Elon Musk ha puesto sobre la mesa una cifra que suena a ciencia ficción incluso para Silicon Valley: entre 79.000 y 134.000 millones de dólares en daños y perjuicios contra OpenAI y Microsoft.
La demanda no se limita a un simple “me enfadé con el rumbo de la empresa”. Musk intenta cuantificar algo mucho más grave, al menos desde su punto de vista: una supuesta traición. Según su tesis, OpenAI habría abandonado su misión original sin ánimo de lucro y, en el proceso, le habría defraudado como cofundador e inversor temprano.
La horquilla económica sale de un peritaje firmado por C. Paul Wazzan, economista financiero especializado en valoración y cálculo de daños en litigios de alto riesgo. No se trata de un experto de Twitter ni de un consultor improvisado, sino del tipo de perfil que aparece cuando hay miles de millones en juego y un tribunal exige números sólidos.
Según su biografía profesional, Wazzan ha sido sometido a declaración casi un centenar de veces y ha testificado en juicios más de una docena de ocasiones en litigios mercantiles complejos. Pero lo realmente relevante no es solo quién firma el informe, sino la lógica que utiliza para justificar una reclamación de este calibre.
El peritaje parte de una valoración actual atribuida a OpenAI de 500.000 millones de dólares. Es decir, se asume que OpenAI ya juega en la liga de las compañías que definen el futuro del software, no en la de una start-up buscando encaje de mercado.
Wazzan sostiene que Musk tendría derecho a una parte significativa de esa valoración por su aportación semilla de 38 millones de dólares cuando cofundó OpenAI en 2015. El argumento es el clásico del inversor temprano: si entras cuando el riesgo es máximo, tu participación implícita no debería evaporarse cuando llega el éxito.
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Según el cálculo presentado, esos 38 millones equivaldrían a un retorno aproximado de 3.500 veces la inversión inicial. Un ROI tan exagerado que, contado en una charla de start-ups, sonaría a humo… hasta que se observa el tamaño real del negocio de la IA generativa.
El informe añade además un matiz clave: no todo se reduce al dinero. Wazzan combina las contribuciones financieras con el supuesto conocimiento técnico y las aportaciones empresariales que Musk habría realizado en la fase inicial. Aquí es donde el terreno se vuelve especialmente resbaladizo, porque valorar “aportes estratégicos” años después, cuando el producto es ChatGPT y el mercado ha explotado, es dinamita legal.
El peritaje concluye que OpenAI habría obtenido “ganancias indebidas” de entre 65.500 y 109.400 millones de dólares. La idea central es que la empresa se habría beneficiado de un cambio estructural —de misión no lucrativa a entidad con intereses comerciales— sin compensar a quienes, según Musk, entraron bajo reglas distintas.
El análisis no se queda ahí. Microsoft aparece como algo más que un simple socio tecnológico. Según el informe, habría obtenido ganancias indebidas de entre 13.300 y 25.100 millones de dólares.
El dato que explica casi todo es este: Microsoft posee aproximadamente el 27% de OpenAI. Con más de una cuarta parte de la compañía, cualquier revalorización o giro estratégico impacta de lleno en su balance.

Desde el lado de Musk, el relato no se presenta como una pelea por porcentajes, sino como una cuestión de “justicia” para un inversor temprano cuyos retornos, según la demanda, deberían ser “muchos órdenes de magnitud” superiores a lo aportado. Es el mito fundacional de Silicon Valley llevado al extremo: yo estuve cuando esto no valía nada, así que no me puedes dejar fuera ahora que vale medio billón.
También te puede interesar:Elon Musk y Sam Altman se enfrentan en X por el proyecto Stargate de OpenAIAquí llega el giro que hace que todo huela menos a finanzas y más a guerra de poder. La fortuna personal de Musk ronda los 700.000 millones de dólares, lo que lo situaría como la persona más rica del mundo con diferencia.

Incluso en el escenario máximo, ganar 134.000 millones sería una cifra descomunal para cualquiera… pero relativamente modesta para alguien en ese nivel de riqueza. Reuters, citando la lista de milmillonarios de Forbes, afirma además que Musk supera a Larry Page en unos 500.000 millones de dólares, una distancia difícil de asimilar.
Por si fuera poco, en noviembre los accionistas de Tesla aprobaron por separado un paquete retributivo de 1 billón de dólares para Musk, descrito como el mayor paquete de compensación corporativa de la historia. A esa escala, la demanda se interpreta de otra manera: más como una herramienta de presión que como una necesidad económica real.
OpenAI no está tratando este caso como una simple disputa contractual. La compañía habría enviado una carta a inversores y socios comerciales advirtiendo de que Musk hará afirmaciones “deliberadamente estrafalarias y diseñadas para llamar la atención” a medida que el caso avance hacia el juicio.

El objetivo es claro: blindar la narrativa y encuadrar la demanda como parte de un “patrón continuado de acoso”, no como una reclamación financiera legítima. El calendario también juega su papel. El juicio está previsto para abril, y se celebrará en Oakland, California, a unos 15 kilómetros de San Francisco, en pleno epicentro cultural y mediático de la industria tecnológica.
Si algo ha demostrado la IA entre 2024 y 2026 es que la tecnología avanza rápido, pero la lucha por el control, la reputación y el relato avanza todavía más rápido. Los 134.000 millones son el titular perfecto, pero lo que realmente está en juego es quién puede reclamar autoría moral —y económica— sobre una de las máquinas de generar poder e influencia más potentes del planeta.

Queda por ver si el tribunal compra esta teoría de valoración, cómo responde el resto del ecosistema y hasta qué punto esta pelea termina afectando a lo que de verdad importa al resto: qué modelos se entrenan, con qué incentivos y bajo qué reglas.
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