Cuando una persona le pide algo a la inteligencia artificial, casi nunca piensa en lo que ocurre del otro lado. La escena parece limpia, inmediata, silenciosa. Pero detrás de esa respuesta veloz hay edificios que consumen agua y electricidad como una pequeña ciudad.

Ese es el hallazgo que vuelve a tensar el debate en Estados Unidos tras la decisión del estado de Nueva York de aprobar la primera moratoria estatal para centros de datos hiperescalares, grandes complejos diseñados para procesar volúmenes masivos de información. La medida apunta al corazón de la infraestructura que sostiene la nube y el avance de la IA generativa.

Irlanda quiere detener la instalación de nuevos centros de datos hasta 2028

No es un detalle menor. Estados Unidos concentra cerca del 40 % de los centros de datos del mundo, con unas 4.300 instalaciones, mientras que Reino Unido, Alemania y Francia apenas suman en conjunto un 5 %. Al mismo tiempo, crecen las protestas locales por el gasto de agua, el consumo eléctrico y el impacto ambiental de estas instalaciones.

La pieza clave del problema está en un mecanismo poco visible: la refrigeración. Un centro de datos no solo almacena y mueve información. También genera calor de forma constante, y ese calor debe salir rápido para que el sistema no se detenga.

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La analogía más simple es la de una casa con el aire acondicionado encendido todo el día, pero multiplicada a escala industrial. Si el cableado central trabaja sin descanso, el “interruptor” del frío también tiene que hacerlo. Y cuando ese engranaje usa agua para enfriar, cada consulta digital deja una huella física.

Entre el 75 % y el 90 % de los centros de datos del mundo utilizan refrigeración basada en agua. En muchos casos se recurre a la evaporación, un sistema que disipa calor al convertir agua en vapor. Funciona bien, pero consume grandes volúmenes de un recurso cada vez más disputado.

El agua, el calor y el riesgo invisible

Además, no todos los sistemas enfrían igual. En Europa y España predominan los circuitos cerrados, un diseño en el que el agua circula sin contacto directo con el aire. En Estados Unidos son más comunes los circuitos abiertos, donde el contacto con el ambiente favorece el crecimiento microbiano.

Entre el 75 % y el 90 % de los centros de datos del mundo utilizan refrigeración basada en agua

Ese punto ganó peso tras un incidente en un centro de datos de Meta en Wyoming. Allí se liberó en el alcantarillado la bacteria Cupriavidus gilardii, que puede provocar neumonía en personas inmunodeprimidas. Las autoridades locales suspendieron los permisos de vertido del centro afectado.

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El episodio encendió una alarma que ya venía creciendo. Desde 2023, un cambio en la Ley de Agua Limpia de Estados Unidos permite construir algunos centros de datos sin permisos federales si afectan a aguas fuera del alcance legal. Para muchos críticos, ese cambio dejó una zona gris en el control ambiental.

La Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo eléctrico global de estos centros pase de 415 TWh en 2024 a 945 TWh en 2030. Hoy representan el 1,5 % del consumo eléctrico mundial y podrían acercarse al 3 % al final de la década.

La ONU va incluso más allá: advierte que para 2030 podrían consumir más energía que todos los países del mundo salvo cinco. Y también suficiente agua como para cubrir las necesidades anuales de 1.300 millones de personas en África subsahariana.

Qué cambia en la vida diaria

El debate ya llegó a Europa. En Irlanda, los centros de datos representan el 21 % del consumo energético nacional y eso impulsó propuestas de moratoria. En España, Amazon Web Services pidió aumentar un 48 % el consumo de agua en su proyecto de Aragón, mientras en la provincia de Zaragoza ya se contabilizan 28 proyectos.

Qué cambia en la vida diaria

Sin embargo, hay otra clave: la transparencia. Muchas empresas no publican de forma detallada su consumo energético ni hídrico, y la normativa europea que exige registros nacionales aún no se aplica plenamente. Sin ese mapa, es difícil saber qué parte del costo digital termina pagando el territorio.

Existen salidas. Algunos expertos plantean energías renovables, baterías para absorber picos de demanda y reutilización del calor residual en calefacción urbana. Otras ideas, como centros de datos submarinos o incluso en el espacio, suenan llamativas, pero varios especialistas advierten que pueden distraer del problema central.

Al final, la IA no flota en una nube abstracta. Tiene tuberías, motores, agua, calor y un consumo muy real. Entender ese cableado oculto es la oportunidad para exigir una tecnología más útil, pero también más habitable.

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