Concord Music Group y Universal Music Group acaban de subir la apuesta contra Anthropic con una nueva demanda por copyright que no va precisamente a medias tintas: hablan de más de 20.000 canciones supuestamente descargadas de forma ilegal.
Y los demandantes no están pidiendo calderilla. Según sus cálculos, los daños podrían superar los 3.000 millones de dólares, una cifra que, de confirmarse, colocaría el caso entre los litigios por derechos de autor más agresivos de la historia reciente en EE. UU., fuera incluso del formato clásico de “demanda colectiva”.
La acusación, además, no se limita al debate ya conocido sobre si es legítimo usar obras protegidas para entrenar modelos de IA. Va un paso más allá y apunta a algo bastante más explosivo: cómo se obtuvieron esas obras. Es decir, el foco no está solo en el entrenamiento de modelos como Claude, sino en la presunta piratería como vía de adquisición del contenido.
Esta demanda llega con un precedente muy reciente: Bartz v. Anthropic, un caso que ya dejó varias líneas rojas bastante claras. En ese proceso, el juez William Alsup dictaminó que entrenar modelos con contenido protegido por copyright puede ser legal en determinados contextos. Sin embargo, dejó una advertencia que hoy suena casi como una sentencia anticipada para parte de la industria: no es legal obtener ese contenido mediante piratería.

Aquí está el matiz crucial. Una cosa es que el uso posterior pueda encajar —o no— dentro del fair use u otras interpretaciones legales, y otra muy distinta es que el dataset se haya construido a partir de material descargado de forma ilícita. A este punto se suma un detalle nada menor: la nueva demanda la presenta el mismo equipo legal que llevó Bartz v. Anthropic, lo que sugiere que no se trata de un gesto simbólico, sino de una ofensiva bien calculada y con experiencia previa en el terreno.
Según los demandantes, Anthropic habría descargado ilegalmente más de 20.000 canciones con copyright. Y no se trata solo de archivos de audio sueltos, como quien baja música para escucharla en el móvil. El paquete, según la acusación, incluiría letras, partituras y composiciones musicales completas.
También te puede interesar:El Próximo Modelo de Anthropic podría anunciarse en las próximas semanasEste tipo de material tiene un doble valor: económico, por supuesto, pero también estratégico. Es especialmente valioso para entrenar sistemas capaces de generar texto, estructurar rimas, imitar estilos y entender patrones de composición musical. Ahora bien, una demanda de este calibre no se sostiene solo con indignación moral. Lo que realmente importa es la prueba técnica: quién descargó qué, desde dónde y cómo se construyó el rastro de ese contenido.
Por eso no es casual que la acusación mencione explícitamente descargas por torrent y la existencia de un “historial”. Todo apunta a que intentarán apoyarse en logs, evidencias forenses o trazas internas que permitan reconstruir el camino completo del material hasta los sistemas de Anthropic.
Lo interesante aquí es el recorrido del caso. Inicialmente, estas editoriales ya habían demandado a Anthropic por el uso de unas 500 obras con copyright. Sin embargo, durante el proceso de descubrimiento en el caso Bartz, aseguran haber encontrado indicios de que la compañía habría descargado miles de obras adicionales de forma ilegal.

Eso cambia por completo el marco del conflicto. Ya no sería un caso limitado o anecdótico, sino una escala mucho mayor, de las que alteran tanto el cálculo de daños como la narrativa pública. Las editoriales intentaron entonces modificar su demanda original para incluir la acusación de piratería, pero el tribunal rechazó esa modificación en octubre, argumentando que no se investigaron suficientemente esas alegaciones a tiempo.
Cuando un juez te frena por una cuestión de timing y diligencia, la jugada habitual es la que estamos viendo ahora: una nueva demanda separada, mismo objetivo, distinto carril procesal.
Bartz v. Anthropic terminó con un impacto económico de 1.500 millones de dólares para la empresa. Una cifra enorme para casi cualquier compañía, aunque, según se comenta, no necesariamente asfixiante para una empresa valorada en 183.000 millones de dólares.
También te puede interesar:Anthropic lanza un plan de Claude para colegios y universidadesAquí aparece una lectura incómoda pero necesaria: si las multas o acuerdos quedan por debajo del ritmo al que crece el negocio, el incentivo a “arriesgar y pagar” se vuelve peligrosamente racional. En Bartz, los escritores afectados habrían recibido unos 3.000 dólares por obra, para un total aproximado de 500.000 obras protegidas.
Sin embargo, el salto conceptual de “usar obras” a “bajarlas pirateadas” cambia tanto la percepción pública como, potencialmente, el listón legal. A nivel industrial, esto es dinamita pura: no es lo mismo debatir si entrenar es transformación que discutir si el dataset nació de una fuente directamente ilegal.
El texto de la demanda no se queda en la empresa. También incluye como demandados al CEO Dario Amodei y al cofundador Benjamin Mann. Señalar a directivos no suele ser un gesto decorativo: es una forma de aumentar presión, ampliar responsabilidades y evitar que todo quede encapsulado en “la empresa como ente abstracto”.
Eso sí, es un terreno delicado. Si no se sostiene con hechos muy bien atados, puede parecer más una táctica de presión que una acusación sólida. En este caso, la demanda subraya una contradicción narrativa clave: Anthropic se presenta como una empresa centrada en la seguridad y la investigación en IA, pero el supuesto historial de descargas por torrent sugeriría que parte de su negocio multimillonario se levantó sobre prácticas de piratería.
Este choque reputacional importa casi tanto como el dinero. La IA generativa vive de confianza, de acuerdos con proveedores de datos y de un ecosistema que ya está bastante quemado con el scraping masivo. Según se indica, Anthropic no respondió a la solicitud de comentarios de TechCrunch, pero el silencio no frena la conversación.
Si el caso avanza, es probable que los titulares empiecen a girar menos en torno a “qué modelo es mejor” y más a “de dónde sale exactamente su entrenamiento”.
Y si el juez confirma que hubo piratería a gran escala, el mensaje para todo el sector será difícil de ignorar: entrenar puede ser debatible, pero robar para entrenar es otra liga. Habrá que ver si la industria aprende la lección o si las demandas de nueve cifras siguen tratándose como un coste más de hacer negocios.
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