¿Cuándo fue la última vez que leíste varias páginas seguidas sin mirar una notificación, adelantar un párrafo o buscar un resumen? Para muchos jóvenes, ese gesto cotidiano empieza a sentirse como subir una cuesta: exige una concentración que antes parecía automática.
El hallazgo preocupa a las universidades de Estados Unidos, donde profesores advierten una crisis de comprensión lectora entre alumnos de la Generación Z. Jessica Hooten Wilson, profesora de Pepperdine University, señala que algunos estudiantes no solo tienen problemas de pensamiento crítico: también les cuesta comprender oraciones completas.

La alarma no se limita a una impresión en el aula. Según testimonios recogidos por Fortune, docentes que antes asignaban entre 25 y 40 páginas por clase ahora encuentran sorpresa, resistencia o incapacidad para completar esa carga de lectura.
Algunos alumnos recurren a la inteligencia artificial para pedir resúmenes de textos. El mecanismo parece práctico: entrega las ideas centrales en segundos. Sin embargo, también puede retirar la pieza clave de una lectura exigente: los matices, las dudas y las conexiones que forman una mirada propia.
El cerebro como una casa con demasiados interruptores
Cuando cada estímulo reclama atención inmediata, el cableado mental se acostumbra a saltar de una luz a otra. No significa que las pantallas vuelvan incapaz a una persona de leer, pero sí pueden favorecer una lectura escaneada, rápida y orientada a encontrar solo la idea principal.

Ángel Barbas, profesor de Teoría de la Comunicación en la UNED, explica que la saturación informativa de internet ha entrenado al cerebro para procesar contenidos con rapidez. En ese entorno, un ensayo largo puede sentirse menos como una oportunidad y más como una tarea imposible de sostener.
La tendencia, además, no nació con la pandemia. Antes de los teléfonos inteligentes, la televisión ya había desplazado tiempo de lectura por placer. Entre 1955 y 1995, la proporción del tiempo libre que los jóvenes de 12 a 18 años dedicaban a leer cayó del 21% al 5%, según investigaciones citadas por Michel Desmurget.
Una recesión del aprendizaje con efectos cotidianos
Las pruebas estatales estadounidenses muestran que el nivel lector de los escolares actuales es inferior al de la década anterior. Algunas universidades ya ajustan sus planes: reducen textos, leen fragmentos en voz alta, los analizan en grupo o sustituyen libros por audios y vídeos.
El fenómeno también aparece fuera de Estados Unidos. Un estudio del Ministerio de Educación francés indicó que el 21% de los jóvenes de 16 a 25 años tiene dificultades lectoras y que el 10% es analfabeto funcional, es decir, puede leer y escribir pero comprende muy poco de lo leído.
En España, los barómetros ofrecen datos positivos sobre el hábito lector infantil y adolescente. El profesorado detecta problemas de atención y comprensión en las aulas. La clave no es solo cuántos libros se abren, sino cuánto tiempo puede una persona permanecer dentro de un texto complejo.
La pérdida de esa resistencia puede afectar la confianza. Quien no logra avanzar en una novela, una noticia extensa o un contrato puede sentirse incapaz, aislarse y depender de explicaciones ajenas. También queda más expuesto a la desinformación, porque distinguir un argumento sólido requiere detenerse, comparar y detectar sus engranajes.
Leer no resuelve por sí solo la ansiedad o la soledad, pero ofrece una pausa, amplía el vocabulario emocional y acerca a las razones de otras personas. Recuperar esa habitación con una sola luz encendida puede ser una oportunidad modesta, pero central, para volver a pensar con calma.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








