mercado. Las grandes tecnológicas buscan contratos energéticos cada vez más directos y de largo plazo, y Meta es un ejemplo claro. En enero, la compañía anunció un paquete de acuerdos nucleares que podría aportarle hasta 6,6 GW de capacidad para respaldar sus ambiciones en inteligencia artificial.
Su estrategia no se limita a una sola fuente: combina renovables, nuclear y compras a largo plazo para sostener el crecimiento de carga. En el fondo, no se trata de encontrar una fuente milagrosa, sino de asegurar megavatios hora futuros con la misma lógica con la que se aseguran GPUs, es decir, mediante planificación anticipada, contratos robustos y músculo financiero.
El proyecto Rook I es la principal baza con la que NexGen negocia con la industria de centros de datos. Según lo publicado, el yacimiento podría cubrir más del 20% de la demanda global hacia 2030, una cifra enorme si finalmente se confirma en la práctica. La compañía ha obtenido recientemente un permiso clave y espera la aprobación final a mediados de 2026, con el objetivo de iniciar producción en 2030.
La coincidencia temporal no es menor: muchos planes de expansión eléctrica vinculados a la IA apuntan precisamente a esa ventana. Por eso, la lectura de fondo es más amplia de lo que parece. El foco se desplaza desde “comprar energía” hacia asegurar el insumo que permite generarla. Si el futuro de la IA pasa, aunque sea parcialmente, por infraestructura nuclear, el uranio deja de ser una materia prima gris y aburrida para convertirse en una pieza relevante del tablero geopolítico y tecnológico.
Queda por ver si los SMR llegarán a tiempo y si estos acuerdos se consolidarán como tendencia o quedarán como un experimento puntual. Sin embargo, algo ya parece evidente: la carrera de la IA no se juega solo en modelos y chips; también se juega en el combustible que hará posible su funcionamiento continuo.
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