¿Le darías 100 dólares a un asistente digital para que vacíe un placard, regatee por vos y vuelva con una ganancia? Esa escena, que hasta hace poco sonaba a ciencia ficción doméstica, ya se probó con dinero real y objetos reales.

El hallazgo llega desde Anthropic. El 24 de abril de 2026, la empresa puso en marcha Project Deal, un experimento en el que 69 empleados entregaron 100 dólares cada uno a agentes de Claude para que compraran y vendieran sin ayuda humana directa.

Anthropic desarrolló un mercado donde agentes de IA actuaron como compradores y vendedores

La pieza clave fue simple y ambiciosa a la vez: antes de negociar, los bots habían entrevistado a esos empleados en diciembre para aprender sus gustos de gasto. Luego actuaron solos en cuatro mercados dentro de Slack, como si fuera una versión cerrada de una plataforma de segunda mano, y movieron más de 500 objetos físicos, desde bicicletas y lámparas hasta diamantes de laboratorio.

El resultado central revela algo incómodo y fascinante. El modelo avanzado Opus 4.5 superó con claridad a Haiku 4.5, la versión más liviana, en todas las métricas comerciales: vendió más caro, compró más barato y dejó más beneficio.

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En vez de esperar una orden para cada paso, estos agentes operaron con autonomía. Diseñaron sus propias estrategias de negociación y eligieron cómo presentarse. Uno de ellos, llamado Rowan, incluso adoptó una personalidad de cowboy para mejorar su capacidad persuasiva.

Ese detalle no es menor. Revela que el “agente” (software que actúa por cuenta propia) ya no solo responde preguntas: también prueba tonos, detecta oportunidades y mueve piezas como si administrara un pequeño taller de compraventa.

Un mercado con objetos reales y decisiones extrañas

Los números ayudan a bajar la idea a tierra. En total, los agentes cerraron 186 acuerdos por 4.000 dólares. Opus 4.5 logró vender por 3,64 dólares más, pagar 2,45 dólares menos en sus compras y obtener un beneficio adicional de 2,68 dólares frente al modelo más ligero.

El modelo más avanzado, Opus 4.5 cerró más operaciones, vendió a precios más altos y compró con mejores descuentos.

Ahora bien, la eficiencia no siempre fue sinónimo de sentido común. Algunos bots compraron 19 pelotas de ping-pong descritas como “orbes de posibilidad”. Otros alquilaron la compañía de un perro o adquirieron objetos que sus dueños ya tenían.

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Ahí aparece otro engranaje importante. La IA puede reducir fricción, pero todavía no tiene una intuición humana estable sobre lo útil, lo absurdo o lo sentimental.

La percepción de justicia también dejó una pista. Los participantes afectados calificaron la equidad de las transacciones con una media de 4 sobre 7, una zona neutral que sugiere que el sistema no fue visto ni como una trampa evidente ni como un árbitro perfecto.

Además, un estudio de Zhu y colegas de 2025 ya había advertido una clave: las tácticas agresivas no compensan la falta de capacidad en modelos menos avanzados. Dicho de otro modo, no alcanza con que un bot hable fuerte; necesita una central más potente para decidir bien.

La oportunidad y el riesgo

La aplicación práctica es evidente. Para muchas personas, vender cosas usadas implica sacar fotos, contestar mensajes, negociar y coordinar entregas. Un agente así podría convertirse en el equivalente digital de dejar una caja en la puerta y que otro haga el trabajo pesado.

La oportunidad y el riesgo

Pero ese interruptor también abre riesgos. Si estas herramientas empiezan a gestionar compras y ventas de forma masiva, crecen las dudas legales y de seguridad, sobre todo frente a hackeos o usos maliciosos sin defensas claras.

Aun con esa sombra, el experimento encontró una oportunidad concreta: el 46 % de las personas pagaría por un servicio automatizado que gestione la venta de objetos personales. Es una señal de que la economía cotidiana podría empezar a parecerse menos a un mercado de pulgas y más a una casa con pilotos automáticos encendidos.

Y cuando ese cableado se vuelva común, negociar un mueble, una bici o una lámpara podría dejar de ser una tarea tediosa para convertirse en otra función silenciosa del hogar digital.

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