¿Qué pasa cuando una máquina aprende a hacer música como si hubiera pasado años escuchando tu playlist, pero sin pedir permiso? Esa pregunta, que parece lejana, quedó en el centro de una nueva disputa entre Sony Music Entertainment y Udio, una de las plataformas de música con IA más observadas del mercado.
El hallazgo llegó a los tribunales de Nueva York. El 20 de julio de 2026, Sony presentó una nueva demanda contra Udio, propiedad de Uncharted Labs, por haber usado 30.117 canciones protegidas para entrenar sus modelos sin autorización ni pago de derechos.

Entre las obras señaladas aparecen grabaciones de Elvis Presley, Harry Styles y Alicia Keys. Además, la discográfica sostiene que esa cifra es apenas una pieza de un volumen mucho mayor: cientos de miles de pistas propias habrían sido detectadas en los datos de entrenamiento mediante una tecnología de reconocimiento de audio similar a Shazam.
La clave del caso no está solo en cuántas canciones se habrían usado, sino en el mecanismo. Udio reconoció que entrenó sus sistemas con grandes cantidades de grabaciones y admitió el uso de audio procedente de YouTube, aunque sostiene que esa práctica entra en el fair use (uso legítimo limitado).
Ahora bien, para entender el conflicto conviene bajar la IA del laboratorio a la cocina de una casa.
Entrenar un modelo no es muy distinto de llenar una despensa ajena para luego abrir un restaurante. Si la plataforma toma ingredientes sin permiso, los mezcla y después vende platos nuevos, la discusión legal ya no gira solo sobre el resultado final. También apunta a cómo se llenó esa alacena y quién pagó por cada producto.
En este caso, Sony asegura que Udio no solo habría usado canciones protegidas como materia prima. También afirma que muchas grabaciones se obtuvieron mediante stream ripping (descarga de audio desde streaming), una práctica que extrae sonido de servicios como YouTube con herramientas como YT-DLP y sortea barreras técnicas.
Ese detalle funciona como otro interruptor del caso. No se discute solo el “cableado” del entrenamiento de la IA, sino también si hubo evasión de medidas tecnológicas, algo contemplado por la DMCA, la ley de derechos de autor en entornos digitales de Estados Unidos.
La pieza clave detrás de la nueva demanda
Esta causa no apareció de la nada. Sony ya había demandado a Udio en junio de 2024 dentro de un proceso coordinado por la RIAA, la asociación de la industria discográfica estadounidense. Pero el 29 de junio de 2026 un juez rechazó incorporar esas 30.117 grabaciones al expediente original y abrió la puerta a reclamarlas en un caso separado.
Eso es, justamente, lo que hizo ahora la compañía. La nueva presentación incluye tres cargos: infracción por grabaciones posteriores a 1972, infracción por grabaciones anteriores a 1972 protegidas por la Ley de Modernización de la Música, y evasión tecnológica bajo la DMCA.

Los números muestran por qué el pleito puede crecer rápido. Sony reclama hasta 150.000 dólares por cada obra infringida y hasta 2.500 dólares por cada acto de evasión tecnológica. También pide una orden judicial para frenar el uso continuado de ese material.
Por otra parte, hay un dato que Sony subraya con fuerza: Udio sí firmó acuerdos de licencia con Universal Music Group, Warner Music Group, Merlin, Kobalt, Believe y la Asociación Nacional de Editores de Música. Sony fue la única gran discográfica que no alcanzó un pacto, y ahora sostiene que esos acuerdos posteriores refuerzan la ilegalidad del uso inicial.
Un conflicto que ya supera a una sola plataforma
Udio no está sola en este frente. Suno, otra plataforma de música generativa, enfrenta cargos similares en Massachusetts. En ese litigio, Sony y Universal reclaman por 61.026 grabaciones, más del doble de las incluidas en esta nueva demanda.
La señal de fondo es clara. La industria intenta definir si la IA musical puede construir su “central” creativa con material protegido sin licencia, o si cada canción usada para aprender debe contar con una autorización previa.
Para el usuario común, esto puede parecer una pelea entre gigantes. Sin embargo, toca una pregunta muy concreta: si la música del futuro será una oportunidad para crear más, o una máquina afinada con canciones tomadas a espaldas de sus dueños.
El juicio recién empieza, pero ya revela algo central: en la nueva fábrica de la IA, el valor no está solo en el resultado que se escucha, sino en cada cable escondido detrás del parlante.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








