¿Cuánto de lo que una persona decide cada día nace de una reflexión fría y cuánto de un impulso que después solo intenta justificar? Esa pregunta, que parece íntima, también ayuda a entender por qué la tecnología ya no se vive solo como una herramienta, sino como una fuerza que mueve hábitos, emociones y trabajo.
El psicólogo moral Jonathan Haidt, catedrático de la Universidad de Nueva York, volvió a poner esa pieza clave sobre la mesa durante su visita a Madrid. Su hallazgo central es incómodo: la razón no siempre conduce la conducta humana, muchas veces apenas actúa como portavoz de decisiones emocionales ya tomadas.
En La mente de los justos, Haidt lo resume con una imagen potente: la psique funciona como un elefante y un jinete. El elefante representa emociones, intuiciones y deseos. El jinete es la razón, que parece llevar las riendas, pero en la práctica suele explicar el camino que el elefante ya eligió.
Esa metáfora no es decorativa. Revela el mecanismo que, según Haidt, alimenta la polarización política y también la dependencia tecnológica. Si el lado emocional toma la delantera, una red social diseñada para captar atención no necesita convencer a la parte racional: le alcanza con tocar el interruptor adecuado del deseo, el miedo o la necesidad de aprobación.
Además, el psicólogo sostiene que esa dinámica golpea con más fuerza durante la pubertad. En esa etapa, la identidad todavía está en construcción y la socialización necesita más mundo físico que pantalla. Por eso defiende que no debería permitirse el acceso a redes sociales antes de los 16 años.
La pieza clave: infancia, pantallas e inteligencia artificial
Durante su paso por Madrid, Haidt se reunió con Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo. Ambos, según se informó, coinciden en la necesidad de elevar la edad mínima para acceder a redes sociales. No es un detalle menor: muestra que el debate ya no está solo en la academia, sino en la política pública.
En La generación ansiosa, el autor advierte que la infancia ha sido “reprogramada” por el uso masivo de pantallas. También denuncia el “chupete digital”, una práctica que consiste en dar dispositivos a niños pequeños para calmarlos, pese a la evidencia de que el uso temprano puede perjudicar el desarrollo cerebral.
Y hay otra capa de preocupación. Haidt, que se define como un antiguo tecnooptimista, señala que la inteligencia artificial evoluciona a ritmo exponencial, es decir, duplicando capacidades en períodos muy cortos. Su advertencia es categórica: la posibilidad de que la IA se ocupe de la mayoría de los trabajos “es muy real”.
“La posibilidad de que la IA se ocupe de la mayoría de los trabajos es muy real”, subraya Haidt.
Ese aviso no implica rechazar toda innovación. De hecho, en La hipótesis de la felicidad ya proponía recuperar bienestar psicológico a partir de tradiciones como el budismo y el estoicismo. La clave, ahora, es parecida: no apagar la tecnología, sino volver a poner fusibles y límites donde hoy hay corriente libre.
Casos como Cambridge Analytica ya mostraron que las plataformas pueden manipular a gran escala. Y el descontento creciente con lo digital en países desarrollados indica que algo cambió en la percepción pública. Lo que antes parecía liberador hoy también se ve como una estructura capaz de moldear conducta.
Para Haidt, proteger a los menores, regular mejor las redes y asumir que las emociones dominan buena parte de la vida social no es pesimismo. Es una oportunidad para reparar el sistema antes de que el elefante siga avanzando sin control y el jinete llegue, otra vez, demasiado tarde.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








