¿Qué pasa cuando una persona mayor quiere compañía, una respuesta rápida o simplemente escuchar una voz, pero el teléfono inteligente se siente como un tablero lleno de botones incomprensibles? Ahí aparece una necesidad muy concreta que muchas familias conocen de cerca.
El hallazgo no salió de un laboratorio aislado, sino de una historia familiar. Infobae contó cómo el argentino Juan Cereigido creó Ato para su abuelo Roberto, que vivía solo y nunca se adaptó al celular, WhatsApp ni a las apps.
Ese experimento doméstico terminó convertido en producto. El vídeo del prototipo se viralizó, despertó el interés de otras familias y reveló una pieza clave: la inteligencia artificial también puede entrar en una casa sin exigir pantallas, menús ni aprendizaje previo.
Ato busca combatir la soledad y el aislamiento, pero sin prometer reemplazos imposibles. Sus creadores subrayan que no quiere sustituir a hijos, nietos o cuidadores, sino ofrecer una presencia adicional cuando nadie está disponible.

La clave del mecanismo está en una interfaz invisible. Es decir, una forma de uso en la que casi toda la tecnología queda escondida. El dispositivo no tiene pantalla. Solo ofrece un botón para iniciar la conversación y una rueda para subir o bajar el volumen.
Además, la personalización funciona como preparar una despensa antes de que llegue alguien a vivir a una casa. La familia completa un formulario con intereses, rasgos de personalidad o necesidades del usuario. Con esa información, el sistema ajusta el tono de las conversaciones, propone temas y recuerda rutinas.
Un asistente reducido a lo esencial
En la práctica, Ato puede conversar, responder preguntas, informar sobre el tiempo, reproducir música o radio y recordar la toma de medicación. También detecta períodos de inactividad y puede lanzar temas para estimular la memoria o cortar el silencio.
Detrás de esa simplicidad hubo trabajo con gerontólogos y especialistas. El equipo probó el dispositivo con usuarios reales, afinó respuestas y ajustó el diseño para que la interacción no fuera una exhibición tecnológica, sino una herramienta útil y amable.
Otro punto sensible es la privacidad. Según explica Ato, las conversaciones no se almacenan porque el sistema usa procesamiento en tiempo real, es decir, interpreta la voz en el momento sin guardar el contenido. La app para familiares solo permite ver el nivel de uso, no escuchar ni leer lo hablado.
Esa decisión toca una fibra central. Para muchas personas mayores, hablar con una máquina puede resultar extraño. Saber que no queda un archivo de cada charla funciona como un cerrojo adicional en la puerta de casa.

Los datos también muestran que el proyecto ya dejó la etapa de maqueta. Tras un inicio con impresión 3D y pequeñas tiradas, Ato recibió apoyo de Mario Pergolini, fue seleccionado por un programa de aceleración en Silicon Valley y sus fundadores se trasladaron temporalmente a San Francisco para preparar la producción a gran escala.
Antes de su lanzamiento comercial, ya había centenares de equipos en uso en Argentina, Estados Unidos, España y México. Funciona en más de 50 idiomas y requiere Wi-Fi para conectarse. Su precio es de 179 dólares más una suscripción mensual de 29 dólares, o 399 dólares con 12 meses incluidos.
Incluso sin suscripción, varias funciones siguen activas, como recordatorios, radio y la app, aunque el tiempo de conversación se limita. Es un detalle importante: la pieza central sigue siendo la voz, pero el modelo comercial marca cuánto puede durar ese acompañamiento.
Al final, el valor de Ato no está en parecer futurista. Está en tomar una tecnología opaca y volverla tan cotidiana como un botón en la mesa de luz. Y esa, para muchas familias, puede ser la oportunidad más concreta de acercar la IA a quien había quedado afuera del mapa digital.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








