El estudiante de Harvard Ben Horwitz, , desarrolló Sinceerly, un complemento creado con Claude, el modelo de IA (sistema que genera texto) de Anthropic, que hace exactamente lo contrario de un corrector: agrega errores para que un mensaje suene más humano.

La pieza clave no está en escribir mejor, sino en parecer menos artificial. A medida que el contenido generado por IA se volvió masivo, su estilo empezó a resultar reconocible. Entonces apareció una nueva oportunidad: romper la perfección para esconder el cableado de la máquina.

La idea tiene algo de ironía. Durante años, herramientas como Grammarly funcionaron como un electricista del lenguaje: entraban al texto para ajustar el sistema, corregir fugas y dejar todo en orden. Sinceerly activa el interruptor opuesto.

En lugar de pulir, ensucia. En vez de alinear cada pieza, mueve apenas un engranaje. El mecanismo elimina tildes, saltea mayúsculas o intercambia letras como la B y la V para simular fallos humanos. Incluso su nombre lleva una errata intencional como muestra de fábrica.

La analogía doméstica ayuda a entenderlo. Si un texto de IA es como una mesa salida de una línea industrial, perfecta y sin una raya, Sinceerly le agrega esas pequeñas marcas de uso que hacen pensar que alguien la armó en casa. No cambia la estructura central. Cambia la textura.

El interruptor de la “imperfección humana

Además, el complemento permite graduar el nivel de error. Hay variantes más sutiles y otras más visibles. Horwitz las organizó con tono irónico en categorías como “nivel humano” o “nivel CEO”, donde las fallas son más marcadas.

No se trata de destruir el mensaje, sino de dosificar cuánto se nota la mano de la máquina. El usuario puede decidir si quiere apenas aflojar un tornillo o desacomodar varias piezas del frente.

Pedirle a una máquina un texto perfecto, para luego limarle la perfección.

Detrás de esa tendencia aparece una señal más profunda. La inteligencia artificial nació para ayudar en tareas complejas y cotidianas. Pero su éxito dejó una huella tan visible que ahora algunos usuarios sienten la necesidad de taparla. El mismo sistema que prometía precisión necesita, en ciertos casos, ser “humanizado”.

Antes de la popularización de estos modelos, casi todo el software de escritura empujaba en una sola dirección: más corrección, más claridad, menos error. Ahora surge un mecanismo inverso, que revela un cambio cultural. La autenticidad, o al menos su apariencia, empezó a valer tanto como la prolijidad.

La duda práctica que deja esta tendencia

También aparece una pregunta concreta para la rutina diaria. Si una persona usa IA para redactar un correo y después necesita degradar ese texto para que no parezca generado por IA, ¿dónde está el ahorro real de tiempo?

La respuesta todavía no es del todo clara. Para algunos, estas herramientas pueden servir como atajo cuando hay que responder rápido y conservar una voz más cercana. Para otros, el circuito parece una instalación innecesaria: pedirle a una máquina un texto perfecto para luego limarle la perfección.

Lo que Sinceerly revela, en todo caso, es algo más amplio que un truco de redacción. Muestra que la clave ya no pasa solo por automatizar, sino por decidir qué partes de la imperfección humana conviene preservar. A veces, en el mundo digital, una pequeña errata funciona como la señal más creíble de que todavía hay una persona del otro lado.

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