MemOS acaba de soltar una pieza muy jugosa para quien vive montando agentes: su OpenClaw Plugin, una capa de memoria “drop-in” pensada para equipos que construyen sobre OpenClaw. Según sus propios benchmarks, promete un recorte de tokens del 60% al 70% frente a la memoria nativa; sí, has leído bien: menos contexto recargado, menos factura y menos ruido operativo.
En concreto, el plugin está diseñado para sostener contexto a largo plazo sin que el sistema se pase el día “tragándose” ventanas gigantes de conversación. Sin embargo, lo interesante no es únicamente el ahorro, sino la posibilidad de mantener una personalización consistente de los agentes cuando un proyecto se extiende durante semanas o incluso meses.
MemOS insiste en una idea que cada vez suena más razonable: la memoria no debería ser un truco pegado al prompt, sino una capa de sistema. En lugar de recargar continuamente grandes ventanas de contexto, su propuesta desplaza el almacenamiento y la recuperación de información a una capa de memoria dedicada, separada del flujo inmediato del modelo.
Dicho de otro modo, en vez de pagar una y otra vez por recordarle al modelo quién eres, qué estabas haciendo o qué decisiones tomaste, guardas esa información fuera y la recuperas solo cuando es necesario. Este enfoque no elimina la necesidad de contexto, pero sí intenta volverlo selectivo y estratégico, en lugar de una manta gigante que cubre todo por falta de mejores herramientas.
Además, hay un detalle práctico importante: el plugin se presenta como una pieza “enchufable” dentro de OpenClaw, pensada para conectarse allí donde ya esté corriendo tu stack. Esa promesa de integración directa es clave para equipos que no quieren rehacer su arquitectura desde cero.
El llamado impuesto de contexto no duele igual en una demo que en producción. Cuando un agente se ejecuta a diario, encadena tareas de varios pasos o vive dentro de un producto de pago donde cada token tiene un coste real, el ahorro deja de ser anecdótico y se convierte en una cuestión estructural.
Es decir, cuando pasas de “mira qué guay mi agente” a “esto lo usa un equipo entero todos los días”, cada ineficiencia se multiplica. El impacto acumulado de recargar contexto innecesario puede disparar costes y degradar la experiencia sin que te des cuenta hasta que ya es tarde.
Ahora bien, el problema de la memoria no es solo económico. También es una cuestión de consistencia y fiabilidad: que el agente no se contradiga, que no olvide preferencias del usuario y que no pierda el hilo en mitad de un flujo largo. En proyectos extensos, lo habitual es terminar parcheando con resúmenes manuales, prompts cada vez más grandes, recordatorios constantes y bloques de texto repetido que nadie quiere mantener. Esa espiral no escala bien, y menos cuando el producto ya está en manos de usuarios reales.
Estamos en plena fiebre de colaboración multiagente, con nombres como AutoGen, CrewAI u OpenClaw circulando en muchas conversaciones técnicas. El concepto es potente: varios agentes especializados repartiéndose el trabajo como si fueran un mini-equipo coordinado.

Sin embargo, en la práctica aparece un fallo recurrente: cada agente mantiene un “cerebro” aislado, sin visibilidad real de lo que hacen los demás. Esa fragmentación suele desembocar en trabajo duplicado, contexto incoherente y traspasos de información a base de copiar y pegar entre agentes o sesiones distintas.
Paradójicamente, eso es justo lo contrario de lo que prometía el enfoque multiagente: coordinación fluida, eficiencia y especialización real. Cuando la memoria no está alineada, el supuesto equipo termina funcionando como un conjunto de freelancers que no comparten documentación.
Aquí es donde MemOS intenta atacar el problema de raíz. Su plugin permite que múltiples agentes operen sobre una misma memoria compartida, de modo que, en lugar de mantener repositorios aislados por agente, todo el equipo escribe y lee desde un espacio unificado.
En la práctica, esto significa que lo que produce el Agente A puede ser consumido directamente por el Agente B sin que tú tengas que actuar como mensajero humano. El resultado esperado es una colaboración más cercana a la lógica de un equipo real: con trazas accesibles, información persistente y una suerte de “documentación viva” que evoluciona con el proyecto.
Por supuesto, compartir memoria también es una promesa delicada. Si todo se vuelca en el mismo saco sin reglas claras, el riesgo es crear contaminación de contexto o decisiones cruzadas que generen más confusión que valor. La clave, por tanto, no está solo en unificar, sino en hacerlo con criterios de acceso, organización y recuperación bien definidos.
MemOS presenta esta arquitectura como la vía para evitar que la colaboración multiagente se degrade en duplicación de trabajo o desajustes constantes. Bien implementado, un pool común no es un caos compartido, sino un sistema donde la información relevante está disponible cuando hace falta y no cuando estorba.
El público objetivo es bastante claro: constructores de agentes B2B, equipos que desarrollan herramientas para programadores, copilotos internos y cualquier proyecto donde la memoria sea el cuello de botella en términos de coste y consistencia. En ese tipo de entornos, cada token cuenta y cada incoherencia pesa.
El plugin se distribuye vía GitHub y se plantea como una pieza que encaja en cualquier entorno donde ya esté funcionando OpenClaw, lo que refuerza su carácter modular. Sin embargo, no llega en el vacío. La memoria se está convirtiendo en el nuevo campo de batalla de los “agent stacks”, con productos como mem0, supermemory o memU compitiendo por el mismo espacio mental —y presupuestario— dentro de las empresas.
Se posiciona como un “memory OS” para aplicaciones y agentes, con entidad propia, dashboard y una huella open source más amplia bajo la organización MemTensor. En otras palabras, no se vende únicamente como un parche táctico para hoy, sino como una capa reutilizable y persistente que puede compartirse entre agentes, sesiones y productos.
Si los números del 60–70% de ahorro se sostienen en casos reales, esto deja de ser un “nice to have” y pasa a convertirse en infraestructura. Al final, la IA aplicada rara vez se rompe por falta de modelos potentes; se rompe cuando los costes se disparan o cuando los agentes dejan de ser fiables más allá de la primera semana de uso intensivo.
Queda, como siempre, la prueba de fuego: qué tan sencilla es la integración en entornos reales, cómo se comporta en equipos grandes y si la memoria compartida logra mantener orden sin transformarse en un cajón desastre. Si MemOS acierta, estaremos ante el siguiente paso lógico en la evolución de los agentes: dejar de pagar una y otra vez el mismo impuesto de contexto y empezar a tratar la memoria como lo que realmente es, una pieza central del producto. La competencia, sin duda, ya está tomando nota.
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