¿Qué pasa cuando la nube, esa pieza central de la vida digital, se apoya sobre suelo que puede temblar, inundarse o quedar bajo una tormenta feroz? La pregunta ya no es teórica: afecta al engranaje que sostiene desde las búsquedas online hasta la inteligencia artificial que promete respuestas inmediatas.

Un análisis de MS Amlin, basado en 670 proyectos de centros de datos planificados o en construcción en Estados Unidos, revela un hallazgo incómodo: el 56% de esas nuevas instalaciones se levanta en estados con alto riesgo de desastres naturales. La cifra expone cerca de 800.000 millones de dólares a huracanes, tornados, tormentas invernales y, en menor medida, terremotos.

Están en riesgo cerca de 800.000 millones de dólares a huracanes, tornados, tormentas y terremotos

Además, el mecanismo detrás de esa decisión es claro. La expansión de la inteligencia artificial empuja a las grandes tecnológicas a buscar suelo barato, incentivos fiscales y electricidad disponible. Y esa combinación, hoy, aparece con fuerza en regiones del sur del país, donde también se concentran fenómenos climáticos más intensos.

La pieza clave es menos abstracta de lo que parece. Un centro de datos puede imaginarse como la sala eléctrica de una casa gigantesca. Allí no hay heladera ni horno, sino filas de servidores, computadoras que procesan y almacenan información. Si esa sala se instala en un lugar donde el techo recibe granizo, las cañerías se congelan o el barrio queda sin luz por un tornado, todo el sistema queda bajo presión.

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En otras palabras, la IA no vive en el aire. Vive en edificios físicos, con cableado, refrigeración, agua y acceso constante a energía. Cuando una empresa corre detrás de capacidad para entrenar modelos o hacer inferencia (respuesta del sistema en tiempo real), también elige dónde pone ese interruptor central.

Y ahí aparece la oportunidad y el riesgo al mismo tiempo. El análisis señala que un 51% de los proyectos está en zonas con tormentas convectivas severas, un fenómeno que incluye tornados, granizo y vientos destructivos. Otro 27% se ubica en regiones propensas a tormentas invernales y un 21% en áreas de huracanes. El riesgo sísmico significativo alcanza al 3%.

El problema no es solo el clima, sino la concentración

Para las aseguradoras, el mayor problema no es un edificio aislado. Es la acumulación de activos de altísimo valor en la misma franja geográfica. Los centros ya operativos en zonas de tormentas convectivas suman unos 20.000 millones de dólares, pero los proyectos futuros multiplican esa cifra por cuarenta.

El mayor problema para las aseguradoras es la acumulación de activos de altísimo valor

Eso cambia la escala del impacto. Un solo evento severo puede golpear muchas instalaciones al mismo tiempo, como si en una ciudad todas las llaves térmicas de un mismo barrio estuvieran conectadas al mismo frente de tormenta.

Los datos acompañan esa alarma. Las pérdidas aseguradas por tormentas convectivas en Estados Unidos crecen cerca de un 8% anual desde 2008 y llegaron a unos 52.000 millones de dólares el año pasado. No es una amenaza difusa. Es una cuenta que ya empezó a llegar.

Otro estudio, de la Universidad Texas A&M sobre 2.660 centros de datos existentes, confirma un patrón similar. El 34% está en zonas de huracanes, el 30% en corredores de tornados y el 29% en áreas sísmicas. A eso se suman incendios forestales e inundaciones, que vuelven más complejo el mapa.

Sin embargo, las regiones más seguras, como el norte de Minnesota o la península superior de Míchigan, no coinciden con los polos tecnológicos ni con la disponibilidad de infraestructura. Ese desajuste funciona como un engranaje torcido: lo más conveniente para el negocio no siempre es lo más robusto para la continuidad del servicio.

La vida diaria también entra en la ecuación

La vida diaria también entra en la ecuación

Los centros de datos ya generan rechazo en muchas comunidades por su ruido, su consumo de agua y su enorme demanda energética. OpenAI lanzó el programa Stargate Community para compensar parte de ese impacto local, pero esa medida mejora la relación social y no refuerza la estructura física frente a un desastre.

Por eso, el sector asegurador ve una oportunidad solo si mejora la forma de medir y controlar la exposición acumulada. Y los investigadores subrayan una clave: reforzar la resiliencia climática, es decir, la capacidad de seguir funcionando pese a un evento extremo, será esencial para que la IA no falle justo cuando más se la necesita.

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