¿Qué pasa cuando encender una luz, prender un aire acondicionado o dejar una computadora en reposo deja de ser un gesto menor? En el condado de Henrico, en Virginia, esa rutina diaria ya se convirtió en una alerta concreta para oficinas públicas, escuelas y servicios sociales.

Según reveló 404 Media, las autoridades locales pidieron a miles de empleados públicos que recorten el consumo eléctrico en edificios gubernamentales. El pedido incluye apagar luces y computadoras que no se usen, bajar persianas para reducir el calor y limitar equipos de alto consumo como el aire acondicionado.

Autoridades locales pidieron a miles de empleados públicos que recorten el consumo eléctrico en edificios gubernamentales

La clave es económica, pero el mecanismo tiene una pieza central mucho más amplia: la inteligencia artificial. Henrico enfrenta una suba cercana al 25% en el precio de la electricidad para edificios públicos y colegios, un salto que agregará unos 5 millones de dólares a la factura del próximo año fiscal.

Detrás de ese aumento aparece un engranaje que suele ser invisible: los centros de datos, las grandes naves donde se procesan y almacenan los sistemas digitales. En este caso, buena parte de esa presión viene de la expansión de la IA, que necesita mucha energía para entrenar modelos y responder consultas en tiempo real.

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El condado, de poco más de 350.000 habitantes, se volvió atractivo para estas instalaciones porque ya tenía disponibilidad eléctrica. Pero esa ventaja inicial funcionó como un interruptor: hoy alberga 37 centros de datos y ya hay planes para construir 17 más. Mientras tanto, la infraestructura eléctrica no crece al mismo ritmo. Y cuando la red, es decir, el sistema que transporta la energía, no alcanza para todos, la oportunidad de expansión de un sector termina impactando en la factura del resto.

Una red bajo presión

El caso no está aislado. En el norte de Virginia se concentra la mayor densidad mundial de centros de datos, con más de 400 instalaciones y cientos de proyectos en desarrollo. La región incluso tiene un apodo que revela su escala: “el callejón de los centros de datos”.

La razón es estratégica. Allí convergen la cercanía con Washington D.C., una robusta infraestructura de fibra óptica y la llegada de cables submarinos, el tendido que conecta continentes por debajo del mar. Ese mapa digital convirtió a la zona en una central de tráfico de datos, pero también en una fuente creciente de tensión energética.

En 2023, Dominion Energy destinaba cerca del 26% de su electricidad a centros de datos en las áreas con mayor presencia de estas instalaciones. Esa proporción siguió creciendo con proyectos cada vez más grandes. La compañía atribuye las subas a mayores costes de combustible, expansión de infraestructura y mantenimiento. Sin embargo, para el usuario común el efecto se entiende mejor de otro modo: la IA no solo vive en la nube. También ocupa espacio físico, consume corriente real y exige nuevas inversiones en cables, transformadores y capacidad de generación.

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La factura que baja a tierra

Por eso el hallazgo de Henrico resulta tan revelador. Lo que parecía una discusión lejana sobre algoritmos ahora baja a la mesa de cocina en forma de recibo de luz más alto. Y no afecta solo a gobiernos: también puede golpear a hogares, comercios pequeños y escuelas.

Además, el condado ya anticipa que los costes seguirán subiendo en los próximos años. Esa advertencia funciona como una señal temprana para otros lugares donde la IA avanza más rápido que el cableado que la sostiene.

Apagar una pantalla o bajar una persiana no resolverá por sí solo el problema. Pero sí expone una verdad incómoda y cada vez más visible: cuando la inteligencia artificial acelera, alguien tiene que pagar la energía de ese motor. Y esa cuenta, al menos en algunas ciudades de Estados Unidos, ya empezó a llegar.

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