¿Cuánto puede cambiar una historia si, en lugar de raspar un objeto antiguo, se aprende a leer la huella de su tinta como quien reconoce la letra de un familiar? Eso es lo que acaba de pasar con los Manuscritos del Mar Muerto.

Una investigación internacional publicada en PLOS One revela que varios de estos textos hallados en las cuevas de Qumrán durante el siglo XX son más antiguos de lo que se pensaba. La pieza clave fue Enoch, un sistema de inteligencia artificial desarrollado por la Universidad de Groningen, capaz de estimar la edad de los manuscritos sin dañarlos.

Se cree son más antiguos de lo esperado los manuscritos del Mar Muerto: luego que la IA estimara su edad

El hallazgo va más allá de una corrección de fechas. Según el estudio, fragmentos de Daniel y Eclesiastés pudieron haber sido escritos cuando sus supuestos autores aún estaban vivos. Eso los convierte en los primeros textos del canon bíblico que pueden fecharse en paralelo a su redacción.

Mladen Popović, investigador de Groningen, señala en su perfil académico y en el comunicado oficial que el sistema permite situar a los autores en el mismo periodo histórico que describen. Esa frase, por sí sola, mueve una pieza central en el estudio de los orígenes del Antiguo Testamento.

La clave del mecanismo no está en “leer” el contenido como lo haría una persona. Enoch observa los trazos de tinta, compara formas, presión y estilo caligráfico, y busca patrones en manuscritos ya fechados. Luego proyecta esa información sobre textos sin fecha conocida.

Ese cambio importa porque durante décadas muchas dataciones dependieron del carbono-14, una técnica útil pero invasiva. Además, en este caso arrastraba un problema extra: parte de los manuscritos había sido tratada en los años 50 con aceite de ricino para mejorar su legibilidad, y esa contaminación alteró varios resultados.

Un interruptor para revisar fechas aceptadas

La IA no solo acelera tareas modernas, también puede convertirse en una herramienta delicada para cuidar el pasado.

Frente a ese obstáculo, el nuevo método evita cortar una muestra del material original. El modelo fue entrenado con imágenes de trazos de tinta de manuscritos previamente datados y aprendió a reconocer diferencias entre estilos. Así logró corregir errores anteriores y fechar algunos textos en una época anterior a la estimada hasta ahora.

Además, el análisis revela que los estilos asmoneo y herodiano coexistieron durante más tiempo del que se creía. Parece un detalle de especialistas, pero no lo es. Esa convivencia cuestiona la idea de que todos los manuscritos fueron producidos exclusivamente en Qumrán.

En otras palabras, algunos textos podrían haber sido copiados en otras regiones antes de llegar a las cuevas. El mapa cambia. Y cuando cambia el mapa, también cambia la historia de cómo circulaban las ideas, la escritura y la autoridad religiosa en el judaísmo antiguo.

Ese ajuste cronológico también abre una oportunidad para revisar el contexto político del Mediterráneo oriental. Los cambios asociados a los Seleúcidas, los Ptolomeos y la dinastía asmonea podrían haber influido en la evolución del lenguaje y la caligrafía antes de lo supuesto.

No se trata solo de saber si un manuscrito es diez o veinte años más antiguo. Se trata de entender mejor cuándo se activó cierto “interruptor” cultural: el momento en que una tradición comenzó a escribirse, copiarse y circular con una forma reconocible.

Para el lector común, la aplicación práctica de este avance es clara: la inteligencia artificial no solo acelera tareas modernas, también puede convertirse en una herramienta delicada para cuidar el pasado. A veces, el mayor progreso no consiste en tocar más, sino en mirar mejor. Y en este caso, mirar mejor la tinta permitió acercar esos textos a la mano que los escribió.

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